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El hombre que incendió la biblioteca de Sarajevo

La Vanguardia La Vanguardia 18/05/2014 Enric Juliana
El hombre que incendió la biblioteca de Sarajevo © LaVanguardia.com El hombre que incendió la biblioteca de Sarajevo

Acaba de ser reinaugurada la biblioteca de Sarajevo, incendiada y destruida por la artillería serbia durante el cerco de la ciudad en la guerra de Bosnia-Herzegovina, entre 1992 y 1996. El edificio ha sido reconstruido con fondos de la Unión Europea, más una notable aportación económica del emirato de Qatar. Una buena noticia. Un hecho importante.

Sarajevo es una ciudad telúrica. La Jerusalén de los Balcanes, se decía hace muchos años. El centro urbano, en un valle de los Alpes Dináricos, sigue el curso del río Miljacka, una corriente de aguas rápidas, que en los deshielos parece a punto de desbocarse. (Esta semana ha habido inundaciones en Sarajevo y en otras localidades de la región). La periferia, extensa, se desparrama por las colinas circundantes, a su vez rodeadas por cinco altas montañas. Desde las colinas se disparó sobre el centro de la ciudad durante la guerra de los años noventa. Desde las colinas controladas por las milicias serbias, la noche del 24 al 25 de agosto de 1992 se dio orden de disparar proyectiles de fósforo sobre la Biblioteca de Sarajevo. Este fue el resultado:


Tomé esta foto el 28 de enero de 1995, cuando se cumplían mil días del inicio de la guerra. Una frágil tregua permitía moverse por la ciudad, con cierta seguridad, aunque con muchas precauciones. Había que pedir plaza en el puente aéreo de la OTAN. Avión militar británico desde la base italiana de Aviano y convoy blindado para poder atravesar los puestos de control entre el aeropuerto y el centro. Casco y chaleco antibalas, obligatorios. La biblioteca era un edificio muerto y la nieve acentuaba la desolación de las ruinas. Todavía usábamos máquinas de fotografiar y el Misterio del Revelado aún no había sido anulado. Siempre había una sorpresa al abrir el sobre. Conservo una emocionada memoria de esta foto. Estaba muy impresionado cuando disparé la máquina.

Las bombas incendiarias no sólo habían destruido centenares de miles de libros, sino que habían corroído las columnatas del edificio, acabado de construir en 1894, con una mezcla de estilos orientalizantes, cuando la ciudad ya no se hallaba bajo dominio otomano y formaba parte del Imperio Austro-Húngaro.

El techo estaba totalmente destrozado y de la estructura metálica de la claraboya pendían unos plásticos, probablemente utilizados en un primer momento para evitar una total desnudez del edificio. Aquellos plásticos daban un aspecto aún más fantasmal a las ruinas.

Veintidós años después, el techo de la biblioteca ha recuperado su belleza original. 


Hay un dato especialmente siniestro de aquel bombardeo. El hombre que, según todas las informaciones publicadas en los últimos años, ordenó disparar los proyectiles incendiarios, había sido un usuario habitual de la biblioteca. Un profesor universitario, especializado en la obra de Shakespeare. Un hombre de una exquisita formación cultural y poética que encandilaba a sus alumnos de la universidad de Sarajevo. Nikola Koljevic (Banja Luka, 1936-Belgrado, 1997). Al producirse la implosión de Yugoslavia, el profesor Koljevic, se convirtió en el número dos de la formación ultranacionalista serbia que dirigía Radovan Karadzic, un psiquiatra de Sarajevo (nacido en Montenegro) que también amaba los versos y acabó ordenando masacres.

En 1992, Koljevic se convirtió en el intelectual de la fracción serbia que alentaba el cerco militar de la ciudad para forzar su rendición. Amaba la literatura, pero amaba aún más la idealización de la Gran Serbia. Proyectada en la pantalla del fanatismo, la Gran Serbia era incompatible con la ‘impureza’ de Sarajevo, donde los bosnios musulmanes y los croatas católicos eran mayoría. El estilo oriental de la biblioteca, una concesión ecléctica del Imperio Austro-Húngaro, era una manifestación evidente de esa “impureza”. Dispararon bombas de fósforo para extirparla. Al acabar la guerra, Koljevic se entregó a la bebida y acabó suicidándose en 1997, en Belgrado. Karadzic se escondió y no fue detenido hasta el 2008. Desde entonces se halla bajo la custodia del Tribunal Penal Internacional de La Haya, acusado de genocidio, crímenes contra la humanidad y violación de las leyes de guerra. El proceso, largo y lento, sigue su curso.

