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El extraño viaje que llevó a David a morir en un penal argentino

EL PAÍS EL PAÍS 10/06/2014 Stefania Gozzer Arias
Manuel Luque y Roser Ríos piden más protección para las personas con discapacidad intelectual a través de la Plataforma Justticia para David. © Marco Ambrosini Manuel Luque y Roser Ríos piden más protección para las personas con discapacidad intelectual a través de la Plataforma Justticia para David.

Fueron tres las llamadas hechas a Roser Ríos desde el otro lado del océano en mayo de 2011. Cada una acrecentaba el dolor que había dejado la anterior. La primera no la pudo atender y quedó grabada en el contestador: “Mira, mamá, he tenido un problema en el aeropuerto de Argentina y tengo al abogado que me lo puede solucionar. Pero tienes que enviarme los papeles del médico… ¿Vale, mamá?”. La segunda dejaba oír una voz extranjera que se presentaba como el letrado de su hijo, David, de 19 años y con un 49% de discapacidad intelectual: “Ha sido detenido por llevar droga en la maleta…”. La tercera, recibida un día después, provenía del Consulado español: “Ha habido un incendio en el penal…”. David era uno de los dos fallecidos.

Tres años después, Roser por fin ha recibido la noticia de que cuatro agentes de prisiones argentinos han sido imputados por la muerte de su hijo. Entre ellos, el director del centro psiquiátrico penitenciario, cerrado tras la tragedia.

Roser, de 42 años, muestra con pesar las fotos del edificio gris en el que su hijo pasó su última noche. “No tenía miedo a nada porque no medía el riesgo”, así describe la mayor limitación del joven. “¡Cuántas veces dijo que si se tiraba por el balcón rebotaría! ¡O las otras tantas que se escapó de casa saltando a un árbol desde un segundo piso!”. Los papeles que David pedía eran los que certificaban su discapacidad, esa que nunca quiso reconocer y que tanto se empeñó en negar. “Hubiera llevado una vida normal de haber seguido un tratamiento. Pero a los 16 [la mayoría de edad sanitaria] decidió no medicarse”.

“No tenía miedo a nada porque no medía el riesgo”, lamenta su madre

A David Díaz Ríos no le diagnosticaron trastornos de conducta y un leve retraso mental hasta los 12 años, a pesar de que llevaba una década en terapia porque “no podía estarse quieto” y tenía problemas en la escuela, cuenta su madre. Ya en la adolescencia, fue difícil hacerle entender que no era como los demás chicos. Cuando fue creciendo y superó en talla y fuerza a Roser, controlarlo se volvió una tarea muy complicada en la que se sentía desamparada.

Roser comenzó a tramitar la incapacitación legal de David en 2008, cuando él tenía 17 años. La edad ideal, según la Federación de Discapacitados Intelectuales de Cataluña (Dincat), ya que el proceso tarda como mínimo 12 meses. La mujer llevaba un año en el paro cuando dejó L'Hospitalet de Llobregat y se mudó a Barbastro (Huesca). Corría 2010 y aún no tenía asignado un abogado de oficio, así que reinició la gestión en Aragón.

Roser encontró un empleo y conoció a su actual pareja. David también se echó una novia, Melanie. El joven trabajó durante un tiempo ayudando a digitalizar datos y montando bares. “Pero a veces no quería ir o se iba en plena jornada”. Cuando David y Melanie decidieron emanciparse, Roser continuaba sin letrado para incapacitarle. Su hijo ya era mayor de edad, por lo que no pudo impedir que se fuera de casa.

David y Melanie llegaron a Lleida en febrero de 2011. Alquilaron una habitación en un piso con lo que ella ganaba como comercial. “No se me dio bien…”, lamenta Melanie tres años después. Tenía 20 años. David era su primer novio, querían independizarse y Lleida les “pillaba cerca”. Se conocieron por Internet y no supo de su discapacidad hasta meses después, cuando él se lo confesó. No le importó: “No es un impedimento para una relación”.

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David Díaz falleció a los 19 años en un incendio en un psiquiátrico argentino, tres horas después de ser ingresado.

David no encontró empleo y, según Melanie, solo les quedaba dinero para un mes más cuando él llegó un día a casa con novedades. “Dijo que había conocido gente que le pagaría por ir dos semanas a Colombia”. La joven asegura que su novio no quiso dar más detalles. Se despidieron a mediados de mayo y se lo ocultaron a Roser. No volvió a saber de él.

Los 12 días de David en Colombia son un misterio. Lo siguiente que se sabe de él es que su maleta no pasó el control de rayos X del aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires, el 27 de mayo de 2011. Cargaba cuatro paquetes con un total de 2,5 kilos de cocaína. Su discapacidad le hizo presa fácil del narcotráfico.

David iba de camino a Madrid cuando fue detenido. Era un viernes por la noche y tuvo que esperar hasta el lunes 30 para ingresar en prisión. Las autoridades argentinas lo enviaron a un centro psiquiátrico por su discapacidad, ya que David llevaba un carnet que así lo certificaba. La Unidad Penal Nº 20 del Hospital Borda le asignó la última de las tres celdas de aislamiento de uno de sus centenarios pasillos.

David no pasó allí más de tres horas. La habitación de al lado, la única acolchada, ardió poco después de las dos de la mañana. Su ocupante, Leandro Muñoz, había sufrido un brote psicótico ese día, según pudo saber Roser. Fue la otra víctima mortal del incendio que él mismo provocó. Solo el preso de la primera estancia se salvó. David murió por asfixia y Muñoz carbonizado. Se halló un mechero verde entre sus ropas.

“Nos han dicho que ahí dejaban fumar”, asegura Manuel Luque, la pareja de Roser. “¡Cuándo esa sala era para gente con problemas!” La Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional argentina confirmó a mediados de mayo el procesamiento de cuatro agentes penitenciarios por homicidio culposo agravado por haber más de una víctima. Roser quiere acusar a una persona más —al que inspeccionó a Muñoz— y asistir al juicio en Argentina en 2015.

Mientras tanto, ella y Manuel reclaman a través de la Plataforma Justicia para David más protección legal para los discapacitados intelectuales y asesoría especial durante el paso a la adultez. El 20 de junio volverán a L'Hospitalet, como cada año, para recordar a David en la Plaza del Ayuntamiento a las siete de la tarde. Saben que alguien se aprovechó de las limitaciones del joven, pero también son conscientes de que, aunque tuvieran fuerzas para intentarlo, no podrían encausarlo.

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