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El laberinto mágico

Notodo Notodo 06/07/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "El laberinto mágico" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "El laberinto mágico"

"Barcelona, 29 de julio de 1936" y "Puerto de Alicante, finales de marzo de 1839". ​D​os fechas que marcan inicio y final de El laberinto mágico, la adaptación del ciclo narrativo de Max Aub sobre la Guerra Civil española, y que Ernesto Caballero ha puesto en pie sobre la​s tablas cubiertas de​ ​tierra​ del Valle-Inclán. Un cierre a lo grande de la temporada en el Centro Dramático Nacional. ​

José Ramón Fernández (Nina) se ha encargado de adaptación. Una labor titánica que se ha visto recompensada con algunas de las mejores críticas de la temporada. Y es que El laberinto mágico, a pesar de que a algunos se les pueda hacer bola el tema de la Guerra Civil, es un espectáculo complejo y conmovedor. Un fresco impresionista, con retazos de las vidas y muertes de decenas de personajes durante el conflicto. Unas vidas (cruzadas o no) marcadas (o cercenadas) durante esos años. Ya sólo el comienzo, con ese grupo de teatro jugando a la cuerda en Valencia y presentándose, cada uno con el futuro que le espera, fecha incluida, avisa al espectador del tono y le atrapa en su espejo de una época y de un dolor.



O de muchos dolores. Los de todos los que pasean por delante de nuestros ojos. 15 intérpretes dan vida a más de 50 personajes. Entre los cuales especialmente conmovedor resulta el del el viejo médico cojo que Chema Adeva interpreta con una hondura y ternura que se te quedan dentro. O la mujer engañada de Pepa Zaragoza. O dos fascinantes composiciones: la caberetera Lola de María José del Valle y la primera actriz de Ione Irazábal. El reparto se entrega al completo sin fisuras (algo digno de elogio dada su extensión) sobre un escenario casi vacío. Una superfice cubierta de tierra con trincheras a los lados, que poco a poco se van desmontando.

Caballero ha decidido ubicar esta inmensa explanada sustituyendo el patio de butacas del Valle-Inclán y dejando las gradas para los espectadores. Dos músicos acompañan en directo la acción (la única pega es que a veces se te van los ojos dado lo intenso del volumen en primer plano), pero la verdad es que resulta enriquecedor y ambienta la acción perfectamente, al igual que la iluminación y el vestuario.

Un mosaico de pesares y aflicciones, y de destellos de vida que se apagan a causa de la guerra. Una tragedia. Porque, como dice Max Aub en boca de una chiquilla en un emocionante parlamento: "Las tragedias siempre suceden en un lugar determinado, en un fecha precisa, a una hora que no admite retrasos."

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