Un artículo del escritor bosnio Aleksandar Hemon, publicado en la página web de Enrique Vila-Matas, retrata muy bien al especialista en Shakespeare que ordenó incendiar una de las bibliotecas más bellas del mundo. Hemon fue alumno de Koljevic en la universidad de Sarajevo.

Nikola Koljevic, a la izquierda, junto a Radovan Karadzic

El incendio de 1992 destruyó centenares de miles de libros y numerosos incunables. Varios miles de volúmenes pudieron ser salvados en los primeros momentos del incendio, cuando los empleados de la biblioteca, arriesgando sus vidas, comenzaron a arrojar libros y documentos por las ventanas. Algo grave se temían en Sarajevo, puesto que algunos ejemplares muy valiosos habían sido retirados previamente y guardados en lugares secretos. La nueva biblioteca cuenta con un renovado fondo de antigüedades, financiado por el emirato de Qatar.

La biblioteca era una rótula, un punto de unión y de encuentro entre las distintas culturas representadas en una ciudad, que llegó a ser considerada como la segunda capital del Imperio Otomano. La joya de la posesión turca en Europa. Quienes ordenaron el ataque quisieron destruir esa rótula, para reconfigurar la historia. Atacaron el pasado y también el presente más inmediato. Las principales instalaciones de la Olimpiada de Invierno de 1984 también fueron martilleadas. En esta foto, tomada en enero de 1995, aparece el palacio de deportes, abatido. Y un niño sonriente. Aquellos días había muchos niños por la calle. Por primera vez en muchos meses sus padres podían dejarles salir con una cierta tranquilidad. Muchos niños de Sarajevo fueron víctimas de los francotiradores.


Ante la imposibilidad de acceder a la periferia, los muertos eran enterrados en los parques.


Hay una hermosa secuencia de la película La mirada de Ulises, del gran director griego Theo Angelopoulos que retrata, sin palabras, sin truculencia, sin aspavientos, el drama existencial de aquellos años.



Sarajevo vuelve a ser una ciudad pacífica, pero ya no es la misma. Los viejos equilibrios entre culturas y nacionalidades, formalmente restablecidos, se han roto. La preponderancia musulmana es ya irreversible y los rótulos en cirílico prácticamente han desaparecido de la geografía urbana, quedando reservados para el Sarajevo Oriental, adscrito a la pequeña República Sprska (Serbia).

La precaria cantonalización de Bosnia-Herzegovina ha separado a los contendientes y ha convertido este lugar de Europa en una región de muy difícil futuro. La tasa de paro es muy alta y mandan los nuevos caciques locales. Los recientes disturbios sociales en Sarajevo indican que la situación se halla lejos de la ‘normalidad’. La Turquía de Erdogan se ha convertido en el principal protector de los bosnios y la presencia de bancos de los emiratos árabes es notoria en el centro de la ciudad. El patronazgo de Qatar en la reconstrucción de la biblioteca es muy elocuente. Las milicias serbias quisieron destruir lo que consideraban una identidad demasiado mezclada, demasiado impura, demasiado mixta, y el resultado ha sido una mayor islamización de la ciudad. Sarajevo es hoy más Estambul que Jerusalén. He ahí una lección para todo tipo de fanáticos.

Llegados a este punto, conviene hacer una precisión. Culpar a los serbios de todos los desastres derivados del colapso de la República Federal Socialista de Yugoslavia en los años noventa es faltar a la verdad. Hubo otras responsabilidades, otros culpables, entre ellos los países europeos que ambicionaban su pedazo de pastel yugoslavo. ¿Se está repitiendo la historia en Ucrania?

También es inexacto presentar Sarajevo como una idílica ciudad multicultural antes de la guerra de los noventa. Las culturas y las identidades coexistían, pero también estaban en tensión. En Sarajevo se encendió en 1914 la mecha de la Primera Guerra Mundial. Más adelante veremos en qué circunstancias. Los judíos también fueron perseguidos en Sarajevo en los años cuarenta, cuando la ciudad pertenecía al Estado Independiente de Croacia, entidad satélite de la Alemania nazi, presidida por el fascista Ante Pavelic. Los judíos de Sarajevo eran descendientes de los primeros judíos expulsados de España. Fueron diezmados por el régimen croata. Y los serbios contrarios a la ocupación alemana también fueron perseguidos por croatas y musulmanes fieles al gobierno de Pavelic.

