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El niño que vino de Lagarto

El Mundo El Mundo 15/06/2014 FRAN GUILLÉN

Cuesta ahora imaginarse a aquel Diego Costa adolescente que llevaba en su bicicleta hasta los entrenamientos a su vecino, Mário César dos Santos, un muchacho mudo enamorado del fútbol como él. «Diego insistía en que sacase al mudito a jugar», comenta con sonrisa paternal Flavinho, el creador de Bola de Ouro, la escuela futbolística donde Costa se formó, ubicada en la remota Lagarto, su localidad natal. «Yo protestaba porque Mário no me entendía, pero Diego le traducía todas mis órdenes», recuerda el monitor. Hace un año, quizá acordándose de esos largos trayectos de pedaleo, Diego le regaló a Mário una motocicleta. Es sólo una de las cientos de anécdotas que atesoran en Lagarto de cómo se forjó futbolísticamente aquel niño que prefería dar patadas a un balón que ayudar con la azada a su padre, un modesto labrador, y que hoy es uno de los jugadores más enfocados del Mundial de fútbol por su condición de brasileño que juega con España.

No es fácil presumir de tierra y raíces para alguien de Sergipe. El estado más pequeño de Brasil no tiene las playas de postal de sus vecinos de Alagoas, ni el carnaval desmelenado de Río de Janeiro, ni el músculo económico de São Paulo. Incluso cuentan los sergipanos con despecho que Nunes, paisano que en los 80 llegó a la selección brasileña, prefería decir en las entrevistas que era de Bahía, parcheando unos orígenes que invitaban poco a sacar pecho.

A unos 80 kilómetros de Aracaju, la capital de este estado oriental tan deprimido, nació un 7 de octubre de 1988 Diego da Silva Costa. Él terminaría poniendo en el mapa, con el orgullo que otros quisieron esquivar, al municipio de Lagarto, de pintoresco nombre y singular origen. Dos teorías históricas confluyen en su nomenclatura: la existencia de una piedra con forma de reptil que los primeros moradores encontraron en un arroyo y el registro de un escudo de armas con la marca de una suerte de saurio, perteneciente a una familia noble portuguesa.

© Proporcionado por elmundo.es

Los historiadores sostienen que el núcleo urbano se gestó en el pueblo de Santo Antônio, a unos 10 kilómetros del actual emplazamiento. Se dice que los primeros habitantes terminaron dejando esta localidad por un brote de viruela que mató a muchos de los residentes, estableciéndose por fuerza mayor en lo que hoy es el centro de Lagarto.

«Actualmente es casi una metrópolis, porque llegó el campus de la universidad y la ciudad creció bastante», explica Prefeitinho, amigo de la infancia de Diego Costa. «Pero en aquella época era muchísimo más rural». La ganadería, una pequeña industria y, sobre todo, cultivos como la naranja, el tabaco o el maracuyá eran prácticamente los únicos motores de la zona hace tres décadas. Y, cómo la aplastante mayoría de sus vecinos, José de Jesús Silva, apodado Zeinha, había consagrado su futuro a trabajar el campo con sus propias manos. Había conocido a Josileide Costa en uno de sus pocos momentos de asueto, y había acabado formando una familia con esta maestra de guardería de mirada tierna y maneras sensibles.

De esa unión surgieron tres vástagos: dos muchachos y una fémina. Jair, Diego y Talita. Los nombres de los dos varones no eran casuales. Zeinha, futbolista de fin de semana, había fantaseado siempre, como casi cualquier brasileño, con vivir profesionalmente del deporte que le apasionaba. Aparcado ya el sueño, decidió dejarles en herencia a sus hijos ese sino en la partida de nacimiento. Jair, el mayor, adoptó el nombre de Jairzinho, legendario integrante de la Brasil del 70, para algunos el mejor combinado nacional de todos los tiempos. Diego, por su parte, fue bautizado en honor, nada menos, que Maradona.

Quizá empujado por ese bendito estigma, Costa vivió el fútbol en carne viva desde muy pequeño. Todo ello a pesar de que, siendo realistas, aquel entorno no invitase a construir grandes sueños futuros de estadios llenos y ovaciones cerradas. «En Lagarto, por ser una ciudad más bien reducida, lo fácil era excusarse con las pocas oportunidades que se tienen», razona Prefeitinho. «Pero él se negó a pensarlo. Podría haber ido por el camino equivocado o, simplemente, haber desistido de su sueño. Él no: creyó en su potencial, sabía lo que quería y trabajaba concentrado en lo que deseaba. Sabía que tenía ese talento y lo ha terminado demostrando».

