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El 'Mare Nostrum' en seis puertos

El Mundo El Mundo 11/03/2014 Noelia Ferreiro
Vista general del puerto de Mónaco. © Bogdan Cristen/REUTERS Vista general del puerto de Mónaco.

Como queremos hacerle la vida más fácil a bordo de su crucero y sabemos que el tiempo no sobra durante las escalas, aquí le damos algunas pautas para no perderse ni uno de los imprescindibles de cada puerto de embarque. Empezamos por el Mediterráneo.

Barcelona, orgullo modernista

Su conjunción de mar y montaña, su moderna racionalidad y su alarde gótico enrevesado por los sueños y fantasías de Gaudí. Pero también sus avenidas burguesas, sus plazas arboladas y ese dinamismo de ciudad joven y orgullosa, de adalid de la vanguardia europea. Iniciar y terminar un itinerario en Barcelona es un privilegio para el viajero con vocación arquitectónica y para el amante del arte y la cultura. Barcelona empieza en el Mediterráneo con el aroma a sal de su fachada marítima y el glamour de su Puerto Olímpico. Y también con las playas en hilera y con el carisma de la Barceloneta, antiguo barrio de pescadores que ha sabido preservar las decadentes viviendas con la ropa tendida y el trasiego popular de aquellos tiempos previos a las Olimpiadas del 92, cuando la ciudad estaba recogida en sí misma y de espaldas al Mare Nostrum.

Hay que adentrarse en la ciudad vieja para dar con sus joyas más preciadas. Y la mejor forma es a través de Las Ramblas. Quioscos, terrazas, puestos de flores, el Gran Teatro del Liceo y el Mercado de la Boquería flanquean el eterno desfile de personas -y personajes- en el que todo puede suceder. Barcelona es también una amalgama de barrios con personalidad propia. El de la Mercè, con su Basílica y su Plaza Real; el Gótico, con sus calles angostas; el Borne, con la iglesia de Santa María del Mar y el Museo Picasso. Y el Eixample, escaparate de las obras maestras de Gaudí: La Pedrera y la Casa Batllò, paradigmas de ese modernismo catalán que no estaría completo sin la Sagrada Familia. Y sin el Parque Güell, que con sus mosaicos y sus formas ondulantes rematan el más conmovedor encuentro entre naturaleza y arquitectura.

La Goullete, laberintos de secretos

Dicen que presume de ofrecer el mejor marisco de Túnez, mérito por el que compiten a voz en grito las tabernas marineras de este puerto cercano a la playa, en el que se juntan -y revuelven- las culturas. La Goulette es la puerta de entrada marítima a la exótica capital tunecina, un rincón auténtico de la costa norte de África que regala a la vista –y al espíritu- la belleza de su bahía. Desde esta marina, y puestos a explorar la ciudad, puede que desconcierte cierto toque contemporáneo, con sus anchas avenidas como Bourguiba, jalonada de ruidosos cafés, restaurantes, boutiques... Pero nada resulta comparable a los secretos que se esconden en sus puestos de cerámicas y chilabas, en los olores y colores de las especias, en los camellos que transitan las calles y en el laberinto de la bien conservada Medina, anclada en su origen medieval.

Porque aunque Túnez aúna con armonía el presente con el pasado, es en su arte ancestral donde reside su encanto. Por ejemplo, en la Mezquita de la Aceituna, construida por los omeyas en los albores de la ciudad, o en los zocos apretados y bulliciosos, cada uno dedicado a un ramo de la artesanía: el del perfume, el del oro... Pero conviene no perderse dos tesoros de sus alrededores. A no más de 15 minutos por carretera descansan las ruinas de Cártago, Patrimonio Mundial de la Unesco. Y dos kilómetros más alla, el encantador pueblo Sidi Bou Said, cuya embriagadora estética blanquiazul es inspiración de artistas y poetas.

Roma grandiosa o mundana

Puede que nadie quiera salir de Roma sin pisar antes el Vaticano, soberbio centro del catolicismo que justificaría, en sí mismo, la visita. Y nada extraña que así sea, puesto que en la monumentalidad de la Plaza de San Pedro, antesala de la Basílica del mismo nombre, el gran pintor, arquitecto y escultor Gian Lorenzo Bernini no sólo reservó para la posteridad este espacio de enormes dimensiones para acoger a las congregaciones de fieles, sino que creo también una maravillosa obra de arte que continuaría después en la Basílica, uno de los templos más grandes y ostentosos del mundo. Pero el arte con mayúsculas reside en la Capilla Sixtina, cuyos frescos inmortales de Miguel Ángel cumplen ahora 500 años.

