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El genio de una mujer

EL PAÍS EL PAÍS 13/06/2014 Javier Ocaña
Sandrine Kiberlain y Emmanuelle Devos, en la película. © Proporcionado por ElPais Sandrine Kiberlain y Emmanuelle Devos, en la película.

“Mi madre no me ha dado nunca la mano. Me ayudaba a subir, a bajar las aceras pellizcando mi vestido a la altura del hombro, allí donde la costura de la manga es fácil de asir...”. Quien así habla, quien así piensa, quien así escribe, y de qué modo, es Violette Leduc, escritora y mujer sufriente, amiga de triunfadores a la que le costó triunfar, y que luego pasó al olvido. Carne de película, de buena película: Violette, nuevo acercamiento de Martin Provost a una figura artística y enigmática tras Séraphine (2008). De la pintura a la escritura, aunque manteniendo el discurso social alrededor de la mujer que quiere ser independiente y libre en tiempos de ataduras.

Marcada por las ansias de amar y por ser fea (suena horrible, y lo es, pero por desgracia es un hecho clave en su vida y en la película, lo que la hermana con otra obra semejante en temática, My brilliant career, de Gilliam Armstrong), Violette, la mujer, fue un torrente de genio en el más amplio sentido de la palabra. Y algunos de sus contemporáneos supieron verlo: Maurice Sachs, Simone de Beauvoir, Jean Genet, Albert Camus. Mientras, Violette, la película, se narra a través de una estructura cronológica dividida en capítulos, presididos por cada personalidad con la que se fue cruzando, que, lejos de otorgar al relato un aspecto episódico, transmite una sensación de río que fluye, su talento literario, entre las rocas del paisaje, la sociedad del momento. Y a pesar de que Provost comienza la historia de un modo extraño, sin presentación de personajes al uso, como si en lugar de estar en el minuto cinco estuviésemos en el 55, el conjunto es excelente.

VIOLETTE

Dirección: Martin Provost.

Intérpretes: Emmanuelle Devos, Sandrine Kiberlain, Olivier Gourmet, Jacques Bonnafé, Catherine Hiegel.

Género: drama. Francia, 2013.

Duración: 135 minutos.

Violette cumple a la perfección una triple función: la de dar a conocer a la típica personalidad marginal, arrinconada entre el palmario triunfo de otras; la de demostrar que las pioneras que se atrevieron a cruzar fronteras prohibidas provocaron la concienciación sobre diversos asuntos morales que condenaban a la mujer de la época; y la de hacer partícipe al espectador con unos textos en off de sus escritos (La asfixia, La bastarda) que dan ganas de conseguir nada más salir del cine.

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