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El escalofrío del karaoke

El Mundo El Mundo 19/06/2014 LUIS MARTÍNEZ

Desde el episodio 7 de 'IT Crowd' (Los informáticos) poco más se puede decir sobre el musical. Si no lo han visto, por favor no se hagan de rogar. El equipo informático capitaneado por Roy y Moss se acercaban a ver, por culpa de Jen y su nuevo y extraño novio, 'Gay, a gay musical!'. Lo que seguía era, además de delirantemente homófobo y muy maleducado, desternillante. Por preciso.

El musical es, por definición, el género menos comprensible. Además de sorprendente. Surreal quizá. Y lo raro, lo que lo hace único y profundamente disruptivo (con perdón), no es tanto lo anómalo que resulta que dos sujetos hiperactivos en un entorno tan hiperreal como es el del cine se den los buenos días cantando, sino lo exacerbado de todo. Un musical es fundamentalmente algo impúdico, extravagante, excesivo. Por ello, en un tiempo afectado de un priapismo emocional como el nuestro (solo lo que emociona importa), el musical gusta.

'Amanece en Edimburgo' es, obviamente, un musical. Se nota desde la primera escena en la que dos soldados ingleses en medio del conflicto afgano (¿o era iraquí?), entre le fragor de las bombas y los sudores fríos del peligro inminente, ¿qué creen ustedes que hacen? En efecto, cantan. Y además, lo hacen a coro.

© Proporcionado por elmundo.es

El placer íntimo del reconocimiento

¿Estaremos delante del primer musical bélico de la historia? No, pronto nuestros aguerridos cantores de 'irlandis' (de allí vienen) se trasladarán a su tierra y de la mano de un 'hit' detrás de otro de los Proclaimers (sí, los gemelos de 'I'm Gonna Be-500 miles') harán lo que siempre se ha hecho en los musicales (los gay y los no tanto). Es decir, sentirán el placer íntimo del reconocimiento, llorarán, se enamorarán... Ya saben, la emoción por la canción superventas, el escalofrío del karaoke.

El problema es precisamente la sensación de promesa no cumplida que se produce entre la primera escena y lo que viene después. Por un momento, uno cree estar delante de un experimento quizá inédito: pintar de negro algo tan acarameladamente pringoso como el musical de marras. Dos soldados con su vida destruida por la adrenalina inútil se acercan a la cotidianidad de sus vidas corrientes como tiempo atrás lo harían los héroes demediados (por mutilados) de 'Los mejores años de nuestra vida', de William Wyler.

Pues no, pronto todo discurre por los cauces más trillados y zarzuelísticos del canta tú, canto yo, bailamos todos. Bien es cierto que no faltan los momentos brillantes (no diré emotivos). Ver entonar a Peter Mullan es como reencontrarse con la gravedad sonora de la estrella solitaria de Lee Marvin. Eso y el muy divertido número por las salas del museo; eso y lo despejado que está el cielo de Edimburgo (eso sí que es inédito, además de surrelista)...

En fin, y como siempre en estos casos, los amantes del género, los incondicionales de la nostalgia y los que ya han dimitido del Mundial disfrutarán. Y lo harán, no cabe duda, emocionados. Sólo diré que hasta el macho alfa Clint Eastwood ha rodado un musical. Eso es su última película. ¿Cómo se quedan?

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