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El líder nazi del Ku Klux Klan que se voló la cabeza cuando se supo que era judío

ABC ABC 06/11/2015 Manuel P. Villatoro


Miembros del Klan, junto a la bandera norteamericana © Diario ABC Miembros del Klan, junto a la bandera norteamericana

«No tengo nada por lo que vivir. Voy a hacerlo». Estas fueron las últimas palabras que, según se cree, dijo Daniel Burros (un líder nazi del Ku Klux Klan) antes de morir de un disparo en la cabeza. Un tiro que se pegó él mismo después de que llegara a sus oídos que el mundo iba a descubrir su origen judío. Y es que, detrás de los mensajes de racismo, odio y muerte de este «Gran Dragón» de la triple «K» había un pasado semita, pues había estudiado en una sinagoga y educado en la fe de esta religión. Una verdad que, según parece, no pudo resistir este joven de 28 años, que prefirió despedirse del mundo a su única alternativa: afrontar las miradas inquisitorias de sus compañeros. Todo ello, después de que un periodista del diario «New York Times» publicara los pormenores de su vida. Con aquellas líneas mató, sin saberlo, a uno de los máximos exponentes de esta organización racista en Nueva York.

La de Burros fue una de las historias más oscuras dentro del pasado centenario que atesora esta organización xenófoba de patente estadounidense. Un grupo que ha vuelto a recibir los focos de la notoriedad después de que los ciberactivistas de Anonymous afirmaran hace varios días que iban a desvelar la identidad de más de 1.000 de sus miembros. Una información, en principio, protegida por el Ku Klux Klan. De hecho, hace algunos meses ya se filtraron en la Red los datos personales de varios socios de este clan (entre los que destacaban cuatro senadores republicanos) del que los «hackers» se desvincularon. Ayer, por el contrario, hicieron temblar de nuevo a internet como cada 5 de noviembre. Una fecha en la que se movilizan contra la censura en la Web haciendo honor a Guy Fawkes, quien protagonizó un ataque al parlamento inglés ese mismo día, aunque en 1605.

Una organización «pacífica»

La triple «K», como se solía decir por entonces, fue alumbrada a la altura del siglo XIX, cuando los Estados Unidos acababan de poner punto y final -al menos de manera oficial- a la Guerra de Secesión. Esa contienda que, en definitiva, enfrentó durante cuatro años al norte del país (la Unión) contra las regiones del sur (los Confederados) atendiendo a lo que a cada uno se le pasaba por la mollera con respecto a políticas de esclavitud y de crecimiento económico. Concretamente, el Ku Klux Klan llegó al mundo un día de Noche Buena de 1865 en Pulaski, una localidad de Tenessee (al suroeste del país). Sus «papás» fueron seis oficiales del ejército sureño que, hasta el chambergo de las ideas en favor de los negros que les había obligado a acatar su antiguo enemigo -Abraham Lincoln-, decidieron crear un club social que diera a conocer los viejos preceptos que habían defendido junto a sus militares años antes. Entre ellos, la supremacía blanca.

«En torno a un crucifijo y a unas velas, tomaron la palabra griega Kyklos, que significa “reunión”, y la acompañaron de Klan, en recuerdo a los antiguos grupos familiares escoceses, ya que los seis poseían esa ascendencia. Decidieron escribir clan con “k” para otorgar mayor notoriedad a la organización, y tanto les gustó el sonido de la palabra que, a su vez, separaron la palabra kuklos en dos palabras, cambiando la o de kuklos por una u y la s final por una más fonética x. Había nacido el Ku Klux Klan», explica la periodista y criminóloga Janire Rámila en su dossier «Ku Klux Klan ¿Quién hay detrás de la triple “K” ?». Curiosamente, y en claro contraste con la forma en que evolucionó, aquellos seis militares decidieron que su organización sería únicamente de carácter político y que solo utilizarían la palabra para convencer a sus contrarios. Nunca la violencia.

