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El inventor español que pasó de buscar energía limpia a estafar con crecepelo

El Confidencial El Confidencial 15/03/2016 R. Pérez

El 20 de octubre de 1924, 'La Voz de Madrid' recogía en su página 4 una breve noticia sobre Manuel Aljarilla y su invento: un crecepelo que, según aseguraba el texto, hacía ya meses que daba que hablar en la prensa extranjera, especialmente la alemana. Aljarilla era un "modesto y sabio químico español que, como la mayoría de sus compatriotas eminentes, ha precisado que nos lo descubran fuera de España para que llegue a ser conocido por los españoles".

Casi un siglo después, el nombre de Aljarilla vuelve a ser desconocido para los españoles, aunque durante un breve periodo de tiempo no lo fue tanto. Tal y como recoge Tecnología Obsoleta, esta no es la historia de un brillante inventor que cayó en el olvido, sino la aventura de un tipo espabilado que aprovechó una carta de presentación supuestamente científica para tratar de ser profeta en su tierra... aunque no le duró mucho.

No está muy claro cuándo nació exactamente Aljarilla, pero sí que lo hizo en Sevilla a finales del siglo XIX y que allí estudió, en teoría, para obtener el título de perito químico. Pronto montó su laboratorio y empezó a experimentar, según comentaba a un entregado reportero que le entrevistó para la revista 'Nuevo Mundo' en marzo de 1925, con lo que sería su primer proyecto: un procedimiento para extraer aluminio directamente del mineral recurriendo a sistemas térmicos y no químicos, "con el que me prometía obtener resultados cuatro o cinco veces mayores que el que dan los hornos electrolíticos". El aluminio no era tan abundante entonces y por tanto su valor era un buen incentivo para la inventiva de Aljarilla.

Extracción de aluminio y el motor de hidrógeno

Pero sus experimentos no dieron el fruto que esperaba y el ambiente le desanimó. Así que cogió su ingenio y emigró en 1918. Recorrió, siempre según sus propias declaraciones, medio mundo, de Polonia a Japón, hasta que llegó a Noruega, que le pareció un lugar prometedor para volver a asentarse y dar impulso a sus ideas. "En Sevilla, para hacer mis pruebas de inventor, vendí dos casas que poseía en 46.000 duros, y cuando logré la fórmula tenía 10 pesetas. En Cristiania encontré todos los elementos que me fueron precisos". 

Tan bien le debió de ir que Manuel Aljarilla Sánchez aparece como autor de tres patentes españolas. Dos de ellas, de 1920, describen métodos para hacer funcionar un motor convencional con hidrógeno como combustible. La otra, de 1921, recogía un método para perfeccionar la fabricación de sulfato de aluminio. 

Método que en 1925 ya empleaba una compañía noruega con 600 hornos electrolíticos "cuya cuarta parte ya está transformada para trabajar por mi procedimiento", aseguraba. De Noruega se fue a Alemania, donde continúo sus experimentos con los motores de hidrógeno. Según sus palabras, el exceso de calor que se generaba en los motores los terminaba fundiendo, pero con ayuda de una entrada de aire logró solucionar el problema y que produjesen "una fuerza superior en 10 veces, con menor gasto que todos los conocidos". Aunque esto nunca llegase a ocurrir, y no hay registros de que lo hiciese, que Aljarilla se plantease sustituir el petróleo por hidrógeno como combustible para motor ya muestra una interesante iniciativa técnica, ya que no había por entonces motivos para hacerlo: ni por escasez ni por contaminación.

El suero Titán

Pero fue su última incursión en la química lo que le dio fama en España, como decía el fragmento con el que abríamos este artículo. Se trataba del suero Titán, un producto con propiedades para regenerar el cabello. Desde las coronillas de los caballeros hasta las cejas de una dama lampiña, que contaba sus progresos calificándolos de milagro, este suero prometía ser todo un avance. 

Cartel anunciando el suero Titán desarrollado por Aljarilla (Foto: Todocoleccion) © Proporcionado por El Confidencial Cartel anunciando el suero Titán desarrollado por Aljarilla (Foto: Todocoleccion)

El propio Aljarilla describía su invento utilizando la misma estrategia que muchos siguen utilizando hoy: revestir de ciencia un producto para dar legitimidad a sus afirmaciones. "No se trata de ningún producto de perfumería ni tiene nada que ver con cuanto actualmente existe. Es una preparación científica, basada en las modernas teorías de los injertos y las renovaciones glandulares, que me ha costado cinco años de trabajo". Aseguraba el inventor que lo había desarrollado mientras fue profesor de Endocrinología y Electricidad Atómica en la Escuela Especial de Charlottenburgo. 

Publicitariamente fue un éxito. Durante varios meses, los periódicos y revistas madrileños dedicaron varios artículos y entrevistas al suero Titán, que estaba compuesto por "extractos fluidos de secreciones internas de glándulas capilares de ternera" y había sido registrado en la Dirección General de Sanidad, tal y como obligaba la ley de entonces, con el número 6.776.

¿Funcionaba? Sí, según los elogiosos artículos de la época. La clave, una vez más según su autor, era que el suero estimulaba el nacimiento del pelo y protegía su desarrollo. "Nace porque el pelo ya es algo creado, engendrado en nosotros. Nace en cualquier edad y en cualquier circunstancia". Y apelaba a un argumento que también resulta familiar a los acostumbrados a oír supuestos argumentos científicos: cierta sospecha de conspiración. "Si la calvicie fuera una de esas enfermedades terribles que traen por consecuencia la muerte, hace mucho tiempo que el ingenio humano habría encontrado el remedio. Pero como se trata de algo más leve, de lo que aparte de excepciones y peligros de infección solo produce esa tragicómica molestia de ser calvo, no se ha estudiado con atención...".

La denuncia por estafa

Y así hizo negocio Aljarilla, que vendía las botellitas de su remedio a 15 pesetas cada una (una cantidad nada despreciable para la época). Pero el negocio no le duró mucho: el 5 de junio de 1925, un juez de Barcelona solicitaba su detención, "acusado de estafas cometidas en la capital catalana, utilizando supuestos títulos científicos para promover negocios fantásticos a base de inventos, engañando a determinadas personas para la formación de sociedades explotadoras de los mismos", contaba el periódico 'ABC'

El denunciante era un alemán que aseguraba que Aljarilla no era perito químico como decía, y que su supuesto procedimiento secreto para obtener aluminio de forma barata le había costado 70.000 pesetas. El sevillano pasó varios días detenido hasta que el juez le dejó en libertad bajo fianza. Más adelante, el juez suspendió la denuncia porque no encontró pruebas suficientes de la estafa, pero la actividad de Aljarilla no se recuperó, o al menos no públicamente. No hay más entrevistas, no hay más crecepelo.

Es difícil saber si el inventor realmente estafó a alguien para que le financiase sus inventos. Desde luego, y puesto que la calvicie sigue siendo hoy un problema, sí parece que esas 15 pesetas por botella de Titán tendrían como recompensa una decepción más que la esperada cabellera, por mucho que la prensa de la época alabase sus resultados. 

Manuel Aljarilla, segundo por la izquierda, junto a otros cargos de su empresa y un periodista de 'Nuevo Mundo' (Foto: 'Nuevo Mundo') © Externa Manuel Aljarilla, segundo por la izquierda, junto a otros cargos de su empresa y un periodista de 'Nuevo Mundo' (Foto: 'Nuevo Mundo')
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