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El Maracanazo

El Mundo El Mundo 12/06/2014 PEDRO G. CUARTANGO

Recuerdo a miles de aficionados brasileños llorando a lágrima viva cuando la selección de Zico, Sócrates y Falcao, tres magos del balón, fue eliminada por Italia en el antiguo estadio de Sarriá en 1982. Era impresionante el espectáculo de hombres hechos y derechos, rotos por la desolación de la derrota. Y es que los brasileños viven el fútbol con una pasión que no existe en ningún otro país. Les ha dado momentos de gloria y felicidad pero también de amargura y tristeza. Ésa es la grandeza de un deporte en el que, en última instancia y como sucede en la vida, juega decisivamente el azar.

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Tras un paréntesis de 12 años, Brasil organizó el Mundial de 1950 con el propósito de ganarlo tras el fiasco de las tres competiciones anteriores. No se regateó esfuerzo alguno y el país se movilizó bajo el lema: O Brasil a de ganhar. En tan sólo 21 meses, se construyó el mayor estadio del mundo, el Maracaná de Río, con capacidad para 200.000 espectadores. Lo nunca visto. El estadio se inauguró el 24 de junio de 1950 con una goleada de 4-0 de los locales a México, en el que debutó su meta Carbajal, que jugaría cinco Mundiales. Los hombres de Flavio Costa empataron luego con Suiza y derrotaron a Yugoslavia, clasificándose para la fase final a disputar por el procedimiento de liguilla.

España fue uno de los cuatro equipos que pasó a esa fase con Brasil, Uruguay y Suecia. Había derrotado con el famoso gol de Zarra a Inglaterra, que concurría por primera vez a un Mundial. Era un conjunto con grandes jugadores como Ramsey, Wright, Matthews y Finney, pero no supieron competir a pesar de su calidad y experiencia. Nuestra selección logró el que fue muchos años mejor resultado de su historia. Con Ramallets de guardameta, Puchades destacaba en el centro del campo y la delantera contaba con Zarra, Panizo y Gaínza, el tridente de Athletic, y Basora. Perdió contra Brasil por goleada y contra Suecia, y solo pudo empatar con Uruguay. Se marchó de Brasil con sensación de fracaso, aunque el tiempo cambiaría la perspectiva.

El último partido de la liguilla era el Brasil-Uruguay. A la selección anfitriona le bastaba el empate en un Maracaná que ese día albergó a 240.000 espectadores. En un clima de carnaval y de euforia popular, los brasileños confiaban ciegamente en sus estrellas Ademir, Jair y Chico, que habían metido 13 goles a Suecia y España. Brasil se adelantó al comienzo de la segunda parte, pero la maquinaria uruguaya, dirigida por Obdulio Varela en el centro del campo, comenzó a funcionar. Schiafffino empató y, a diez minutos del final, Ghiggia desbordó a la defensa y disparó un balón que se coló por debajo de Barbosa.

El menudo Ghiggia volvió locos a los defensores brasileños en un partido memorable que le convirtió en un héroe en Uruguay junto a los Schiaffino, Varela, Maspoli y Tejera. "Fui el único que logró acallar Maracaná junto al Papa y Frank Sinatra", diría años después mientras que el meta Barbosa soportaría toda su vida la maldición de ese gol. Hay brasileños que todavía no le han perdonado.

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