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El líder que tal vez no lidere

EL PAÍS EL PAÍS 16/06/2014 Ian Bremmer

La pregunta que debemos hacernos no es si Estados Unidos va a ejercer el liderazgo, sino cómo va a hacerlo, no solo para proteger nuestra paz y prosperidad, sino para extenderlas por todo el mundo”. Así habló el presidente Obama recientemente, en medio de gran expectación, sobre el futuro de la política exterior estadounidense. Aunque hay, tanto dentro como fuera del país, quienes están satisfechos de que Estados Unidos intervenga menos, otros quizá se alegren de oír la promesa de Obama de que va a seguir existiendo ese liderazgo que solo una superpotencia mundial puede proporcionar. Es necesario un líder para hacer respetar las normas, imponer acuerdos y garantizar la seguridad que permite tener estabilidad geopolítica y económica.

El reto es fundamental, porque hoy no existe ningún gobierno —ni alianza permanente de gobiernos— dispuesto a llenar el vacío dejado por la retirada de Estados Unidos. Europa estaba preocupada por cómo gestionar los cambios en la eurozona incluso antes de que las elecciones al Parlamento Europeo revelaran la creciente frustración con las instituciones de la UE. China y Japón están envueltos en unos delicados planes de reforma interna. Las demás potencias emergentes —India, Brasil, Turquía y otras— están dedicadas a sus propios problemas. Todos estos países pueden contribuir, pero ninguno es capaz de liderar.

Ahora bien, diga lo que diga el presidente ante una multitud entusiasmada, existen varios factores que limitan la capacidad de Washington para afrontar los nuevos desafíos en Ucrania, Siria, el Mar del Sur de China y el ciberespacio. Para empezar, en la mayoría de los países en vías de desarrollo, los gobernantes saben que seguirán en el poder mucho después de que se haya ido Barack Obama, y que este perderá enorme influencia en Washington en cuanto Hillary Clinton y unos cuantos republicanos de renombre anuncien su candidatura a la presidencia, algo que ocurrirá, como tarde, la próxima primavera. Por eso, muchos dirigentes extranjeros no están dispuestos a poner en peligro su popularidad interna apoyando los planes del gobierno estadounidense.

En segundo lugar, Washington sigue perjudicando la reputación internacional de Estados Unidos. La polarización política del país ha disminuido la confianza en que el presidente pueda cumplir sus promesas. El uso de los aviones no tripulados ha resquebrajado las relaciones con algunos aliados, y la tolerancia (o la ignorancia) de Obama respecto a los programas de espionaje —incluso de dirigentes de gobiernos amigos— ha irritado todavía a más. Es difícil hablar de una mayor cooperación internacional en el ciberespacio cuando Estados Unidos espía a la canciller alemana y la presidenta de Brasil.

En un mundo en el que ninguna potencia, ni siquiera Estados Unidos, puede convencer por sí sola a otros países para que hagan cosas que no quieren, es necesario contar con socios capaces y afines, dispuestos a compartir el peso del poder. Tras la impopular guerra de George W. Bush en Irak y ante el aparente doble rasero del Gobierno de Obama, el escepticismo de los aliados tradicionales de Estados Unidos está en su nivel más alto desde el final de la Guerra Fría.

A los votantes todavía les gusta saber que Estados Unidos es un país poderoso y “excepcional”

Pero lo más importante es que los estadounidenses, en su mayoría, no quieren una política exterior más activa. Según un sondeo de Pew Research publicado este año, el 52% de los entrevistados opina que Estados Unidos “debería ocuparse de sus propios asuntos y dejar que otros países se las arreglen como puedan”, frente al 30% en 2002. Obama fue elegido para poner fin a las viejas guerras, no para emprender otras nuevas, y a los votantes no les apetece dedicar soldados ni dinero a resolver problemas lejanos y difíciles de comprender.

Eso hace que Washington envíe señales contradictorias a sus ciudadanos y al mundo. A los votantes todavía les gusta saber que Estados Unidos es poderoso y “excepcional”. A los políticos de ambos partidos les es fácil decírselo. Pero luego tienen grandes desacuerdos sobre qué les hace excepcionales o cómo hay que utilizar su poder. Como consecuencia, las afirmaciones de los políticos de que Estados Unidos sigue siendo un país indispensable no encajan con su resistencia a aceptar los costes de actuar cuando no están claros los peligros para la seguridad nacional.

El Gobierno de Obama ha contribuido a la confusión con la ambigüedad sobre sus prioridades de política exterior. El cacareado “giro asiático”, un plan para trasladar recursos políticos, económicos y militares al este de Asia, sigue vigente. Pero el interés público de Washington por Rusia e Irán y el intento fallido de lograr un acuerdo aparentemente indeseado entre israelíes y palestinos parece indicar que la Casa Blanca se distrae con facilidad.

Y por eso los aliados de Estados Unidos no saben dónde ni cuándo contar con su ayuda, sus rivales están deseando poner a prueba su determinación y los votantes estadounidenses no saben lo que votan. En un mundo sin liderazgo, es muy probable que los incendios ardan más y durante más tiempo.

Y eso no es bueno para nadie.

Ian Bremmer es presidente de Eurasia Group y autor de Every Nation for Itself: Winners and Losers in a G-Zero World. Pueden seguirle en Twitter @ianbremmer.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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