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El niño prodigio que también rapea

La Vanguardia La Vanguardia 18/05/2014 Núria Escur
El niño prodigio que también rapea © LaVanguardia.com El niño prodigio que también rapea

Cuando le visitamos en su casa en el año 2009 Michael Andreas Häeringer, de ocho años, era un niño como el resto con una singularidad: poseía un talento innegable para el piano. Pero no era un peso atado a la obligación, lo suyo era una necesidad casi "física". Su madre nos explicaba que no podía arrancarlo, literalmente, del piano. "Si le quito el piano, llora sin consuelo. Si le digo '¡basta!, no tocas más' se entristece. Es un castigo para él. ¿Qué voy a hacer?", se lamentaba Hana Nathalie Bergmann, que vivía en Singapur hasta que se trasladó con su marido, directivo de banco, a Barcelona.

Nadie esperaba que Michael fuera un virtuoso; sus padres no sabían tocar ningún instrumento y carecían de oído musical. Una vez metidos en el lío, decidieron estar a su lado. Nathalie había dedicado años de su vida al tenis de alta competición, "eso me ha ayudado a educar a mi hijo en la disciplina y el esfuerzo". Sigue siendo su asesora, su ángel guardián, quien organiza todos sus horarios y conciertos.

Luego estaba el tema de la genética. Michael Andreas, nacido en Barcelona, desciende del pianista y compositor húngaro Franz Liszt y la pianista alemana Sofia Menter. ¿Podía heredarse el talento? Más de un especialista aseguró a su madre que sí, que eso era posible. Recordaban, por ejemplo, el caso del gran pianista Glenn Gould, que descendía de Edvard Grieg.

Empezó a acudir a las clases de la Escola Luthier d'Arts Musicals, veterana en Barcelona, donde quedaron impresionados. "Es la primera vez en mi vida que tengo un alumno como él", explicaba el maestro que ha canalizado su aprendizaje, el pianista ruso Guennadi Dzyubenko, que aún hoy impone prudencia al caso. "No sabemos dónde puede llegar e ignoramos todavía si será un genio. Todavía es pronto, pero tiene un talento innegable".

Cuando "el pequeño Mozart" -así le llaman algunos- todavía no llegaba a los pedales del piano tocaba con un taburete articulado en los pies. Tras muchas horas de ensayar y mucho crear -creaba sus propias composiciones a los seis años-, Michael Andreas recibió ovaciones por doquier: en Salzburgo, en Lucerna, Munich, Berlín... "Me encanta el frío, así que siempre aprovecho para volver a Alemania a visitar a mis abuelos".

En cinco años han cambiado algunas cosas. Este chaval de doce años ha dejado el fútbol -lo practicaba con guantes para proteger sus manos privilegiadas- para montar un grupo de hip-hop -cuatro chicas y él-; disfruta charlando con su amigo Milan, comiendo un buen lenguado, rapeando o escuchando el rock duro de los AC/DC y el pop de Rihanna y Alicia Keys. Pero sus ídolos siguen siendo Beethoven, Chopin y Haynd. ¿El último concierto? El pasado 11 de mayo en el Auditori de Girona, un repertorio que incluyó piezas de Mozart como la Pequeña serenata nocturna y puso al público en pie. ¿La última composición? Hace una semana, tras ver un arco iris que se colaba por la ventana.

Algunas de sus actuaciones en YouTube han alcanzado 400.000 seguidores en dos meses. Michael Andreas está pasando de ser niño prodigio, un virtuoso, a un adolescente cuya carrera apunta proyección internacional. Tras haber compuesto la música para una película y ganado todos los concursos televisivos imaginables -"de eso ya me cansé"- ha empezado también a componer para orquesta, con la complejidad que comporta. "Me gustaría ser director de orquesta, pero para eso falta mucho, ¡el más joven que conozco tiene 30 años!". Y puestos a imaginar..., "si me entrevista dentro de cinco años, me gustaría poder decirle que he actuado en el Royal Albert Hall". "Calla, calla", corta su madre. Bueno, soñar todavía es gratis.

Este año termina el conservatorio, se ha saltado dos cursos de golpe. Desde la Generalitat le permitirán, de modo excepcional, intentar cursar el bachillerato en dos años para que no haya decalage entre su educación y su formación musical. A Michael Andreas le cuesta más hablar de su madre que de Beethoven, pero termina haciéndolo: "Mi madre es bastante disciplinada y estricta, me ayuda en todo, la quiero muchísimo. Cuando llega su cumpleaños, como regalo, me aprendo en pocas horas alguna pieza musical que sé que le gustará".

Su día a día empieza a las seis de la mañana. Su semana está llena: ensaya con su piano entre tres y cuatro horas, sigue sus estudios en la Escuela Alemana de Barcelona y practica en el Conservatorio Municipal (cuando entró era el alumno más joven aceptado) con su profesora Carme Poch, recibe clases magistrales en la Acadèmia Marshall-Granados (con Marta Zabaleta) y sigue en la Escola Luthier, con Guennadi Dzyubenko. Todos coinciden en que aprende a una velocidad vertiginosa. Michael Andreas, además, se enfada si algún profesor cancela su clase.

¿Le han preparado para el fracaso, si algún día llega? Esa técnica que ahora, a su edad, resulta brillante y asombrosa, ¿se mantendrá a ese nivel? "Si me hubieras preguntado eso hace cinco años te hubiera contestado: 'No sé si mantendrá el nivel, de momento lo que tiene es talento'. Pero en el transcurso de este lustro ha avanzado tan rápidamente, ha trabajado tanto, que la base alcanzada ya no se la puede quitar nadie, no puede estropearse. Sólo puede mejorar", argumenta convencida Nathalie.

Hace cinco años a Michael Andreas le explicaron que tenía "oído absoluto", lo que significa "que puede reconocer cualquier nota en cualquier momento, aunque no esté atento, e identificar con claridad sonidos dificilísimos que forman parte de nuestra cotidianidad".

A los padres les advirtieron de la posibilidad de tener que trasladarse para que Michael Andreas ampliara sus estudios en Alemania o en algún lugar de Estados Unidos. Pero su padre se resistía a abandonar Barcelona: "He vivido en Nueva York, en Londres, Singapur... y no hay nada como esta ciudad".

Un desgraciado accidente hizo que, hace unos años, Michael Andreas perdiera a su padre. "Pasó un año sin poder avanzar, noqueado, pero luego todo ese sentimiento fluyó y empezó a componer cosas maravillosas", explica emocionada su madre. Desde entonces no han pensado en irse, muy al contrario, tienen la intención de seguir forjando su carrera en Catalunya.

¿Para enero, un Palau? Están en ello.

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