¿Cuáles son los resortes que pueden conducir a un profesor de universidad, a un exquisito lector de Shakespeare, a ordenar el incendio de la biblioteca en la que ha pasado horas estudiando y consultando libros? He ahí uno de los misterios de la guerra y de la naturaleza humana. Si no puede ser mía, la destruyo.

La guerra enciende la irracionalidad de los hombres y pone en primer plano a los psicópatas. En todos los bandos. Paolo Rumiz, un excelente periodista italiano nacido en Trieste, ciudad de frontera, ha escrito algunos de los mejores libros sobre la guerra de los Balcanes (La linea dei mirtilli y Maschere per un massacro). Sostiene Rumiz que la última guerra balcánica fue una guerra de bandidaje en la que el principal móvil de la limpieza étnica, practicada por casi todos los bandos, era el robo. El robo de casas, enseres, campos y ganado. La agresión a las mujeres, también.

Fue también, dice Rumiz, una explosión de odio del campo contra la ciudad. Durante la dominación otomana, el campo se convirtió en la reserva cristiana, encarnada en los monasterios ortodoxos, donde la liturgia es la misma desde hace más de mil años. Los turcos no imponían el islam, pero obligaban a pagar un tributo a los seguidores de otras religiones. A lo largo de una dominación de más de cuatro siglos, en las ciudades fueron especialmente numerosas las conversiones. Los bosnios musulmanes no son de origen turco en su gran mayoría. Son eslavos cuyos antepasados un día decidieron convertirse al islam, por creencia o por conveniencia. Sarajevo, refundada en 1461, por un gobernador militar turco, ha sido siempre una ciudad mercantil.

Oiremos hablar mucho de Sarajevo en las próximas semanas, cuando el próximo 28 de junio se cumplan cien años del atentado contra el archiduque Francisco Fernando de Austria, atentado que determinó el inició de la Primera Guerra Mundial. El heredero del Impero Austro-Húngaro fue asesinado a tiros por un nacionalista panserbio cuando regresaba de un acto oficial que había tenido lugar en la Biblioteca, edificio conocido popularmente como la Vijnecica, puesto que también había sido sede del ayuntamiento. También aquí, vale la pena consignar una objeción. Algunos intelectuales serbios, entre ellos el cineasta Emir Kusturica, nacido en Sarajevo, se revuelven contra el estereotipo que presenta a los serbios como responsables de la Primera Guerra Mundial. En su descargo ofrecen dos argumentos. El archiduque llegó a Sarajevo el día de San Vito, día muy significado para los serbios, lo cual fue interpretado como una provocación. Segunda objeción: la guerra habría empezado de cualquier manera, puesto que los principales países europeos, especialmente, Alemania, estaban muy predispuestos a ella. De no haber ocurrido el atentado de Sarajevo, habría habido otro detonante.

Gavrilo Princip, un joven activista del grupo Mano Negra, partidario de la unión de Bosnia con Serbia, disparó contra el archiduque desde la esquina que forman la avenida que discurre paralela al río Miljacka con la calle que conduce al viejo Puente Latino.


La Yugoslavia socialista quiso recordar el acontecimiento con una lápida en cirílico (el alfabeto utilizado por los serbios) y las huellas de los zapatos de Princip fueron grabadas en cemento. No era un recordatorio que condenase el atentado. Tomé esta foto, en julio de 1986, durante mi primer viaje a Yugoslavia.


Durante la guerra de los noventa, mientras las milicias serbias cercaban el centro de la ciudad, los bosnios arrancaron de cuajo la lápida y la placa de cemento con las huellas de Princip. Así estaba el lugar del atentado en enero de 1995.


Acabada la guerra, una placa vuelve a recordar el acontecimiento. Esta redactada, muy escuetamente, con caracteres latinos, en bosnio (derivación local del serbocroata) y en inglés. Septiembre del 2012. Las huellas de Princip siguen desaparecidas. Así se escribe y reescribe la historia. Exhibiendo y borrando huellas.

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