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El fútbol antes de las tinieblas

Logotipo de El Mundo El Mundo 14/06/2014 MIGUEL A. HERGUEDAS

El Mundial echa el ancla en Manaos porque ya no se puede jugar más a poniente, territorio de las tinieblas y del inconcebible Amazonas. A machete limpio, la FIFA ha abierto brecha en la selva para montarse este tinglado en una ciudad que nunca fue ciudad, sino base de operaciones para bandidos, nietas de esclavas libres y adinerados sin escrúpulos. El último de ellos, heredero de aquellos reyes del caucho de finales del XIX, se llama Joseph Blatter y es presidente de la FIFA. Entre sus últimos inventos destaca un artefacto de poliuretano, una cosita redonda de goma, llamada Brazuca, con la asombrosa virtud de que el mundo entero a duras penas contiene el aliento cuando empieza a rodar.

Sin embargo, en la agreste Manaos aún hay quien no conoce de nada a este nuevo magnate del caucho. "Me crié en una ribera del río Negro, en una casa flotante. Sé mucho más de pesca que de fútbol", relata Joao Domingues, mientras saca de su cartera una foto junto a alguna serpiente arrebatada a las profundidades. Joao trabaja ahora en el Teatro Amazonas, el gran símbolo de la grandeza colonial de la urbe, y no se ruboriza en absoluto por su ignorancia balompédica. Ni siquiera por confundir al Nacional con el Fast Clube, los dos equipos más fuertes de aquí, justamente ignorados en el resto de Brasil. Tampoco por no conocer a Andrea Pirlo o Wayne Rooney, protagonistas esta tarde en el Arena Amazonas, un estadio que ha costado casi 300 millones de euros a medias entre la iniciativa pública y privada. En Manaos, el tapete verde preferido, como en los tiempos de los bandeirantes y los traficantes de negros, sigue siendo una mesa de póker. Con algunas cartas amañadas, para variar.

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Aturden los camiones en el frenesí comercial mientras en cada esquina cada cual hace y vende lo que puede. Legal o ilegal todo suena. El sigilo siniestro queda reservado a unos kilómetros al oeste, en esos barcos que descienden el Amazonas repletos de maderas preciosas. Joao recuerda verlos navegar desde la infancia, en ese Manaos remoto transmutado ahora en uno de los grandes polos industriales de este país-continente. Manaos como último reducto de civilización antes de la jungla. Aunque nunca se sepa en qué lado de la línea queda el bien y el mal. Dónde, en realidad, la única ley en vigor es la violencia y la fuerza.

Nada quiere saber de esos límites Joao, risueño bajo la gorra y las gafas de sol, a la sombra de un árbol de la Avenida Eduardo Ribeiro. Ante él, sin descanso, centenares de turistas deambulan chorreando sudores. Apenas ha asomado el sol del jueves y no hay forma humana de dar 100 pasos sin perder el resuello. Sólo queda el consuelo de las viejas mansiones de altos techos, sedes de centros culturales o de artesanía. De cualquier otra forma, el invierno en Manaos se convierte en infierno para el inadvertido. El mosquito más pequeño aquí es casi tan largo como el que ustedes nunca imaginaron.

Aseguran los viejos del lugar que lo mejor contra los insectos es el humo y que lo más apropiado ante las bestias, el fuego. Consignas ignoradas, desde luego, por los hooligans, que combaten la plaga con litros de cerveza y chorros de repelente. Pese a la cogorza, alguno se anima incluso a un paseo en barco, mano a mano con algún despistado que viajó desde Roma con sólo mil reales en la mochila. Frente a ellos, metáfora o no de lo que sucederá esta tarde sobre un campo de fútbol, les aguarda a todos el encuentro de las aguas.

La corriente turbia y tranquila del Río Negro, en combate con el curso del Solimoes, cuyo flujo tiene la tonalidad de un té aguado. El frente de la batalla se extiende en un ancho que llega a alcanzar más de seis kilómetros. Una lucha de densidad y temperatura entre las dos riberas, delicia de los delfines que por allí chapotean. Desde allí, tumbado a la bartola en su hamaca, los veía pasar hace décadas el niño Joao.

"Mi vida siempre ha estado junto al río. Creo que esta ciudad no hay que andarla, sino navegarla. Con una canoa o con un barco de 30 metros de eslora", bromea este hombre, curtido por un clima que no deja resquicio a las debilidades, con una humedad asfixiante y temperaturas en el invierno austral que no bajan jamás de los 23 grados. Porque la vida en Manaos, cerca y lejos del agua, sigue siendo difícil aquí para la mayoría de sus casi dos millones de almas.

Los fastos de la Copa no han acallado el descontento social, como tampoco han acelerado las obras de una de las sedes que peores notas obtuvo durante los meses previos. Aún se ven muchas zonas sin rematar en la nueva terminal del aeropuerto Eduardo Gomes y el proyecto de monoraíl de última generación fue abandonado hasta nuevo aviso en diciembre de 2012. Al menos, aunque sea para cuatro partidos, queda el Arena Amazonas, una joya de la ingeniería cuyos lazos metálicos exteriores imitan los cestos indígenas. Esos tipos que sabían lo que era el caucho mucho antes que Blatter.

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