Por otro lado, también se organizaron como un grupo esotérico para ganarse, si cabía, una reputación mayor. Finalmente, también crearon unos estatutos en los que -como se dedicaron a clamar a los cuatro, cinco y seis vientos- se señalaba que su objetivo era defender a los «débiles y oprimidos». Saber a quien se referían es -a día de hoy- un misterio, pues ellos andaban bien servidos de dinero. La teoría, impecable. La práctica, amigo, fue diferente. Y es que, en los años siguientes se fueron creando a lo largo de todo el territorio sur de los Estados Unidos una serie de subclanes dependientes de esta marca que tomaron medidas más radicales como dar de latigazos, quemar, castrar o, simple y llanamente, pasarse por la navaja a los negros. De nada sirvió que Nathan Bedford, el primer «Gran Maestre» de la congregación, la disolviese al ver en lo que se estaba convirtiendo, pues se volvió a reestructurar años después con el precepto de asesinar a cualquiera que fuera de color. En las décadas siguientes el grupo se hizo todavía más violento hasta que, a finales del siglo XX, ya se había extendido por una buena parte del país. Ese fue el momento en que accedió a ella Burros.

Fotografía de época de Burros © Diario ABC Fotografía de época de Burros

Los inicios de un judío nazi

Daniel, que tendría en un futuro en su currículum el triste honor de ser uno de los ideólogos del nazismo moderno más destacados de su ciudad, vino al mundo el 5 de marzo de 1937. Apenas dos años antes de que el héroe de su vida adulta (Adolf Hitler) metiera su casaca grabada con esvásticas en lo más profundo de Polonia. Curiosamente si la «Wehrmacht» (las fuerzas armadas germanas) hubiesen decidido pasarse por Estados Unidos, la familia de Burros hubiese sido una de las primeras en ser enviada a un campo de concentración o exterminio. Y es que, sus padres -George y Esther- no tenían problemas en decir a voces que eran judíos y se habían llamado esposo y esposa por primera vez tras una ceremonia de la misma religión. «Sus padres contrajeron matrimonio a manos del Reverendo Bernard Kallenberg en una ceremonia judía en el Bronx», explicó el periodista del «New York Times» McCandlish Phillips en su reportaje de investigación de 1965 «State Klan Leader Hides Secret of Jewish Origin» (el mismo que leyó Burros y cuya vista le hizo suicidarse).

Desde pequeño, Dan fue criado en la fe judía. No en vano asistió a la escuela hebrea de Richmond Hill y celebró su Bar Mitzvah (una ceremonia en la que los niños judíos pasan a ser responsables de sus actos) el 4 de marzo de 1950. Siempre según la versión de Phillips, Dan destacó durante su infancia por su inteligencia, pues contaba con un coeficiente intelectual de 154, lo que le convertía en más que un superdotado. Sus notas eran increíbles en todas las asignaturas, salvo en hebreo. Sin embargo, todo lo que tenía de listo lo tenía de inadaptado, pues una buena parte de su infancia la pasó sufriendo las burlas de sus compañeros. Fuera como fuese, con el paso de los meses comenzó a sentirse atraído por la estética de los uniformes nazis y, cuando el «Führer» andaba ya bajo tierra con una bala en la sien y una buena dosis de cianuro en su estómago, nuestro protagonista empezó a llenar sus cuadernos con dibujos de carros de combate germanos y fotografías de generales nazis.

