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El mariscal devoto que siempre quiso ser faraón

El Mundo El Mundo 29/05/2014 FRANCISCO CARRIÓN

El próximo presidente de Egipto, el cuarto de los últimos cuatro años, es , el barrio cairota donde nació en 1954. "Procede de una familia respetada y devota. Su padre le pidió que entrara en el ejército y él obedeció", relata a EL MUNDO el comerciante Jufu el Sayed en una corrala donde la familia de Abdelfatah al Sisi regenta aún un bazar turístico. "Recuerdo verle pasar por aquí cuando venía de la mezquita. Jamás pensé que aquel pequeño pudiera llegar a ser presidente", replica el anciano Mohamed Ahmed de camino al desangelado bloque de viviendas donde vivió hasta que entró en la academia militar. "Egipto ha sido siempre un régimen militar. Es la única manera de que este país funcione", agrega Mohamed con el mismo soniquete que se escucha desde el pasado 3 de julio. Aquella noche Al Sisi, de 59 años, compareció ante millones de compatriotas para anunciar , el primer presidente elegido en las urnas de la historia egipcia.

Su alocución enmendó lo que había declarado mes y medio antes en una charla con intelectuales y periodistas. "Con todo el respeto a quienes piden al ejército que salga a la calle. Si eso sucediera no podríamos hablar del progreso de Egipto en 30 o 40 años", arguyó. La oposición liberal e izquierdista, consciente de su extrema debilidad y de su incapacidad para derrotar a los en las urnas, pedía a gritos una intervención castrense. Por aquel entonces el ex militar ya ha había urdido la asonada a través de , un movimiento juvenil que reunió millones de firmas exigiendo la cabeza de Mursi. La expulsión manu militari del islamista y su grupo, los Hermanos Musulmanes, le lanzaron al estrellato.

Un mandato popular contra el terrorismo

El furor se disparó a finales de julio cuando pidió públicamente un "mandato popular" para librar batalla contra el terrorismo. Desde entonces, ha protagonizado la campaña de represión más feroz contra la Hermandad en décadas. La cofradía recuerda con amargura que el ascenso de Al Sisi llegó en agosto de 2012 de la mano del propio Mursi, unos meses después de su llegada a palacio. El ex presidente jubiló a la vieja guardia castrense, con el mariscal de campo al frente, y le nombró ministro de Defensa. Fue precisamente su fachada de musulmán piadoso -su esposa luce velo islámico y él lleva en la frente la marca de décadas de rezo diario- lo que sedujo a la cúpula de la agrupación islamista, que -en uno de sus tantos errores tácticos- llegó incluso a pensar que aquel general era uno de los suyos y carecía de ambición política.

Al Sisi, sin embargo, ha sido entrenado concienzudamente para gobernar. Aficionado a los discursos de tono paternalista y suave, se graduó en la academia militar en 1977 y completó su formación en Reino Unido y Estados Unidos, donde escribió una tesina en la que apunta que "hay esperanza para la democracia en Oriente Próximo a largo plazo aunque sin seguir necesariamente el modelo occidental". Además, fue agregado militar en Arabia Saudí -convertido hoy en uno de sus principales valedores y el primer país que pisará tras la investidura- y ocupó varios puestos de mando en la estratégica península del Sinaí y en Alejandría, la segunda ciudad del país. Sin experiencia de combate ni vinculo alguno con las guerras árabe-isralíes, y conoce al dedillo sus entresijos: diplomacia, divisiones provinciales, emporio económico -el ejército controla hasta el 40% del PIB local- o el poderoso y temido aparato de inteligencia desde donde vaticinó la caída de meses antes de las revueltas de Tahrir.

Vida privada fuera de los focos

Hasta la fecha, su vida privada ha permanecido fuera de los focos de unos medios de comunicación que le han convertido en el mesías de una tierra devastada por los abismos sociales, la crisis energética o el desempleo. Lo poco que ha trascendido es que está casado son su prima Intisar, ama de casa que sólo ha aparecido en público una vez, y tiene cuatro retoños. Dos de sus hijos, Mustafa y Mahmud, han seguido sus pasos y trabajan en el ejército. Su única hija, Aya, está desposada con el vástago del nuevo jefe del Estado Mayor.

Promocionado a mariscal de campo poco antes de colgar el uniforme, la idolatría y la propaganda ultranacionalista de los últimos meses han condenado al olvido uno de sus episodios más oscuros. Un mes después del ocaso de Mubarak, Al Sisi defendió públicamente las. A su juicio, fue un procedimiento necesario «para proteger tanto a las chicas de la violación como a los soldados y oficiales de posibles denuncias por violación». Empeñado en erradicar a los Hermanos Musulmanes, a finales del año pasado desveló sus ensoñaciones a un conocido periodista egipcio: "Tengo una larga historia de visiones. Esto es confidencial. (...) En un sueño se me apareció el presidente Sadat y me dijo que él siempre supo que iba a ser presidente de Egipto. Le contesté que también yo sé que voy a ser presidente".

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