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El jazz del mañana

El Mundo El Mundo 18/06/2014 PABLO SANZ

Hace más de dos décadas que Miles Davis (1926-1991) nos dejó y el eco de su huella sonora sigue siendo un tatuaje imborrable en la piel del jazz. No hay artista como él en toda la historia del género, porque sólo él fue capaz de reinventarlo en varias ocasiones, desde su protagonismo en la consumación del 'bebop' al lenguaje abierto y sin fronteras de la llamada 'fusión', pasando por el 'cool jazz'. Sólo una cosa movía el soplo creativo de Miles: experimentar y crecer, no dar un paso atrás ni siquiera para luego avanzar cuatro. "Toca lo que no sabes", solía decir a sus muchachos cuando pergeñaban una nueva aventura musical. Y el consejo ha quedado en el tiempo como una de las mejores definiciones de su pálpito creativo.

Ya se ha mencionado en estas mismas páginas que Miles Davis logró abrir un montón de ventanas en el jazz que aun hoy nadie ha logrado cerrar. El género asiste en la actualidad a una inspiración global que no entiende de pasaportes, a una actitud musical abierta a todos los estímulos que nos rodean, cuya autoría hoy se reconoce, como ayer, a uno de los grandes discos de Miles Davis, 'Bitches Brew', editado por Columbia-Sony en 1970, en el que el trompetista intelectualizó el rock y el jazz a partes iguales, dando lugar, más que a una nueva sonoridad, a nuevo lenguaje musical que, dos meses después, encontró justa definición en los cuatro históricos conciertos que ofreciera entre el 17 y el 20 de junio de 1970 en el Fillmore East de Nueva York, el legendario local del promotor Bill Graham. Ahora, el material de aquellas sesiones se publica por vez primera de manera íntegra y sin editar bajo el título 'Miles at Fillmore', como testimonio impagable de los días que enchufaron al jazz al mañana, creando un nuevo sonido que revolucionó el genéro.

'Bitches Brew', ya se sabe, descubría precedentes propios en anteriores entregas del trompetista como 'Miles in the Sky' o 'In a silent Way', en el que ya se intuía la aspiración creativa de Miles en aparcar las armonías para entregarse a espacios de libre improvisación, tanto individual como colectiva.

© Proporcionado por elmundo.es

Romance con la 'pantera negra'

El peso de iconos 'rockeros' como Jimi Hendrix o Sly Stone; su romance con esa 'pantera negra' intelectual que fue Betty Davis Mabry; el eco social y reivindicativo de los convulsos años 60; la pujanza de los instrumentos eléctricos y su efecto en las audiencias más jóvenes... Todo desembocó en ese álbum antológico que definitivamente colocó al género en el mañana y del que la multinacional Sony publicó hace cuatro años una edición especial de tres CD's y un DVD con los 94 minutos del disco original, seis bonus tracks y un concierto de Miles Davis y su magnífica banda que habían realizado en Tanglewood en agosto de 1970.

Aquel registro situó a Miles ante la encrucijada de morir o soñar; esto es, de abrazarse al pasado o entregarse al futuro, abanderando una actitud musical que le llevó hasta el final de sus días, cuando situó al mismísimo Prince en el principal punto de su mira artística. El álbum supuso una conmoción en la sociedad jazzística, que fue considerado por muchos como un fraude, caso del crítico Stanley Crouch: "Miles Davis es el mejor traidor de la historia del jazz". El trompetista, no obstante, no varió ninguno de los nuevos preceptos creativos del mítico disco, al contrario, se hizo fuerte en torno a la apuesta de un lenguaje que, partiendo de conceptos propios del rock, existía a través del fuego abrasador de la improvisación. Uno de sus colaboradores, el saxofonista Dave Liebman, lo recordaba recientemente: "Miles lo que quería crear eran composiciones vivas".

El envite de Miles Davis se hizo descaro cuando en junio de 1970 desembarcó en el Fillmore East de Nueva York con una banda de capitanes formada por el saxofonista Steve Grossman, los pianistas Chick Corea (a los teclados) y Keith Jarrett (al órgano), el contrabajista Dave Holland (al bajo), el baterista Jack DeJohnette y el percusionista Airto Moreira. El material de aquellos recitales acaba de ver la luz discográfica incluyendo todo el material interpretado, un total de 31 temas apuntalados sobre pura adrenalina jazzística y eléctrica. Estos más de 100 minutos de música total adquieren relevancia porque muchos de ellos son inéditos, ya que hasta ahora sólo se conocía la producción que Teo Macero realizara aquel convulso año.

