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El milagro del baloncesto en Afganistán

El Mundo El Mundo 09/06/2014 MÒNICA BERNABÉ

Jess Markt recuerda que la primera vez que apareció en Afganistán en silla de ruedas, los afganos creían que hacía cuento. "No podían creer que un estadounidense no pudiera caminar, con el montón de avances médicos que hay en Occidente", argumenta. Le llevó más de un año convencerlos de que está paralizado de cintura para abajo desde 1996, cuando sufrió un dramático accidente de tráfico en Estados Unidos que lo dejó postrado en una silla de ruedas.

Entonces Jess sólo tenía 19 años, era jugador de baloncesto profesional, y se negó a abandonar la cancha aunque no pudiera caminar: empezó a jugar en un equipo de baloncesto en silla de ruedas en el estado norteamericano de Oregon, y años más tarde ha hecho historia. Es el entrenador del primer equipo nacional de baloncesto en silla de ruedas de Afganistán, una iniciativa del Comité Internacional de la Cruz Roja. El equipo se constituyó el año pasado, sirve para la rehabilitación de las víctimas de guerra y aspira a participar en competiciones internacionales. Este mayo ya ha viajado por primera vez al extranjero para jugar un amistoso en Italia.

Afganistán se convirtió en uno de los países más minados del mundo en las décadas de los ochenta y los noventa a causa del conflicto. Se calcula que había unos diez millones de minas enterradas en su territorio. En la actualidad los denominados artefactos explosivos improvisados (IED, en sus siglas en inglés) o minas caseras continúan siendo la principal arma de la insurgencia talibán. Entre 2009 y 2013 un total de 7.989 civiles resultaron heridos a causa de estas trampas letales, según datos de las Naciones Unidas. En consecuencia, la cantera de amputados en Afganistán es por desgracia infinita.

Jess se presentó en Afganistán por primera vez en 2009, después de enterarse de que un grupo de víctimas de guerra jugaban a baloncesto en silla de ruedas en la remota provincia de Faryab, en el noroeste del país, y buscaban a alguien que les enseñara las normas del juego. Él se ofreció como voluntario y aterrizó en Faryab tras recaudar dinero entre sus amistades y familiares para financiarse el viaje. Es difícil saber quién se quedó más sorprendido si él o los afganos. "¡Jugaban con sillas de ruedas que pesaban 30 kilos, en contra de la rapidez y agilidad que requiere este deporte!", recuerda el entrenador. "Es como si alguien se pusiera a jugar a baloncesto con zapatos de tacón", pone como ejemplo.

En la actualidad existen en Afganistán seis equipos masculinos de baloncesto en silla de ruedas y dos femeninos, además del nacional. Todos han sido promovidos por Alberto Cairo, responsable del programa ortopédico del Comité Internacional de la Cruz Roja en Afganistán, que ahora da tanta importancia al deporte como a facilitar prótesis a los amputados. Las prótesis les confieren autonomía, pero el baloncesto les hace recuperar la autoestima y la dignidad, destaca.

Jess viaja cada año a Afganistán para entrenar a los equipos, que suman unas 250 personas. Ahora los jugadores ya no utilizan sillas de ruedas mastodónticas, sino sillas ligeras, especiales para hacer deporte, que la ONG británica Motivation comercializa a muy bajo coste -250 dólares, unos 192 euros- para fomentar el deporte como herramienta de reintegración social en los países pobres. Afganistán es, sin duda, un ejemplo y promete. Basta ver a sus jugadores.

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