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El imparable ascenso de la pandilla de M.O.D.A

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 27/09/2017 Fernando Navarro
La Maravillosa Orquesta Del Alcohol (la M.O.D.A.), en su estudio de El Hangar, en Burgos. © MABEL GARCÍA La Maravillosa Orquesta Del Alcohol (la M.O.D.A.), en su estudio de El Hangar, en Burgos.

La primera vez que dieron su primer concierto fuera de Burgos acabaron todos en un parque comiendo de “una olla llena de espaguetis”. Fue en A Coruña, allá por diciembre de 2011, después de que una asociación programase en su sala a un grupo cuyo nombre sonaba a cachondeo: La Maravillosa Orquesta del Alcohol. “Para nosotros, eso era el paraíso”, recuerda David Ruiz, cantante y compositor de la banda, también conocida por las siglas La M.O.D.A. “Seguramente al principio éramos muy ingenuos, pero cómo no vas a empezar así y hacer tu caminito. Pero seguimos siendo igual: somos unos currantes”, sentencia.

Han pasado seis años desde aquella tarde y ahora estos mismos chavales -la mayoría no supera la treintena- preparan la salida de su tercer disco en estudio, Salvavida (de las balas perdidas), que se publica este viernes. Sentados a media mañana en la terraza de un bar burgalés, entre cañas de cerveza y tapas de aceitunas, no cuesta ningún esfuerzo reconocer en los siete miembros de La M.O.D.A. a esos chicos que compartieron la olla de espaguetis y que empezaron con tantas ganas que “nunca” miraron “cómo iba a ser la respuesta”. Pero la hubo: esta orquesta rockera, influida por el folk y el country, ha terminado por convertirse en un pequeño fenómeno musical en España con más de 90 conciertos al año, llenando salas allí por donde tocan y acudiendo a festivales como si fueran la última sensación indie, esa escena, como un cajón desastre, a la que no pertenecen ni estilísticamente ni por apoyo discográfico. El grupo se edita sus discos y controla todo: contratación, merchandising, comunicación, redes sociales… “Lleva mucho tiempo, pero lo preferimos así”, reconoce el baterista Caleb  Melguizo.

Decenas de cajas de cartón se apilan en un almacén de camisetas y postales, personalizadas con rotulador por el grupo, que se incluirán en los casi 1.200 discos comprados ya por los fans en la pre-venta de la página web. Hay expectación por lo nuevo de esta cuadrilla de amigos, que acaba de anunciar un tercer concierto en La Rivera de Madrid tras agotar dos noches seguidas antes incluso de la publicación del álbum. “Pasión" y "dedicación” son las palabras que más repite David Ruiz para hablar del grupo que decidió crear a su vuelta de Dublín en 2010. Tras salir desencantado del Conservatorio y las clases de piano, se reencontró con la música en los parques de Burgos, donde conoció a la mayoría de los otros seis miembros de la orquesta en la que se incluye el banjo de Jacobo Naya, el acordeón de José Ángel Hortigüela, Joselito, el saxofón de Alvar de Pablo y la mandolina de Nacho Mur. Muchos aprendieron a tocar sus instrumentos de forma autodidacta. “Me marcó el escuchar una guitarra eléctrica y que te diga algo cuando nada lo decía”, reconoce Ruiz, quien cita a The Clash como una de las principales influencias del grupo –bien reconocidas en ese gusto por los coros combativos en el nuevo disco-, como también Bob Dylan y Johnny Cash, del que luce un tatuaje.

El almacén está pared con pared con el local de ensayo en El Hangar, un conocido espacio cultural burgalés que hace décadas era la antigua estación ferroviaria de la ciudad. Los siete se meten cómo pueden en ese pequeño espacio con alfombras y pósteres de la banda en los que se les ve con sus características camisetas blancas de tirantes. Alguna de ellas cuelga de la pared. En uno de los primeros ensayos apareció el bajista Jorge Mariscal con una puesta y el resto de la banda decidió tomar esa ropa interior como indumentaria oficial. “Era una declaración de intenciones: es una prenda que puede llevar cualquiera. Desde nuestros abuelos hasta un currante cualquiera”, explica Ruiz.

En poco más de cinco años, La M.O.D.A. ha conseguido alcanzar una gran comunión con un público que no ha parado de crecer. La identidad juega un papel esencial en la música de esta orquesta llena de nervio sobre el escenario, ilustrada también por el canto afónico y visceral de su cantante, que en Salvavida recita estrofas y consigue llenar más que nunca las canciones con su grito inconformista. “Es un disco humano”, asegura Ruiz. “Va a la gente que no ha tenido en la vida oportunidades. A esa gente anónima, a la que Eduardo Galeano se refería como ‘los nadie’”, sostiene. Esta visión ya quedó plasmada en discos como La primavera del invierno y ahora se profundiza en canciones como O naufragar, Himno nacional -ambas con aire celta-,Vals de muchos o Campo amarillo, un homenaje al mundo rural al que pertenecen y en el que se reflejan por sus padres y, sobre todo, abuelos que viven en los pueblos cada vez más despoblados y a los que todavía acuden incluso para tocar.

El álbum se ha compuesto durante este año, marcado especialmente por los viajes del grupo a Berlín, Edimburgo, donde llegaron a tocar en bares, y Frías, el pueblo burgalés donde, al modo de The Band en Woodstock, se encerraron durante un mes con Diego Galaz, productor del disco y miembro de Fetén Fetén. “Estábamos buscando en una habitación a oscuras y lo encontramos. Hemos incorporado influencias de la música popular europea: fado, canción francesa, italiana, irlandesa…”, cuenta el cantante, que no deja de reconocer su deuda con el folclore castellano. En La inmensidad tocan por primera vez un pandero cuadrado. Pero por actitud y esa fuerza de asaltadores recuerdan también a conjuntos de folk bastardo como The Pogues o, ya más actuales, The Felice Brothers y Drive-By Truckers.

Las antiguas vías de tren sobresalen entre los hierbajos de la amplia plaza de El Hangar, donde también descansan los restos de un viejo vagón de mercancías. Los chicos de esta atípica orquesta caminan por su ciudad, donde han sido invitados a tocar hasta seis veces en las fiestas patronales, como esa pandilla de colegas a la que cantan en Héroes de sábado, un nuevo himno en su cancionero. Uno de sus versos reza: “Imposible ser neutral sobre un tren en movimiento”. Y con los coros de todos repiten incansablemente: “No te olvides de dónde vienes”. “Me mola el sentimiento colectivo de la música”, confiesa Ruiz, y añade: “En el fondo, no puedes creerte más que nadie por ser músico. Eres simplemente una persona que está tocando la guitarra”. Esta pandilla de currantes ya está otra vez preparada con sus monos blancos de tirantes. Los chicos de La Maravillosa Orquesta del Alcohol no son neutrales. Cantan a los héroes anónimos de pueblo.

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