Cada una de las cuatro actuaciones se armaba sobre un repertorio común ('Directions', 'The Mask', 'It's About That Time', 'Bitches Brew' y 'The Theme'), pero cada noche era diferente, no ya por la inclusión de un nuevo tema -normalmente en el capítulo de los bises-, sino por aquella actitud libertaria que imponía Miles Davis. Aunque no estuvo en aquellas actuaciones, Wayne Shorter, miembro del segundo gran quinteto del trompetista, lo explica a su manera: "Llegabas a trabajar y nunca sabías por dónde iban a salir las cosas. Miles nos apuntaba unas mínimas ideas y luego teníamos que hacer música con ellas sobre la marcha".

Competían en inventiva y emoción

Este ejercicio de creación sobre el terreno y cuesta abajo repercutía después, lógicamente, en los distintos solos que tenían lugar cada velada, como así lo evidencian todos y cada uno de los miembros de la banda. Los monólogos de Grossman en 'Bitches Brew', la interacción rítmica de Holland y DeJohnette, las audaces percusiones de Moreira y los lances alternados de Corea y Jarrett competían en inventiva y emoción con el propio Miles Davis, que deslumbra en piezas como 'It's About That Time', 'Footprints', 'Paraphernalia', 'Willie Nelson', 'I Fall in Love Too Easily' o 'Sanctuary'. La caja se remata con otros temas extraídos del paso de la banda por el Fillmore West de San Francisco. Un redactor de 'Variety' lo dejó escrito: "No hay adjetivos para calificar esta música: simplemente es Miles Davis".

El horizonte marcado por el autor de 'Kind of Blue' situó en la misma órbita a buena parte de sus colaboradores de aquella época: Herbie Hancock fundó Headhunters; Wayne Shorter y Joe Zawinul formaron Weather Report; John McLaughlin la Mahavishnu Orchestra; Chick Corea Return to Forever... El material entregado en 'Bitches Brew' y estas sesiones del Fillmore supusieron también la entrada del trompetista en el Salón de la Fama del Rock & Roll, siendo el único jazzista distinguido con este reconocimiento.

El pasado 26 de mayo Miles Davis hubiera cumplido 88 años, pero queda claro que su figura ha perdido toda noción de temporalidad. Y su música, arrojada siempre hacia delante, tanto que muchos intérpretes de hoy no atisban alcanzarla. La efeméride, no obstante, fue aprovechada por la Alcaldía de Nueva York para ponerle una calle, la Miles Davis Way, emplazada en la calle 77 entre Riverside y West End, a tan sólo unas manzanas del edificio de apartamentos en el que el trompetista vivió durante dos décadas y media.

Sin duda, Miles tocaba de espaldas al público no por falta de respeto, sino porque era la vía de escape que encontraba sobre el escenario para mirar al mañana. La electricidad rockera que inculcó al jazz, si no fue una experiencia pionera, sí fue la experiencia que elevó al género a otra dimensión emocional y ante otras audiencias, colocándolo en un mapa sin fronteras. Mientras el resto de sus compañeros se empeñaban en mejorar y perfeccionar lo ya hecho, Miles siempre iba un paso por delante, o tres, vaya. No extrañó que al final de sus días acabara buscando a los públicos más jóvenes, que si bien son más inmaduros sí cuentan con mayor energía.

La perspectiva eléctrica de la improvisación jazzística de Miles Davis también ha sido criticada en este tiempo y aún hoy hay numerosas voces que ignoran y desprecian su trayectoria a partir de los años 70. Y uno se le imagina sonriendo socarronamente, como cuando en su día le sonriera al bebop de Charlie Parker el día que decidiera entregarse al 'jazz modal'; o como luego más tarde haría con el 'cool jazz' de Gerry Mulligan o Lennie Tristano; o con el 'free jazz' de Ornette Coleman... Él siempre quiso tocar lo que no sabía, lo que estaba por llegar: deseos de genio, vaya, no siempre bien comprendidos.

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