Con apenas seis años, Diego sólo pensaba en una pelota que perseguía de sol a sol. Jamás pagó la matrícula de la escuela: los colegios se lo rifaban para que jugase en sus equipos y, a cambio, le costeaban los estudios. Terminaría, incluso, ingresando en un centro privado. Su primer contacto con el balompié lejos de la calle y del campito que frecuentaba en casa de sus abuelos fue en la escolinha Bola de Ouro, un embrión de club organizado ideado por Flávio Augusto Machado (Flavinho para los convecinos) para condensar de manera medianamente ordenada a todos esos muchachos que disputaban peladas [pachangas] eternas sin más terreno de juego que la calle y sin más árbitros que los coches que, de cuando en cuando, obligaban a parar.

En aquellos tiempos, Diego caminaba cerca de 40 minutos desde su casa para poder corretear por el yermo descampado con sus compañeros de juegos. En ocasiones, hastiado de caminatas, optaba por la bicicleta para acudir a su cita con el balón. El pequeño Costa, algo travieso, era por aquel entonces más amigo del puro juego que de la disciplina que rodeaba al deporte. «Recuerdo que nos mandaban dar vueltas corriendo a una plantación», narra Junior Menezes, otro de sus mejores amigos. «En cuanto el entrenador dejaba de mirar, Diego y yo atajábamos para no cansarnos tanto. Eran cosa de niños: sólo queríamos tocar el balón cuanto antes. Él siempre estuvo obsesionado con jugar».

Además de buenos camaradas, Diego Costa y Junior son hoy socios en la financiación de la escolinha que, tras cerrar sus puertas hace tres años, tuvo en el apadrinamiento directo del jugador del Atlético de Madrid su feliz resurrección. Hoy es un proyecto social consolidado que el propio Diego financia para que los niños sin recursos puedan jugar gratis, con unos 200 chicos, de entre 8 y 17 años, en los tres campos cedidos por el Ayuntamiento.

Del chaval que forzaba que su padre le echara del campo que cultivaba para olvidar la azada y seguir jugando al fútbol queda aún hoy esa esencia belicosa que le marca. «Nunca le gustaba perder. Si eso pasaba, se volvía muy refunfuñón: tiraba la camiseta, no hablaba e iba andando mirando al suelo durante todo el camino de vuelta», dice el padre de Costa, Zeinha. Ni siquiera su hermano se libraba de su genio y de ese gen ganador. «Jair era casi mejor que Diego, pero no tenía esa perseverancia, esa cabeza. Si estaban juntos, en el mismo equipo, siempre discutían. Tenían que sacar a uno del campo porque, si no, acababan a tortas», cuenta Prefeitinho.

«En ese entorno no me controlaba», llegó a reconocer el propio Diego. «Me mosqueaba por todo. Recuerdo muchos partidos en los que o mis amigos o yo terminábamos llorando». Sin embargo, sin un balón de por medio, la historia cambiaba. «Como persona es un espectáculo», subraya Prefeitinho. «No ha cambiado nada. En privado siempre fue tímido, no es de provocar o de hablar mal y tampoco fue nunca de ir haciendo trastadas por las calles. No es porque se achique o se esconda, sino porque es porque es su estilo: humilde, simple y reservado. Desde pequeño supo escoger bien sus amistades y sus caminos».

Su país de adopción

A pesar de que defenderá a España en Brasil hasta perder el resuello, Costa no titubea en declarar que se siente brasileño y que su periplo en La Roja está motivado por lo que siente que le debe a su país de adopción y a quienes aquí, a diferencia de en su patria, creyeron en él sin ambages. Pero ni reniega de su tierra ni siente que haya traicionado a los suyos. Es más: cuando se retire, quiere volver a la tranquilidad de Lagarto, a las excursiones hasta la costa, a la picanha, a la feijoada y a los conciertos de forró, la música que pone banda sonora a sus veranos en casa. Y pretende apurar sus últimos años de carrera jugando en Brasil. Quizá en el Palmeiras, club del que se confiesa torçedor [hincha]. Y quién sabe si ostentando la distinción oficiosa de mejor futbolista sergipano de siempre, superando a Clodoaldo, paisano de Costa y un clásico de la Brasil campeona del Mundial de México.

Hoy Lagarto, por mor de Costa, sufre una profunda crisis de identidad futbolística. Cada lunes, en el mercadillo más importante de la zona, el debate arrecia en cada puesto, con cada tendero y cada cliente. «Se habla de él en toda esquina», declara Lila Fraga, alcalde del municipio. «Si Brasil y España juegan, animaremos para que la Seleçao gane dos a uno, pero que el gol de España lo marque Diego Costa».

«He aquí tu esplendor supremo, siempre orgulloso, de tu vida de lo salvaje impregnada», escribía en el siglo XIX Sílvio Romero, eminente poeta brasileño y quizá figura histórica más relevante de Lagarto. Se lo dedicaba a un águila, pero parecía referirse a quien tanto lustre daría luego, con su fútbol, a su tierra de origen: Diego Costa, el español orgulloso de ser lagartense..

Fran Guillén periodista deportivo, es autor de «Diego Costa: El arte de la guerra», editado por Al Poste

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