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El infante'perdido' de Paco Lobatón que ahora gritaba soy Lucifer

El Mundo El Mundo 03/05/2015 Paco Rego

Bruno, cuando era pequeño. © Unidad Editorial, S.A. Bruno, cuando era pequeño. Unos días antes de que le echaran el guante, el martes 7 de abril, Bruno iba a cambiarse el nombre. Necesitaba olvidar. Buscar nuevos aires. Ser otro... Pero ¿quién? ¿Qué otro? ¿El Lucifer que él mismo decía ser voceando entre aromas de incienso desde su cuarto? Bruno, en su cabeza, ya no era Bruno. Dos décadas después de que su madre, Yolanda, lo buscara en el televisivo Quién sabe dónde tras serle arrebatado por su ex marido, aquel niño "alegre y de corazón generoso" ha mutado en un presunto asesino. Frío y calcular. Uno de esos psicópatas que suponen el 3% de la población.

"Enseñaba una sonrisa burlona que estremecía..., como la del Joker de Batman". La vecina que lo recuerda así se lo había cruzado un día antes de que Guardia Civil de Majadahonda llamara a la puerta número 6 de la calle Sacedilla. Era el último acto de una persecución de ocho días en la que Bruno Hernández Vega, de 32 años, era la presa y el comandante Julián Martínez, el cazador.

Cuando sus chicos de criminalística entraron en el chalé, en el sótano recién pintado descubrieron la obra gore del gallego: un cuchillo de cocina, otro de carnicero, un hacha y una picadora de carne industrial. De la mujer que le había alquilado a Bruno la vivienda, una argentina de 55 años que llevaba días desaparecida, ni rastro. Únicamente quedaban algunos restos de huesos en la trituradora y sangre en uno de los cuchillos.

200 muestras lo delatan

El peor de los escenarios no tardaría en confirmarse: aquellos huesos machacados eran los de Adriana Gioiosa. El resto del cuerpo, todavía sin encontrar, habría sido troceado y tirado en bolsas a la basura. Al ser interrogado, Bruno ni se inmutó. Pero 200 muestras recogidas le acusan de ser él el descuartizador de Majadahonda.

Un Whatsapp, enviado desde el móvil de la víctima a su hermano en Argentina, le había delatado. En el mensaje, Adriana le adelantaba que se iba fuera de España por un temporada. No especificaba el motivo ni la fecha. Y añadía que durante ese tiempo, que sería largo, le resultaría difícil ponerse en contacto con la familia.

Eduardo, desconcertado, no entendía por qué su hermana, a la que había visto el 29 de marzo en Buenos Aires, apenas 10 días antes de su regreso a Madrid, se lo había callado. Cogió el teléfono y la llamó inmediatamente. Una y otra vez lo intentó, sin obtener respuesta alguna. Eduardo, incrédulo de que su hermana se despidiera de tal forma, presentía que algo grave había pasado. Tomó el primer avión y se plantó en Madrid. Nada más llegar se subió a un taxi, camino del Burger King de Majadahonda donde Adriana trabajaba. Allí le dijeron que llevaban días sin saber de ella. Y tras comprobar que en el chalé que había alquilado, del que sabía por alguna fotografía de su hermana, tampoco daba señales de vida, Eduardo se fue en busca de la Guardia Civil.

"Mi hijo debería estar en un hospital, no en la calle", reconocía hundido Juan Francisco, tras saber que el hombre que presuntamente había descuartizado a la emigrante argentina era de su propia sangre. ¿Sería la primera y última víctima?

Los investigadores tienen sus dudas. Lidia Hernández, tía de Bruno y dueña del chalé de los horrores, tampoco aparece. Según su sobrino, ella le había dejado la vivienda antes de ingresar en un geriátrico de la provincia de Toledo. Sin embargo, de la anciana nadie sabe. No aparece en ningún registro de residencias para mayores ni a la Guardia Civil le consta que haya muerto. Al menos de manera legal. Las sospechas apuntan a que pudo haber sido la víctima anterior a Adriana. "Estamos buscando en una finca cercana a Ávila pero de momento no se han encontrado rastros de la señora", explica una fuente que está al tanto de la investigación.

