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El ingeniero cántabro que está enseñando a tu ordenador a reconocer cómo te sientes

El Confidencial El Confidencial 18/10/2016 Rocío P. Benavente

Cada día, en todo lo que hacemos, vamos dejando a nuestro paso "miguitas de emociones", asegura Javier Hernández, investigador del MIT nacido en Santander. Son gestos leves de los que no somos plenamente conscientes y que no afectan necesariamente a nuestra actividad pero sí que le dan pistas a la gente a nuestro alrededor de nuestro estado de ánimo. "Cuando notas que tu compañero de trabajo está triste o enfadado, cambias tus respuestas hacia él". 

Nuestros ordenadores y teléfonos, que tanto saben de nosotros, no pueden hacer lo mismo. Todavía, porque la rama de la computación en la que investiga Hernández, la computación afectiva, trata de llevar a las máquinas esa empatía que marca nuestras relaciones sociales. 

La computación afectiva nació hace ahora dos décadas, de la mano de Rosalind Picard, creadora del grupo de investigación en el que hoy trabaja Hernández, que propuso que para que la inteligencia artificial fuese realmente inteligente debía tenerse en cuenta el factor de inteligencia emocional que nos caracteriza a los seres humanos. "Las máquinas tienen que ser capaces de reconocer, procesar e imitar las emociones para que las interacciones con ellas sean realmente naturales". 

No se trata, explica, de sustituir nuestras relaciones con otras personas, se apresura a añadir. "Tu 'smartphone' nunca te va a conocer mejor que tu hermana", promete. Pero sí de enriquecer y facilitar esas relaciones gracias a la tecnología: que mi móvil sepa cuándo estoy triste y me sugiera hablar con mi hermana, alguien que siempre sabe cómo animarme. 

Medir, reconocer y adaptar

Para conseguirlo, Hernández y sus colegas combinan 'hardware', 'software' y psicología, de forma que los sensores recojan esas 'miguitas' que vamos dejando, el sistema las reconozca y la programación les dé sentido. Esto se emplea ya hoy en diversos campos, como el de la salud, la enseñanza o la publicidad. Hernández se ha centrado, entre otras, cosas en la gestión del estrés y en cómo un ordenador atento a sus señales puede mejorar nuestras vidas. "Un poco de estrés es algo bueno, porque nos ayuda a alcanzar nuestros objetivos, pero si se cronifica afecta a muchas enfermedades: cardiovasculares, de obesidad y del sueño. Tiene un gran impacto en la calidad de vida". 

Su enfoque se ha basado en tres pasos: medir los patrones biométricos de esas 'miguitas', reconocer las emociones que los producen y a partir de ahí adaptar el entorno a las necesidades del usuario. Para conseguir la primera parte, ha desarrollado un teclado y un ratón que miden los niveles de presión del usuario, así como un sensor que registra la respiración y el latido del corazón y que se lleva en el bolsillo del pantalón.

© Proporcionado por El Confidencial

Para la tarea de reconocer las emociones, ha creado una muñequera con biosensores que reconoce las señales de estrés en el pulso y la sudoración entre otros, así como un sistema que identifica la sonrisa en imágenes en tiempo real. Pensando específicamente en personas con síndrome del espectro autista, para las que la expresión de sus emociones es especialmente delicada, ha creado un sistema que recoge detalles de su comportamiento y que ayudan a descifrar su estado de ánimo. 

En el campo de la adaptación, Hernández ha desarrollado un dispositivo para que los coches detecten el estado de estrés de su conductor y tomen medidas para ayudarle a relajarse, como bajar un poco la temperatura interior o suavizar la voz del GPS. Estos desarrollos le han valido el reconocimiento de la MIT Technology Review, que la ha incluido en la lista de los diez Innovadores menores de 35 en España.

Transparencia para cuidar la privacidad

La suya es todavía un área en desarrollo dando sus primeros pasos, pero el investigador es consciente de que puede causar las mismas suspicacias que ya genera la inteligencia artificial, preocupación alimentada por las novelas y películas de ciencia ficción en las que un día las máquinas comienzan a tomar conciencia de sí mismas y terminan esclavizando a la raza humana.

Son en su opinión cuestiones que merecen ser reconocidas, aunque explica que la inteligencia artificial está muy lejos de parecerse a la que vemos en la ficción: "Desarrollamos máquinas que son buenas en tareas concretas, programadas de antemano, como jugar al ajedrez o resolver algún tipo de problema, pero cuestiones más generales, como la creatividad o la autoconsciencia están todavía muy lejos", explica.

Hay en su opinión otro tipo de problemas que urge más reconocer y afrontar, que son los que tienen que ver con la privacidad y la invasión de la intimidad. "Una máquina que lee tus emociones es una cuestión muy delicada. Hace falta una escrupulosa transparencia para que el usuario sepa en todo momento qué se hace con esa información". 

Javier Hernández, investigador del MIT (foto: MIT Technology Review) © Externa Javier Hernández, investigador del MIT (foto: MIT Technology Review)
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