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El embelesado

Notodo Notodo 16/06/2016 David Saavedra
Imagen principal del artículo "El embelesado" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "El embelesado"

Finalizábamos la reseña de El desconsolado, segunda parte del tríptico Las mil y una noches, afirmando que lo situaba en lo más alto y preguntándonos qué depararía su final. Pues bien, El embelesado es la menos consistente de las tres entregas, aunque ofrece nuevos desafíos formales. Para empezar, el personaje que vertebra todas las partes, Scherezade, se desprende de su voz narradora y se erige en protagonista en su cuento de arranque, una historia erótica un tanto cutremente contada (localizaciones naturales en Portugal y disfraces mínimos para provocar el extrañamiento cultural).

Lo más interesante de ella puede ser el modo en que comienza a tejer referencias a la historia del país luso, su pasado colonial y bélico, y retornar con homenajes a la Revolución de los Claveles. Las imágenes del pueblo cantando Grândola Vila Morena contra la troika lo aúnan con el relato central y el que ocupa casi todo el metraje de este tercer volumen. Se trata de El embriagador coro de los pinzones, reivindicación de la antigua tradición de los pajareros, tomada con reminiscencias metafóricas tal vez no tan claras como parece. El caso es que Gomes se deja embelesar por estos señores de barrios como el lisboeta de Boavista que dedican su tiempo a enseñar a cantar a los pájaros (convenientemente enjaulados). Uno de ellos, en otro de los múltiples guiños de la película, es encarnado por Chico Chapas, el mismo actor que dio vida a Simao El Sin Tripa.

Entre medias, casi ni nos damos cuenta de que la voz en off de Sherezade ha desaparecido. Se ha callado (¿para que podamos escuchar a los pinzones, y a la voz del pueblo, como única banda sonora?) y sus narraciones aparecerán ahora en forma de letras sobreimpresas en la pantalla. Pero, en medio de la historia central, emergerá otro cuento independiente, y el más impactante de esta película: Bosque Caliente, narrado en la voz de una chica china mientras de fondo se ven imágenes documentales de una manifestación obrera.

La colisión entre el realismo social y la fabulación más fantasiosa y exótica se manifiesta aquí más violentamente que nunca, se dan de bruces y vuelven a no dejar indiferente. Tal vez esperase algo más a modo de culminación final de una obra tan desconcertante, ambiciosa, admirable y pretenciosa también. Pero, sin duda, Las mil y una noches marca un hito en la historia del cine portugués, y del europeo. Una brava y arriesgada empresa que merece todos los aplausos.

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