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El investigador que frenó el párkinson con electrodos: "Hoy no me dejarían hacerlo"

El Confidencial El Confidencial 22/06/2016 Sergio Ferrer. Lisboa

Louis Pasteur decía que "el azar sólo favorece a los espíritus preparados". Con esta frase, el padre de la microbiología moderna defendía que no existe la 'casualidad' en la ciencia. Si Alexander Fleming descubrió los antibióticos no fue sólo por la contaminación fortuita de un experimento, sino porque contaba con la intuición y los conocimientos necesarios. Sin ellos, quizá habría tirado a la basura y olvidado esas placas llenas de hongos. Algo similar le ocurrió al físico y neurocirujano Alim-Louis Benabid (Grenoble, Francia, 1942) cuando un paciente de párkinson dejó de temblar durante una operación. La responsable: una pequeña estimulación eléctrica en el tálamo. ¡Eureka!

Este episodio de revelación desembocó en un nuevo tratamiento, la estimulación cerebral profunda (DBS, por sus siglas en inglés). De forma similar al marcapasos que regula la frecuencia cardíaca mediante señales eléctricas, el DBS se implanta en el cerebro para eliminar los temblores y así mejorar la calidad de vida de los pacientes de párkinson. Por este hallazgo en apariencia casual, Benabid fue galardonado este mes con el premio al Inventor del año en la categoría de Investigación, entregado por la Oficina de Patentes Europea en Lisboa.

Hasta la llegada del DBS, la única esperanza para los pacientes con párkinson era someterse a una cirugía radical: 'destruyendo' parte del cerebro los temblores podían remitir. Este sistema, utilizado desde los años 40, no estaba exento de riesgos, pues la zona a 'lesionar' es un área muy pequeña del tálamo. "Si lo haces exactamente como debe ser funciona, pero si no aciertas el lugar adecuado no detienes el temblor y has destruido otra parte del cerebro para nada", explica Benabid. 

El PBS. (EPO) © Proporcionado por El Confidencial El PBS. (EPO)

Las lesiones se llevaban a cabo con un electrodo que, colocado en el área exacta, 'quemaba' el tejido. Antes de eso, y para comprobar que el cirujano se acercaba a la minúscula zona deseada, el médico aplicaba frecuencias bajas, de entre veinte y cincuenta hercios (Hz), a las partes de alrededor. El objetivo no era otro que atinar el disparo, según el paciente sintiera un cosquilleo o la contracción de sus músculos, —la intervención se lleva a cabo con la persona despierta— el neurocirujano se guiaba hasta la parte exacta donde 'freír' el cerebro.

Fue durante una de esas peligrosas intervenciones quirúrgicas cuando, en 1987, Benabid tuvo su revelación. "Nadie lo había probado en otras frecuencias y no se por qué. Yo tuve la curiosidad de ver qué pasaba a frecuencias mucho más altas o mucho más bajas". Al aplicar los 100 Hz el investigador francés se disculpó ante su paciente, pensando que le habría dolido: "Me dijo que había dejado de temblar y que si podía repetir lo que había hecho", recuerda. "¡Ajá!", pensó Benabid para sus adentros.

Como buen científico, Benabid tenía que comprobar que no había sido casualidad. La prueba no estaba exenta de efectos secundarios, desde pérdida de memoria a problemas de habla, así que pidió permiso a varios pacientes para repetir el experimento: "Voy a ponerles un electrodo para estimularles el cerebro. Si funciona, funciona. Si no, lo quitaré", comenta. Todos estuvieron de acuerdo en intentarlo.

(EPO) © Proporcionado por El Confidencial (EPO)

La intervención para implantar el DBS consiste en agujerear el cráneo para insertar una sonda electrónica en su cerebro. Esta va conectada a un cable que se lleva de forma permanente, como un marcapasos.

El resultado se repitió y los temblores cesaron. "No era una observación casual: era un hecho". Benabid señala que hoy el DBS no habría visto la luz. "Entonces no había criterios éticos. Hoy tendría que haber pedido permiso [a un comité] y probablemente me habrían dicho que no había motivos, sólo riesgos".

Casi treinta años más tarde, más de 150.000 pacientes se han beneficiado de los efectos del DBS. "Es instantáneo y asintomático", comenta el neurocirujano. "El problema", añade, "es el dinero". El coste de la operación para implantar el dispositivo puede superar los 90.000 euros. En otras palabras, y según cálculos de la 'Movement Disorder Society', cada año de calidad de vida ganado cuesta más de 6.000 euros.

La estimulación cerebral profunda ha estado rodeada de azar desde el principio hasta el final. Azar porque Benabid fue capaz de exclamar "¡ajá!" tras la primera operación. Azar porque hoy en día no habrían tenido lugar las pruebas iniciales. Azar porque, aunque países como Francia y España sufragan los costes de su implantación, la mayoría de los más de siete millones de enfermos de párkinson del mundo no podrán costearse el PBS.

Alim-Louis Benabid. (EPO) © Externa Alim-Louis Benabid. (EPO)
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