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El intérprete

Notodo Notodo 22/04/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "El intérprete" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "El intérprete"

“Cuando era pequeño me ponía de espaldas contra la pared en un rincón de mi cuarto. Y cantaba. Escuchaba mi voz con el eco de la pared, un eco que hace que parezca un micrófono, y me sentía un cantante de verdad... Cuando era pequeño era un niño raro. Cuando era pequeño tenía un montón de amigos... invisibles. Cantaba y actuaba para ellos, Mis amigos invisibles eran yo mismo y los demás; mis cómplices, mi público... Con ellos recorrí los mundos de mi imaginación y a ellos les debo todo lo que soy: el actor, el cantante. El intérprete.”
Así comenzaba a su paso por Madrid el espectáculo El intérprete, un show musical, mezcla de cabaret, concierto, teatro y canallada protagonizada por el prestidigitador escénico Asier Etxeandía, que lleva girando por prácticamente todo el país desde hace casi cuatro años y del que aún no lo dejan despedirse: ahora, regresa con doce únicos shows al madrileño Teatro Calderón; y que nosotros recordamos como la primera vez que lo vimos, en su primera ronda de funciones.

Situado en una noche de 1984, el entonces niño Etxeandía va desgranando con su ronca voz temazos de ayer, hoy y de siempre para nosotros, el público: sus amigos invisibles. Acompañado por Guillermo González al piano, el contrabajista Enrico Barbaro y Tao Gutiérrez a la percusión, las programaciones y la dirección musical, el show es un espectáculo de esos redondos cual aro de hula hoop. De una dolorosa intensidad y maravillosa ligereza, alcohol, reflexión vital, crítica frontal y locura. Pero, ante todo, El intérprete es un show musical muy, muy canalla y sinvergüenza a la mayor gloria de Asier Etxeandía, que consigue poner en pie y enloquecer al público en no pocas ocasiones. Y es que el vasco es una auténtica bestia escénica y posee la energía de una locomotora que arrasa con todo lo que se le pone por delante. Dejando el escenario on fire. Un artista integral como no hay muchos por estos lares, que lo mismo se te sube sobre las tablas (sus personajes con Tomaz Pandur son absolutamente inolvidables, por no hablar de su mítico maestro de ceremonias en el musical Cabaret), que hace cine o televisión, canta en un grupo de rock o te monta una velada-concierto de este porte.

Empezando por su faceta más íntima e introspectiva con Puro Teatro, Volver, una desgarradora Luz de luna dedicada a su madre o el Mañana del musical Annie en vertiente dolorosa de niño marginado, Etxeandía y los músicos en escena transitan por los caminos de Kurt Weill (tomándose la licencia de cambiar la Alabama de Moon of Alabama por su Bilbao natal) o un energético Psycho Killer de los Talking Heads, pasando por Lucho Gatica (en un intenso Encadenados), Camilo Sesto y hasta la Pantoja. Sin olvidar a la santa puta de Madonna, la diosa de voz rota Janis Joplin o los Rolling Stones. O un Sinnerman à la Nina Simone para la recta final del concierto absolutamente brutal. Todo ello regado con retazos de su infancia, reflexiones sobre la idiosincrasia actoral (Mis ojos maquillados ven más lejos), coreografía para que la audiencia se lo pase cual enanos en jardín de infancia (Tú te me dejas querer), ataques más o menos velados a la iglesia y otros estamentos, comentarios políticamente incorrectos, etc, etc… Incluso puedes pillar un trago de tequila si se decide a hacer rular la botella que tiene en escena y pasa cerca de ti… Y uno de los mayores logros es que Etxeandía consigue hacer suyos todos y cada uno de los temas que interpreta.

Porque, al fin y al cabo por eso funciona tan brutalmente: porque interpreta y vive cada uno de los temas como si no hubiera un mañana entregándose al máximo. Y eso es una auténtica gozada. En definitiva, que El intérprete es un show absolutamente imprescindible de los que revitalizan la noche madrileña, elegante y canalla. Del que se sale con un subidón y energía completamente adecuados para quemar lo que queda de la madrugada y vivir un viernes de esos inolvidables. Porque el día puede esperar. Sin más. Así que a disfrutar de las pocas semanas que le quedan en cartel. “Y hasta mañana, amigos imaginarios”.




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