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El nuevo chico dorado del jazz

EL PAÍS EL PAÍS 23/05/2014 Iker Seisdedos
El nuevo chico dorado del jazz © Gorka Lejarcegi El nuevo chico dorado del jazz

La polifacética estrella del piano de jazz Vijay Iyer, estadounidense de origen indio, atendió recientemente a la prensa internacional en el centro de una gigantesca estancia vacía del Haus der Kunst en Múnich, cuyo silencio solo se veía interrumpido por su voz monocorde y por el crujir de las vigas de un edificio con mucho que lamentar; el hoy pujante centro de arte contemporáneo fue levantado en 1937 por Hitler para mostrar al mundo las excelencias creativas del Tercer Reich. Esa misma noche, Iyer (Albany, 1971) estrenó en otra de las dependencias del mastodonte y ante una audiencia respetuosa una suite dividida en 10 partes para piano, electrónica y cuarteto de cuerda titulada Mutations, durante la presentación mundial de su último y homónimo disco, el primero publicado tras su fichaje por el legendario sello muniqués de jazz y música contemporánea ECM.

El nuevo contrato y el radical cambio de registro en su fulgurante carrera, que lo llevó el año pasado a batir todos los récords al quedar primero en cinco de las categorías de la lista que publica desde hace seis décadas la revista de Downbeat, fueron lo más parecido a una noticia bomba en el quieto mundo del jazz comercial actual. Y sin embargo el chico, graduado en Matemáticas y Física por la Universidad de Yale, doctor por la de Berkeley en Cognición Musical, becado en 2013 por la Fundación MacArthur y flamante profesor en Harvard, no veía motivo para el revuelo. “Es mi disco número 18º, no es el primero de nada”, repetía con timidez.

Los aficionados a su música quizá sí noten los cambios. La parte más exitosa de su carrera, discos en trío y a piano solo con títulos como Accelerando, Human Nature o Historicity, se venía desarrollando en ACT, otro sello de… Múnich. No solo eso, Mutations parece un decidido esfuerzo por romper con lo anterior: frente a las sonoridades cristalinas de un repertorio alimentado por composiciones propias, piezas de jazz de vanguardia y adaptaciones de célebres canciones pop de estrellas como Michael Jackson o M.I.A., lo nuevo de Iyer se ajusta más a los modos de la clásica.

“Puedo entender que todo eso sea significativo para los demás, pero no puede serlo para mí. Es una pieza que escribí por encargo en 2005 y nunca la había registrado, básicamente porque nadie la quería”. ¿Y por qué empezar su nueva etapa con algo tan inesperado? “Es elección de Manfred [Eicher, productor del álbum y fundador de ECM], creo que quería un contraste con lo que yo había hecho en el pasado”.

En efecto, el catálogo del sello podría ser el único lugar con cabida para todas sus inquietudes. ECM es conocido tanto por ser la casa desde hace cuatro décadas del pianista Keith Jarrett o del compositor Arvo Pärt, como por cobijar todo lo que queda de camino entre ambos extremos. E Iyer es un artista decididamente ecléctico: ha grabado desde música electrónica con el poeta Mike Ladd (su último proyecto lo construyeron a partir del relato de los sueños de veteranos negros de Irak y Afganistán) a improvisación de inspiración hindú. “Hasta ahora iba de un sello a otro. Con ECM se acabó competir conmigo mismo”. Para este año promete “un proyecto con un director de cine” y para el próximo, “un álbum con su trío”.

Durante el recital de esa noche se vio a un Eicher concentrado en la música al lado de la mesa de mezclas, como corresponde a un orfebre de la producción, artífice de un sonido, el sonido ECM, que un eslogan de la compañía definió con acierto comercial como “el más bello después del silencio”.

“Me he convertido en un creyente tras trabajar con él; fue muy respetuoso”, respondió Iyer a la pregunta de si el tipo es en el estudio tan despótico como dicta la fama que lo precede. La sintonía entre ambos se escenificaría terminado el recital, durante la cena anual de la compañía, celebrada con distribuidores llegados de todo el mundo para conocer al nuevo ojito derecho del jefe.

Al día siguiente, durante el desayuno, Iyer lamentaba la incomprensión con la que Mutations se ha topado en EE UU, “sobre todo entre los críticos de jazz”. Como estudiante durante 15 años de violín clásico, antes de pasarse a la improvisación deslumbrado por Art Tatum o Cecil Taylor, las categorías “no sirven”, dice, en su forma de ver el mundo. Tampoco en su labor docente en Harvard, donde imparte un curso sobre música en el que cabe Stravinski o Sun Ra, Debussy o Amiri Baraka.

Con este último, poeta afroamericano, teórico del jazz y activista político recientemente fallecido, colaboró Iyer en los noventa. “Resultó una pérdida inesperada”, recuerda. “Y toda una revelación: cuando murió me di cuenta cuán empotrado sigue el racismo en las instituciones tradicionales estadounidenses. Los grandes diarios no pudieron celebrar en los obituarios su figura como la de un artista e intelectual innovador, no. Tuvieron que presentarlo como una figura polarizadora. Eso es lo que hace que la gente compre periódicos o den al clic en el ordenador. Dado que se trata de un negocio que pelea por su supervivencia, se da esa triste circunstancia: prefieren dar la razón a uno u otro lado que hacer pensar a la gente”.

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