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El maestro contra el alumno pertinaz

El Mundo El Mundo 04/06/2014 VICENTE CALVO

El partido que van a disputar Rafael Nadal y David Ferrer se presenta como un combate, una lucha entre gladiadores que dejará en la arena a vencedor y vencido. Bien podría ser el enfrentamiento entre el maestro y el discípulo. Entre el ejemplo a seguir y el alumno pertinaz, tozudo y trabajador que ha seguido sus enseñanzas: humildad y entrega. Los dos están en la madurez deportiva. El primero vive en ella casi desde que nació, el segundo se ha ido construyendo sobre unos pilares físicos tan sólidos que se ha convertido en uno de esos grandes atletas capaces de realizar sus mejores marcas pasada la treintena.

Tiene tintes de ser una batalla encarnizada para los dos aspirantes que, junto a Novak Djokovic, parecen destinados a levantar la Copa de los Mosqueteros. Más propia de unas semifinales o, incluso de una final de Roland Garros, el partido de cuartos enfrenta al jugador más en forma físicamente de todo el circuito, David, y al rey indiscutible de la historia en tierra batida. Según su cara a cara, Nadal debería ganar, pero David viene dispuesto a cambiar el guión. El alicantino se siente infranqueable. Sabe que no hay ritmo capaz de desbordarle. Eso le hace sentirse cada vez más valiente ante Rafa. A su favor cuenta con la victoria ante el mallorquín en Montecarlo. David actúa como un perro de presa, una vez que coge el hueso ya no lo suelta. Cuanto más cansado está más fuerte lo muerde y para arrancárselo hay que matarlo.

A los incontables méritos de Nadal, añadimos su manera de rendir en este torneo, su increíble balance de tan sólo una derrota en sus nueve apariciones y, por qué no, la suficiencia con la que se ha mostrado hasta llegar aquí, a pesar de los problemas de espalda que arrastra. Tras el bajón mental de Australia, ha ejercitado su resistencia incluso en las situaciones en las que se le ha visto vapuleado y derrotado como en Montecarlo, Barcelona y Roma. Como él mismo nos recuerda, nada es eterno. No siempre podrá ser el más rápido y a la vez el más resistente. El tenis de Rafa conjuga una igualable fuerza mental y unas habilidades técnicas que a su vez dependen de un físico privilegiado. Cualquier eslabón que falle en esa cadena le hace vulnerable. Esta temporada se aprecia un Rafa que ha sacrificado la explosividad en algunas de sus acciones en pos de mantener la alta intensidad durante los largos intercambios. Quizás para prevenir lesiones, quizás sabedor de que ante el de Jávea y ante el serbio, la bola siempre vuelve y ha de estar preparado para resistir el combate más allá de las cuatro horas contra rivales capaces de bloquear su habitual y en otros tiempos infalible esquema de juego.

Lo que está claro es que los pequeños detalles resultan determinantes. Llegar una de décima de segundo más tarde a la bola hace imposible realizar un 'passing' en carrera. Pero más grave es quedarse sin fuelle y perder la frecuencia de piernas. Lo primero te cuesta un punto. Lo segundo te cuesta el partido. Salvo sorpresa mayúscula en forma de lesión o derrumbe mental, el partido debería desarrollarse en sus términos habituales de lucha cuerpo a cuerpo hasta la extenuación. Los dos han preparado concienzudamente su estrategia. Las dudas estriban en ver si a Rafa le bastarán los ajustes que ha hecho para imponerse a la solidez física, técnica, táctica y mental del alicantino o si caerá preso de sus fauces.

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