En la adolescencia, la adoración de Dan por el mundo militar era ya un hecho. Así lo demostró el que, cuando apenas acababa de llegar a la adolescencia, se alistara en la Guardia Nacional. Según dicen, disfrutaba como un auténtico niño (algo que, por cierto, era) enseñando sus prendas al resto. Totalmente obnubilado por el amor a las armas y al ambiente castrense, solicitó durante su adultez ser admitido en West Point -el instituto militar más antiguo del país-. Pero fue rechazado, por lo que prefirió dirigir sus alas hacia la 101ª Compañía Aerotransportada de Paracaidistas, donde si le dieron el «OK». Sin embargo, y según determinó el «New York Press» en el obituario de Phillips -realizado cuando este falleció hace más de una década- Burros hacía honor a su apellido y era un inepto. «Tenía sobrepeso, mala coordinación, era lento y llevaba gafas gruesas, por lo que el resto se reía de él». Tal fue la presión que llevaba sobre sus hombros, que protagonizó tres intentos de suicidio falsos. En uno de ellos dio a conocer su obsesión por el nazismo, pues dejó una nota alabando a Adolf Hitler. Finalmente, sus correrías hicieron que fuera expulsado del contingente por problemas psicológicos y trastornos de conducta.

Militante del K.K.K.

Entre los 21 y los 22 años, Daniel comenzó su andanza como líder de grupos neonazis en Estados Unidos. Sus padres no creían lo que le sucedía, pero así era. Su hijo, ferviente judío, se acababa de convertir en un seguidor de Adolf Hitler. Así pues, empezó a predicar la palabra del «Führer» y a decir frases que revolvían las tripas a sus familiares. Algunas tales como «No hay nada en Estados Unidos que una matanza masiva no pueda curar» o «los judíos deben sufrir, sufrir y sufrir». En 1960 se trasladó a la sede del Partido Nazi Americano, donde juró lealtad a Adolf Hitler y a George Lincoln Rockwell, su fundador. Según la «Encyclopedia of White Power: A Sourcebook on the Radical Racist Right», esa fue también la época en la que escribió el «Official Stormtrooper Manual», una guía para los nuevos reclutas de este grupo. A su vez, fue miembro también de hasta cuatro grupos xenófobos más. Para entonces ya había perdido la razón y disfrutaba llevando consigo una pastilla de jabón en la que aparecía escrita la siguiente leyenda: «Hecha con la más fina grasa de judío».

Sin embargo, finalmente terminó diciendo adiós a este partido debido a que lo consideraba demasiado «blando» para los objetivos que perseguía y para sus ideas. «Burros era un individuo brillante, inquieto y violento que había aprendido alemán para sostener correspondencia con los neonazis de Alemania. Fue secretario del Partido Nazi Norteamericano -en el que ingresó después de rellenar un largo formulario jurado garantizando sus orígenes arios y caucásicos- pero se cansó pronto porque le parecía retórico, desorganizado e insignificante y cambió su camisa parda de fascista, por la sábana blanca del K.K.K. [El él] ingresó después de una larga investigación del K.B.L. -el Buró de investigación de la secta- con la bendición más entusiasta del gran mago imperial Robert Shelton», explicó, en 1965, el corresponsal de ABC en Washington José María Massip un día después de la muerte de Burros.

Varios miembros del Ku Klux Klan queman una cruz © Diario ABC Varios miembros del Ku Klux Klan queman una cruz

Una vez en la triple «K», nuestro protagonista empezó a dar rienda suelta a su palabrería con revistas ultra xenófobas como «The free american» (dónde señaló que Israel era «una de las cuevas desde las cuales el judaísmo internacional extiende sus tentáculos nefandos» y que Israel debía perecer. También solía escribir un folleto mensual llamado «órgano de combate del fascismo racial». Uno de sus últimos números se lo dedicó al aniversario de la muerte de Hitler. «La obra iniciada por el maestro tiene que llegar a una conclusión victoriosa», señaló. Tampoco dejó de sugerir la idea de que era necesario acabar con los judíos que había en Estados Unidos en sus artículos: «Una purga de judíos en un país violento como Estados Unidos excedería en ferocidad y totalidad a lo que hizo la Alemania nazi, que era un país altamente cultural y civilizado».