-¿Alguna víctima más del presunto descuartizador?

-Sabemos muy poco aún del hijo de Lidia que falleció...

-¿Por qué lo dice?

-Lo siento, no sé más.

Mutilación, asfixia y estrangulamiento serían sus métodos preferidos. El psicópata no suele asesinar por lucro (Bruno no le había tocado a los 20.000 euros que su tía tenía la cuenta), sino porque desea ejercer el control o la dominación sobre la persona que va a ejecutar. No siente remordimiento, al revés, le hace sentirse vivo. Experimenta, según los expertos, un éxtasis eufórico o una ira violenta que le causa placer. Después llega la calma, el alivio, algo que no le dura mucho tiempo. Por eso vuelve a matar, es el único modo de que vuelva a encontrar la tranquilidad.

A Bruno la medicación le dulcificaba el carácter y los rasgos de su cara. "Hasta parecía más guapo", tercia Pepe, un amigo del padre. "Porque el muchacho -continúa- tiene buena planta, debe de medir 1,85 o un poco más, y tiene unos ojos marrones muy expresivos". Había estado ingresado al menos dos veces en la unidad de Psiquiatría del Hospital de Móstoles. Dejaba de tomas las pastillas al poco de salir, y volvía a recaer.

Yolanda, madre de Bruno, con Lobatón en el plató de 'Quién sabe dónde', en 1995. © Unidad Editorial, S.A. Yolanda, madre de Bruno, con Lobatón en el plató de 'Quién sabe dónde', en 1995. La etapa en que la locura se incubó en él es un misterio. Pero todo apunta a la adolescencia y la juventud, cuando Bruno iba por ahí dando tumbos. A los tres años de nacer en Sarria, un pueblo de Lugo, su padre se lo trajo a vivir con él a Madrid tras habérselo arrebatado a su ex esposa después del divorcio. Yolanda nunca más volvería a acariciar a su hijo. Lo más que llegó a saber del chico, a través del programa de Paco Lobatón, es que seguía vivo y que iba al colegio María Auxiliadora de Majadahonda. "Era un alumno simpático, buen muchacho, y se le daban bien las matemáticas", recuerda de él. Después de aquello, Bruno desaparecería definitivamente de la vida de Yolanda, su madre.

Viaje a California

Su padre, bregado en la emigración española a Suiza, decide entonces llevárselo con él a Los Ángeles. En la ciudad de California pronto conocería Bruno a la que sería su primera madrastra, una tal Stephany. Le daría dos hermanastros. Pero las cosas no parecían ir como esperaba y Juan Francisco, camarero de profesión, de nuevo se puso a llenar maletas. Bruno aparentaba desubicado. Aprendía inglés a marchas forzadas pero no entendía tantos cambios. Le faltaba el afecto que todo adolescente necesita para crecer. Los dos volaron a Puerto Rico. Otra vez la búsqueda de una vida mejor. Otra vez el fracaso. Y otra vez una madre, la segunda, que no es la suya. "Al final, para volver a España con una mano delante y otra detrás... Y sin darle al hijo una familia de verdad, cariñosa y estable!", resume el fracasado periplo un camarero que conoce bien al padre de Bruno.

De vuelta a Madrid, ya veinteañero, Bruno empezó a buscarse la vida. Repartió propaganda, fue coordinador en una empresa de reformas, sirvió en un mesón y, según cuentan, el inglés aprendido le abrió temporalmente las puertas de una multinacional instalada en la capital. Su falta de empatía tanto con los visitantes como con los compañeros, hizo que no le renovaran en Atención al Público. Era el verano de 2009 y a Bruno ya le rondaba la psicosis.

Se fue aislando. Las frases incoherentes y repetitivas -"venir", "ser", "estar", "venir"...- comenzaron a ser familiares en el vecindario. A veces se creía Lucifer (y lo vociferaba) y sacrificaba animales en el piso, comprados en una tienda. Cuando el olor a carne quemada se colaba por los pisos de bloque, era señal de que el presunto descuartizador de Majadahonda, el dueño de la trituradora que pulverizó los huesos de Adriana, había entrado en trance.

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