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El minuto del payaso

Notodo Notodo 12/09/2016 Miguel Gabaldón

"¡LOS PAYASOS TAMBIÉN SE JUEGAN LA VIDA!" grita Luis Bermejo al comienzo de la función. Y efectivamente: desde luego Bermejo interpreta a su personaje como si le fuera la vida en ello. En un alegre y triste, poético y realista, loco y cuerdo homenaje al mundo de los payasos y del arte de hacer olvidar la realidad por unos instantes: El minuto del payaso, que tras haberse instalado la pasada temporada después de verano en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español, regresa casi un año después a la escena madrileña para ocupar en esta ocasión el Teatro del Barrio del céntrico y cosmopolita barrio madrileño de Lavapiés.

La historia: en el día del “Festival de homenaje al circo”, una función benéfica en la que van pasando números circenses en un teatro, un payaso espera su turno en el foso. Van a hacer que salga un minuto al escenario por una trampilla. En la soledad de esta espera repasa y evoca momentos de su pasado. Un monólogo, una pequeña y sencilla joya en el que la tradición más abiertamente clown se torna expresamente reflexiva de la mano del dramaturgo José Ramón Fernández (autor, entre otras, de Nina), dirigido de forma sencilla y clara por Fernando Soto e interpretado por un inmenso Luis Bermejo. En un papel escrito a su exacta medida.

Si bien al principio el registro excesivo y delirante de Bermejo puede resultar algo too much para comenzar ("Mari Carmen, a dónde me has traído" dirá alguno, como el mismo personaje admite en un delirante momento) uno acaba por enamorarse y reírse (por mucho que se resista) con este enternecedor y cuerdamente loco personaje. Que se (y nos) enfrenta a un mundo hostil y desapacible, en lo que parece casi una ceremonia ritual antes de la salida al escenario. Un momento de soledad y reflexión que Bermejo interpreta de forma mágica, llenando este monólogo repleto de gestualidad y energía, disparándolo por toda la escena e inundando el patio de butacas.
En un minuto
Charlie Rivel nos hacía llorar de risa.
Y Tortell Poltrona nos calienta el corazón.
La gente entra con toda
Su mierda y con todo
Su mundo hijo de puta
Y en un minuto
Se lo arrancas y lo tiras lejos,
Fuera de aquí.
Luego salen a la calle
Y se tropiezan con él y se lo
Vuelven a meter
En el bolsillo.
Se meten en el bolsillo
Su mundo hijo de puta
Como si fueran
Las llaves de su casa.
Pero se les ha quedado dentro
La lucecita de una sonrisa
Y cuando menos se lo esperan,
En medio de su mundo hijo de puta,
Se les mete en el oído
La voz de Zampabollos: “Un puentecito, un puentecito”
o la voz de Charlie Rivel: “Uhhhhh”
o la voz de Pepe Viyuela: “Jodeeer” 
Ese minuto les puede salvar la vida.
Esto es un fagmento del texto de José Ramón Fernández. Y lo he cascado entero (igual que en el programa de mano) porque resume a la perfección lo que es esta función. Una función hermosísima en la que se puede presenciar un enorme trabajo lleno de amor y cariño, llena de poesía y risa, para afrontar ese mundo hijo de puta que espera a la salida. O por lo menos para que cuando uno se encuentre con él pueda gritarle a la cara ese catártico grito de guerra del protagonista, "¡¡PAPAPANCHO!!", y quedarse tan a gusto.

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