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El difícil reto de revitalizar la Monarquía constitucional

El Mundo El Mundo 03/06/2014 LUCÍA MÉNDEZ

El se ha preparado para ser Rey desde su nacimiento. Pero siempre pensó que su proclamación llegaría después de las exequias de su padre. Así fue toda la vida y así le enseñó que sería su madre, la Reina. El Rey ha muerto, viva el Rey. Sin embargo, la aceleración de la Historia le convertirá antes de que acabe el mes de junio en el jefe de un Estado fuertemente sacudido por casi todas las crisis: económica, social, institucional y territorial.

A sus 46 años, Felipe VI afronta el en un momento crítico para España. El sistema político e institucional surgido de la Transición hace aguas, una mayoría de ciudadanos ha dejado de confiar en los poderes públicos, la clase política sufre un descrédito sin precedentes, la crisis económica ha dejado un país empobrecido y el independentismo catalán amenaza la existencia del propio Estado. Y en la cúspide de ese sistema, la Monarquía parlamentaria, una institución que durante años fue la más sólida del sistema y la mejor valorada por el prestigio del Ya no lo es. El caso Urdangarin -o por mejor decir, la tibia reacción de la Casa Real ante este escándalo de corrupción- y algunas actuaciones del Rey han supuesto un descrédito para la institución. Y el debate Monarquía-República, que durante muchos años fue un tabú en la política española, se abre paso ahora con naturalidad. Los partidos que se confiesan abiertamente republicanos han experimentado un auge en las últimas elecciones y el presidente de la Generalitat, , ha proclamado que el Rey cambia, pero él no. Mantiene su proceso independentista y su consulta para el 9 de noviembre. Para entonces, el Príncipe ya será Rey.

Don Felipe es muy consciente de los retos que afronta, el primero de los cuales es revitalizar la institución que él mismo va a encarnar. A lo largo de los últimos años, son muchas las veces que se le ha oído decir que él no va a tener un 23-F para ganarse el aprecio y el apoyo de los españoles, sino que tendrá que esforzarse cada día por lograrlo. Don Felipe cuenta para ello con una preparación ejemplar y, sobre todo, con un carácter flemático y sereno, muy diferente al de su padre.

Una flema de la que volvió a dar muestras en el vuelo de vuelta de El Salvador -que duró toda la noche del domingo al lunes- a Madrid, donde llegó a las 7.30 de la mañana. Uno de sus colaboradores asegura que la serenidad y la estabilidad de Don Felipe pueden llegar a apabullar aun cuando los que le rodean sean un manojo de nervios. Todos mirándole en el avión para ver si se le notaba algo y nadie le notó nada.

Es evidente que el Príncipe lleva tiempo preparándose para este momento. Sobre todo desde que los sobresaltos de salud de su padre, el Rey, le obligaron a hacerse cargo de la agenda y casi del peso de la institución. Hace semanas que el Príncipe sabía que a finales de este mes de junio sería proclamado rey con el nombre de Felipe VI por las Cortes Generales. Será en torno al 24, día de San Juan, una fecha simbólica para la Familia Real, la onomástica de su padre el Rey y de su abuelo el Conde de Barcelona. También sabía que hoy, en un lugar tan simbólico como El Escorial, compartiría con el Rey saliente su primer acto oficial vestido de uniforme militar en el 200º Aniversario de la orden de San Hermenegildo.

No ha habido señales externas que lo predijeran. Si acaso, la presencia de las infantas Leonor y Sofía que acompañaron a sus padres los Príncipes en un acto militar en la Academia de San Javier en Murcia.

Un Rey distinto

Todos cuantos han podido hablar con el Príncipe en los últimos años saben, porque se lo ha dicho él mismo, que Don Felipe será un Rey muy distinto a su padre. El Heredero se ha preparado para asumir el trono de una forma profesional en la España del siglo XXI, que es -repite siempre- muy distinta de la España del siglo XX. Es un hombre muy distinto a Don Juan Carlos. Los rasgos de su carácter son más parecidos a los de su madre, la Reina. En la cena de gala celebrada con motivo de los 70 años del Rey, el Príncipe se permitió hablar en clave de la personalidad del Monarca y dirigiéndose personalmente a él como al «patrón», le dijo: «Reconozcámoslo, siempre dentro de un orden, te gusta la improvisación propia de estas latitudes, la sorpresa y cambiar el paso de vez en cuando».

Don Felipe huye de las sorpresas y de cambiar el paso. Carece de la campechanía de su padre, no cuenta chistes verdes, no improvisa ni se olvida nunca de quién es. Ni siquiera cuando cualquier espectador se lo encuentra en el cine. Es atento, educado, culto, agradable y trata a sus interlocutores con confianza y cercanía, pero sin pasarse. Pregunta por todo y a todos, es capaz de relajarse cuando se apagan los focos, se ríe de un buen cotilleo, pero nunca, nunca olvida quién es. El Príncipe -a quien todo el mundo que le conoce bien define además como «una buena persona»- será un rey profesional, el más alto funcionario al servicio del país desde la Jefatura del Estado. Durante su etapa de heredero ha estado rodeado de un equipo de colaboradores muy pequeño, pero muy fiel y sobre todo muy eficaz.

Imperturbable, responsable, sereno y paciente, su carácter equilibrado le ha sido de gran ayuda en los convulsos años vividos en La Zarzuela, tanto en el terreno institucional como en el familiar. Daniel Goleman le habría utilizado como paradigma de su gran descubrimiento: la inteligencia emocional. Don Felipe se ha curtido en un entorno personal difícil. Su matrimonio con Doña Letizia le ha dado la familia y la estabilidad que llevaba tiempo buscando. La ausencia de regulación legal de su estatus de heredero no ha sido una dificultad menor. Ha asumido sin rechistar el papel que su padre, el jefe de la Casa, establecía para él en cada momento. Y lo ha hecho con la responsabilidad, la disciplina y la lealtad en las que fue educado.

Una monarquía ejemplar

Ahora el jefe de la Casa será él y le corresponderá lidiar con el primer escollo concreto que se encontrará en su camino: las decisiones del juez Castro sobre su hermana menor, la Infanta Cristina, y el horizonte penal de su cuñado, Iñaki Urdangarin. Él supo ver desde el principio que el podía afectar seriamente a la ejemplaridad de la institución. Y por ello -a pesar de que le ha sido doloroso ignorar a una hermana y a cuatro sobrinos- ha hecho todos los esfuerzos posibles por desvincularse públicamente de su cuñado. Lo mismo que su mujer, la Princesa de Asturias. Es evidente que él tendrá las manos libres para administrar los acontecimientos judiciales que se avecinan en este asunto.

El Príncipe tiene claro que la Monarquía debe ser ejemplar y que si no lo es deja de servir a la sociedad a la que se debe.

Un ministro del Gobierno decía hace meses que mientras la clase política, agarrotada y desprestigiada, parece carecer de alternativa, el Rey sí la tenía. El Príncipe parte de una buena valoración por parte de los ciudadanos. Él y la Reina son los miembros más respetados de la Familia. Cualquier persona que haya hablado con él atestiguará que transmite confianza y serenidad. Dos cualidades importantes para un reinado que no empieza precisamente con grandes demostraciones de fervor en las calles.

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