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El divorcio que une a la familia Blanc

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 25/09/2017 Rubén Amón
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El procés ha dividido a la sociedad catalana y ha polarizado a la familia Blanc. La mitad se declara independentista; la otra mitad no. O casi, pues los acontecimientos políticos, sociales y judiciales de los últimos días han introducido dudas en Verónica. Tiene 36 años, trabaja de ingeniera informática y se reconoce en una posición mutante. “No porque yo sea independentista ni nacionalista, sino porque me desagrada este acoso a la democracia y a las libertades que se nos está imponiendo desde Madrid y que se ha recrudecido en los últimos días demonizando a los catalanes”.

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Es una percepción que ha ganado terreno en la opinión pública y que ha concedido energía al soberanismo. Fuera de la familia Blanc. Y dentro de ella, aunque la representación que ha accedido a conversar con EL PAÍS —tres generaciones, diez personas, una abuela de 94 años y una nieta de 34, un espectro electoral que va desde Ciudadanos hasta ERC— no otorga escrúpulo democrático ni garantía de transparencia a la consulta del 1 de octubre.

“Los líderes soberanistas han precipitado la ley de transitoriedad y han forzado el referéndum”, explica Damián, economista de 37 años. “Ellos mismos han desprestigiado el procés, no han sido capaces de otorgarle seriedad ni credibilidad. No se ha dado voz a la oposición. Y al autoritarismo de Madrid se ha opuesto otro tipo de autoritarismo”.

Transcurre la tertulia en el jardín de una comunidad de vecinos acomodada de Sant Cugat del Vallès (Barcelona). Ana, abogada de 34 años, es simpatizante de Ada Colau e independentista “desde hace muchos años”: “La gestión política de Mariano Rajoy, en su pasividad, primero, y en sus medidas represivas, ahora, no ha hecho otra cosa que exacerbar el independentismo. Se han incorporado a la causa muchos catalanes para quienes aquí ya no está en juego la soberanía, sino la democracia. Y todas las actuaciones policiales y judiciales no han hecho sino incrementar la indignación de la gente más allá de la ideología. El del 1 de octubre no es el referéndum que hubiéramos querido. Pero sí es una movilización política que apela a la defensa de nuestros derechos y libertades”.

Montserrat es la matriarca. Se diría que le enorgullece reunir a su familia. Universitarios. Profesionales libres. Y que le ilusiona verla conversar en círculo como si fuera ella el silencioso eje gravitatorio. Habla poco pero se le escucha como si fuera una figura pontificia: “Yo no voy a ir a votar el 1 de octubre. No quiero la independencia. Yo supe lo que fue el franquismo. Lo padecí. Y quiero que mis hijos y mis nietos vivan en paz. La independencia es mala para la economía”.

No ha sido fácil “encontrar” una familia dispuesta a hablar. Por pudor. Por miedo a las represalias de ser identificado en una posición. Y porque el procés ha enrarecido las relaciones de amigos y familiares. En casa de los Blanc niegan que la política sea un tabú. Y la división que arroja el escrutinio doméstico —cinco independentistas, cuatro no independentistas y uno en duda— no contradice los espacios de consenso.

Primero. “La neutralización del Estatut es el pecado original”, explica Oriol, director de ventas, 34 años, no independentista. “Se produjo entonces una sensación de impotencia y de frustración. Y Esquerra Republicana, que era un partido secundario, asumió toda la iniciativa del relato. Desde entonces, no ha hecho otra cosa que ganar terreno ERC y ha crecido la causa independentista. Que al mismo tiempo ha sido una maniobra de distracción. Los políticos de aquí y de Madrid han eludido la corrupción. O han querido encubrirla con la escalada independentista-patriótica”.

Segundo. “Rajoy y el PP han actuado con enorme negligencia”, dice David, ingeniero informático de 37 años, no independentista. “Su posición inmovilista ha servido de acicate a la hiperactividad del independentismo. Nunca se ha fomentado un espacio de diálogo y de entendimiento. Y no hay lugar a la esperanza ni a la salida. No hay antídoto. Todo lo contrario, la exagerada respuesta de los últimos días ha elevado la polarización y la crisis”.

Tercero. “El referéndum pactado va a producirse tarde o temprano, pero es inevitable”, razona Irma, empresaria de 42 años, independentista. “Es un punto de consenso y un deseo no sólo de esta familia, sino de la inmensa mayoría de la opinión pública catalana. Y es una reivindicación que ha ido creciendo hasta a hacerse incuestionable. Voy a votar el 1-O sabiendo que no es un referéndum ortodoxo, pero sí un acto político camino del referéndum verdadero”.

Cuarto. “Todos sabemos que no va a declararse la independencia ni el 2 ni el 3 ni el 4, y que estamos en un escenario de crisis política con sobreactuaciones”, explica Mireia, 64 años, no independentista. “Por eso también convendría no crear grandes expectativas a quienes creen que va a producirse una declaración de soberanía”.

Si la familia Blanc fuera un espejo de la sociedad catalana, la sociedad catalana sería unánimemente republicana y refractaria al PP. No desmienten excesivamente la conclusión los estudios demoscópicos y los resultados electorales, pero más allá de la actualidad o de la emergencia del 1-O, prevalece la impresión de que la negligencia de la clase política ha ido a hurgar a un terreno de repercusiones y reacciones imprevisibles: los sentimientos.

Lo explica Verónica con clarividencia: “Se ha exacerbado con total irresponsabilidad un pulso entre el nacionalismo catalán y el patriotismo español. Y que se ha ido a cultivar la diferencia. Lo que ocurre es que el paso que va de la diferencia al sentimiento de superioridad es muy pequeño y muy peligroso. Se ha sometido a las sociedades a un extremo muy preocupante. No soy nacionalista. Pero me he sentido atacada, caricaturizada como catalana. Aquí hemos vivido sensaciones de humillación. Y los líderes soberanistas no han actuado precisamente como bomberos de la situación”.

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