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El gigantismo de Google y Facebook

Logotipo de El Mundo El Mundo 27/09/2017 Berta González de Vega

En 2005, Thomas Malone, director del centro de Inteligencia Colectiva del MIT, publicó El futuro del trabajo. Se atrevió a dejar por escrito sus profecías y, ahora, no tiene ningún inconveniente en contar qué es lo que no vio venir entonces: el gigantismo de Google y de Facebook.

Cuando el libro salió a la venta, las empresas con sede en Silicon Valley eran ya una realidad, pero Malone pecó de cauteloso, como él mismo admite, porque estaba demasiado cerca el estallido de la burbuja de internet en 1999. Hace unos días, en Málaga, en una mesa redonda que llevaba por título el mismo que su libro, lo explicó: «Me sorprendió cómo crecieron las grandes empresas como Google y Facebook, porque han hecho economía de escala en internet. Pensaba que íbamos a ver a muchas compañías y más pequeñas». De hecho, en el libro habla de un mercado más «democratizado» y de unas empresas más «descentralizadas».

Es cierto que las multinacionales tienen sedes por todo el mundo, pero también lo es que este año Google anunció un enorme edificio de oficinas en Mountain View, el pueblo donde ya tiene a 20.000 empleados. Facebook, por su parte, desde hace dos años está en la sede de Menlo Park que le diseñó Frank Gehry y hace meses presentó un plan urbanístico para poder hacer viviendas y zonas comerciales cerca y evitar así el colapso del tráfico que ocasionan parte de una plantilla global de 17.000 personas. No llegaban a 20 en 2005, cuando Malone se atrevió a describir el futuro del trabajo. Entonces, Mark Zuckerberg recibía descalzo, con una cerveza, en unas oficinas de Palo Alto encima de un restaurante chino. En su trabajo.

Esas compañías son las que han crecido en paralelo con los millennials y, a juzgar por la encuesta que se presentó en la conferencia de la Fundación Eisenhower en Málaga, no parece que les disguste trabajar en esos entornos laborales. John Della Volpe, encargado de las encuestas para el Instituto de Políticas de Harvard, fue desgranando el estudio que resaltaba que cuatro de cada cinco jóvenes empleados están satisfechos con sus trabajos, que el 81% no teme por su futuro laboral y que el 65% cree que en diez años se tratará igual a las mujeres y a los hombres.

Toda una lección de optimismo que compartió Malone y, antes, el periodista Thomas L. Friedman, entrevistado por videoconferencia a propósito de su libro Gracias por llegar tarde. Los millenials sí que se muestran preocupados porque sus líderes no entienden las necesidades de una educación continua, porque ellos sí saben que se tendrán que reciclar y más de una vez en la vida. Los europeos fueron los que más preocupados se mostraban con ese aspecto. Friedman, antes, había explicado que la fuerza laboral y su capacidad de éxito estarán cada vez más divididas «entre los que estén más motivados y los que no» para esos cambios continuos. El dinero, según la encuesta, ha dejado de ser un factor de motivación decisivo a favor de tener la sensación de que se aprende en el trabajo y de posibilitar más el equilibrio con la vida privada.

Todos los que intervinieron en la mesa redonda estuvieron de acuerdo en que estamos ya viviendo lo que el periodista del New York Times llamó «la revolución de las habilidades», una época en la que los aprendizajes durarán toda la vida: «No se trata sólo de trabajar duro, sino también de ser capaces de reinventarse».

De ejemplo, pusieron los esfuerzos que se están haciendo en Kentucky para reciclar a mineros en paro en programadores que puedan estar trabajando en meses, después de cursos de choque de lenguajes de programación. En este mundo cambiante, Friedman compartió el escepticismo de los millennials con sus dirigentes políticos y explicó que los partidos tradicionales son «muertos andantes». Pero, aun así, explicó que el futuro es más bien de las ciudades y de las comunidades locales, que ya hacen cosas muy interesantes: «América parece mejor de abajo a arriba que desde lo alto».

Malone, preguntado por la profesora del MIT Kathleen D. Kennedy sobre si compartía los sentimientos de los predicadores del apocalipsis robot, que podría estar provocando la pérdida de millones de empleos, se mostró escéptico: «Nos gusta que nos sirvan cafés camareros, que haya recepcionistas en los sitios, ir a conciertos y no sólo escuchar canciones en Spotify». Según explicó, en parte, su siguiente libro versará sobre cómo el factor humano hará que aquéllos que anuncian un mundo de robots se estén equivocando y se alineó con los que creen que sí habrá una creación de trabajos nuevos, como ha pasado tantas veces en la historia. «Con la automatización de la agricultura pasó y también con el invento de la imprenta. Dejó de haber gente dedicada a copiar a mano los libros y empezó a haber más escritores, editores, imprentas...», explicó.

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Además, aconsejó no minusvalorar la capacidad de las personas para las relaciones interpersonales y se mostró convencido de que habrá trabajos que nunca querremos que desempeñen los robots, como es el caso de los jueces. «Los humanos tenemos inteligencia general y no es tan fácil que la tenga la inteligencia artificial», explicó. Las relaciones interpersonales, unidas a la fuerza física, harán que no falte trabajo nunca para los empleados domésticos que cuiden de niños o de ancianos, según su percepción. Sí podremos ver, como ha pasado a lo largo de la historia, que las máquinas se vayan haciendo cada vez más cargo del «trabajo sucio».

Él, que no tuvo inconveniente en admitir sus profecías fallidas, tampoco dudó en señalar a los demás: «Cada 20 años hay un pico de noticias que nos anuncian que los robots nos quitarán trabajos». En diez años, veremos si tiene razón.

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