El descubrimiento de su pasado

Insulto racista por aquí, paliza a judíos por allá, Burros se terminó convirtiendo en «Gran Dragón» de Nueva York. Es decir, máximo responsable del Ku Klux Klan en la región. Aquel nuevo rango, como era de esperar, le granjeó también enemigos. Entre ellos, el Comité Parlamentario de Actividades Antiamericanas el cual, en noviembre de 1965, le citó para declarar sobre sus múltiples alborotos, palabras de odio y otras tantas cosas. «Ante la novedad, algunos periodistas curiosos se dedicaron a indagar quién era Barros y qué fuerzas le habían situado en la posición de dirigente del K.K.K. El “New York Times” encargó la información a uno de sus jóvenes reporteros, McCandish Phillips, y este, orientado por una institución judía, indagó sobre el pasado de Daniel Barros, encontrándose con que el furibundo antisemita y antinegro era hijo de padres judíos, había sido confirmado en el judaismo cuando tenía 13 años y se había educado en la escuela hebrea de la sinagoga de Queens», añadió el corresponsal de ABC en su crónica.

Intrigado por lo sucedido, el reportero le puso arrestos y, a mediados de noviembre, se plantó con una libreta y un bolígrafo en una peluquería de Queens en la que sabía que iba a encontrar a Burros. La misma en la que le cortaban el pelo al rape. Allí, le propuso una entrevista sobre sus actividades racistas que Dan aceptó encantado. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que llegó el tema peliagudo. «Su actitud cambió repentinamente cuando el reportero le habló del matrimonio judío de sus padres -enseñándole una copia del certificado existente en un juzgado de Bronx-, de su propia confirmación a la fe hebraíca y de sus estudios con notas excelentes en la escuela de la sinagoga. Sin descomponerse ni levantar la voz, con una violencia contenida, el Gran Dragón de los K.K.K. bajó de la silla donde le estaban cortando el pelo, puso una mano sobre el hombro del reportero y le dijo: “Si esto se publica tomaré represalias, ¿entiende usted? Iré y le mataré. No me importa lo que suceda después, porque de todos modos me habría arruinado y este es el futuro de mi vida...», añadía Massip.

Una muerte anunciada

¿Qué es lo que hizo el periodista? Lejos de amedrentarse (aunque seguro que con alguna que otra duda) se fue a su casa, escribió el reportaje con la información que tenía y publicó este en el periódico dominical. Y no ocultándolo precisamente, sino a cuatro columnas bajo el titular siguiente: «Un jefe del Klan neoyorquino esconde el secreto de su origen judío». «Aquel día, Burros se encontraba fuera de Nueva York en la población de Reading, Pennsylvania. Había ido a reunirse con varios correligionarios, un Gran Dragón del Estado, llamado Frankhouser, la amiga de este, una señorita, Regina Kupisziewski, y un tal Rotella, organizador del Klan en el Estado vecino de New Jersey. Estaba muy agitado y hablaba constantemente del “New York Times”, sin explicar los motivos. “Si publican esto -les dijo dos o tres veces sin especificar de qué se trataba- iré a Nueva York hoy mismo, volaré el edificio del periódico y mataré a ese reportero”», señaló el corresponsal de ABC.

Su tensión y miedo eran totales. Por ello, a las diez y media acudió a un quiosco y compró el «New York Times». Ávido, buscó el temible artículo que le incriminaba. ¿Estaría publicado? Para su desgracia, la respuesta fue positiva. Sabedor de que su vida en el Ku Klux Klan había acabado, corrió hacia la casa que compartía con sus amigos con el periódico todavía en la mano. Desesperado, abrió la puerta de una patada y, gritando, se fue directo a un cajón de la mesita de noche. Del mismo sacó un revólver y, tras farfullar algo sobre que no tenía nada que hacer, disparó dos veces. La primera, sobre el pecho. Falló. La segunda, sobre la cabeza. En este caso si acertó de pleno, acabando con su vida.

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