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El jurado

Notodo Notodo 28/04/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "El jurado" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "El jurado"

Andrés Lima es capaz de lo mejor (Elling) y de lo peor (Los Mácbez). Ahora vuelve al Matadero dirigiendo este espectáculo de Avanti Teatro, El jurado. Un jurado heredero de aquél famoso de Doce hombres sin piedad, con la misión de decidir la suerte de un político acusado de corrupción. Pero aquí todos tienen cosas más importantes que hacer que tirarse horas encerrados en una sala y se plantean una votación rápida. 8 de los componentes votan culpable. Uno... No culpable.

Ése es el punto de partida del texto escrito por Luis Felipe Blasco Vilches, quien nos ofrece una función inspirada libremente en la obra de Reginald Rose pero a una distancia considerable de la misma. El caso, que en Notodo también queremos deliberar. Aquí el juicio (crítico) a esta función.


Las pruebas de la defensa
La propuesta estética es atractiva: una plataforma giratoria (aunque con ésta van ya no sé cuantas esta temporada, parece que las regalan con los phoskitos) con la mesa de deliberación, permitiendo observar al jurado desde todos los puntos de vista posibles con una iluminación además que es un portento. Este jurado además está compuesto por un reparto conocido y de campanillas (Pepón Nieto, Víctor Clavijo, Isabel Ordaz, Eduardo Velasco, Luz Valdenebro, Usun Yoon, Cuca Escribano...). Y la actualización del conflicto de la pena de muerte a la condena a un político corrupto viene al pelo (de forma algo fácil pero efectiva) para los tiempos que corren.


Las pruebas de la acusación
Pero el desarrollo resulta algo débil dramáticamente hablando y la dirección de actores pelín excesiva y forzada, principalmente en su arranque. Y es que la función da su pistoletazo de salida de una manera que incita a abandonar la sala. El continuo griterío de los personajes resulta curioso si es un recurso para mostrar el histerismo de la sociedad contemporánea. Pero llega a resultar casi insoportable. A Lima ahí se le ha ido de las manos. Menos mal que luego se calma la cosa y uno puede disfrutar muchísimo más con cada una de las caracterizaciones (y parece inlcuso que a los propios intérpretes les sucede lo mismo). Aún así, la identificación resulta complicada, por mucho que las situaciones de cada uno en particular puedan resultarnos cercanas.


Las preguntas sin respuesta de la acusación
En cuanto al texto, a mí se me planteaban preguntas de forma continua y reiterada que me sacaban de la función sin remedio y con consecuencias funestas. Por ejemplo: ¿Por qué, si tienen tantísima prisa, hacen esos parones que al espectador se le antojan eternos? ¿Por dónde dan esos paseos si no pueden salir de la sala? ¿A cuento de qué vienen las conversaciones privadas nada más comenzar la deliberación si no se conocen en absoluto? Los comportamientos de los personajes (sobre todo en el primer acto) resultan una mezcla de confianza y extrañeza que desubica. Va avanzando la función y por fin se meten en harina, la cosa gana puntos dado que resulta normal ya (ahí sí) que pueda hacer aparición esa relativa cercanía entre personajes.

La función entonces se torna interesante, pero sigue resultando poco verosímil que nadie se haga más preguntas de las que se hacen sobre los datos que aporta un personaje que les desestabiliza. Una pena que con estos mimbres, las preguntas sobre lo que no se comprende superen a las preguntas que importan ("¿qué hubiera hecho yo? ¿es justa la justicia?").

El veredicto
Aún así, finalmente uno acaba por seguir la función con interés relativo y consigue plantearle a uno esos interrogantes para que salga reflexionando de la sala. Pero el veredicto para los hacedores de la obra, por el cargo de desaprovechar los elementos a su disposición para conseguir un obrón es... Culpables. Aunque si alguien vota No culpables, todo es discutirlo para ver si me convence.

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