Más allá de este legado del Renacimiento italiano, acaso la obra más sensible y evocadora, la ciudad de Roma, siempre eterna, es un museo al aire libre plagado de inolvidables monumentos. Por eso, la mejor forma de abordarla es en un recorrido a pie. Así saldrá al paso el Coliseo, testigo de las luchas de antaño entre fieras y gladiadores; el Foro Romano, con sus tesoros escondidos, y los rincones más cinematográficos: la Plaza de España, con su escalinata siempre abarrotada de gente, o la Navona, con sus vendedores ambulantes y pintores callejeros, sin olvidar el Panteón de Agripa, las incontables y deliciosas iglesias y, por supuesto, la Fontana di Trevi, inmortalizada por Fellini.

Livorno, hall de la Toscana

Cálida y acogedora, la ciudad portuaria de Livorno es la primera parada de una de las regiones más deslumbrantes del mundo. Porque ningún otro lugar condensa como lo hace la Toscana la famosa dolce vita italiana: espléndidos paisajes de colinas suaves salpicados de viñedos, olivos y girasoles; pintorescos pueblos de piedra con su encanto medieval intacto y una gastronomía y unos vinos que ocupan un lugar privilegiado. Desde Livorno, y con el tiempo contado, merece la pena acercarse a la ciudad inclinada de Pisa, en la que la famosa Torre de la Plaza de los Milagros constituye la gran atracción. Aunque no la única: su centro histórico, con la Piazza dei Cavalieri, cuenta con magníficos palacios, animadas cafeterías y curiosas tiendas entre soportales.

Florencia, a una hora en autobús desde Livorno, es otra cita ineludible. ¿Qué decir del más conmovedor compendio de arte renacentista? Nada nuevo y, sin embargo, nada que no acabe por sorprender al viajero más exigente. Dejarse llevar por la belleza casi dañina de esta ciudad glorificada es quedarse boquiabierto en la Plaza de la Signoria ante la cúpula de Brunelleschi de Santa Maria dei Fiori (el Duomo), asistir a una lección de arte en el Palacio de los Uffizi, contemplar el atardecer desde el simbólico Ponte Vecchio... Y sumar y seguir a riesgo de desfallecer como Stendhal.

Génova marinera y romántica

Injustamente eclipsada por las grandiosas ciudades italianas, Génova merece ser descubierta. Sí, la que fuera uno de los puertos principales de Europa, la «señora del mar» que cantaba Petrarca, cuenta con un magnífico patrimonio histórico-monumental (Piazza San Mateo, Palacio Ducal...), un barniz de modernidad en su agradable paseo marítimo (restaurado por Renzo Piano) y una agradable vida de calle aliñada con sabor marinero.

Además, muy cerca está Cinque Terre, el destino más especial de la Liguria romántica. Cinco encantadores pueblecitos que se derraman hacia el mar desde la ladera y que están comunicados entre sí por una vieja línea ferroviaria y por distintos senderos que bordean la costa escarpada. De todos ellos, el más irresistible es el llamado Via dell'Amore entre Riomaggiore y Manarola. Desde Génova, tampoco hay que desestimar el pulmón natural de Portofino, con sus exclusivas poblaciones (Camogli, San Fruttuoso, Santa Margherita Ligure...) y ya lejos de la costa, las siempre interesantes ciudades de Milán y Turín.

Bahía de Villefranche y Mónaco glamourosa

Yates de lujo, áticos con terrazas como campos de fútbol, desfile de Ferraris sobre la bahía... Mónaco tiene todo aquello que uno espera de ella. Por algo es el principado de la opulencia y el glamour, el bello escenario del cuento de Rainiero y Grace Kelly. Desde la villa marinera de Villefranche, que es la entrada por mar, ya se adivinan los bucólicos jardines del Palacio que fueron testigos de su romance y la magia sobria de la Catedral donde tuvo lugar el mítico enlace.

Mónaco, es cierto, se presta a la mitomanía, y no sólo la de la realeza sino también la del automovilismo, como da cuenta el circuito del Gran Premio de Fórmula 1, parte de cuyo trayecto puede recorrer el viajero. Esto, el Puerto Deportivo y la Plaza del Casino de Montecarlo, con sus jardines perfectos y sus transeúntes vestidos de etiqueta, completan la imagen de este inverosímil territorio que parece sacado de un anuncio de publicidad.

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