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El padre

Notodo Notodo 10/11/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "El padre" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "El padre"

Héctor Alterio es un grande. Pero grande, grande. 86 tacos (¡¡¡86!!!) y sigue dando guerra y dejando ojiplático al respetable con su dominio escénico, que no hace sino crecer y crecer hasta límites insospechables. Podemos disfrutar estos día de él en El padre, una obra escrita por Florian Zeller que se representa en el Teatro Bellas Artes de Madrid.


Las caras del olvido
La obra de Zeller, una farsa trágica según el propio autor, es una función poco complaciente en torno al delicado tema del Alzheimer. Alterio interpreta a una anciano cuya memoria empieza a jugarle malas pasadas. Lo inteligente del autor es el posicionarnos dentro de la propia mente del protagonista, poniéndonos en su piel y desconcertando con un baile de caras y hechos de los cuales, al igual que el anciano, no distinguimos cuáles son ciertos o inventados. Un laberinto en el que uno ríe, pero con una risa que se le congela en la garganta raspando para poder salir. Zeller plantea las escenas de forma intrigante, casi llegando la función a un cierto tono de suspense que perturba tanto al público tanto como al personaje.

Las luces y sombras de la memoria
Sin duda la estrella del espectáculo es Alterio (a quien vimos hace poco con En el estanque dorado), aunque el autor también quiere colocarnos del lado de la sufridora hija interpretada por Ana Labordeta, que lucha contra las fallas de la memoria de su padre. A la dirección, a cargo de José Carlos Plaza (quien ya dirigiera al argentino en La sonrisa estrusca), tal vez le sobran algunos subrayados del todo innecesarios (como ese estridente comienzo musical), que la función ya es lo suficientemente angustiosa como para insistir en ello.

Seguramemte algunos considerarán la función en exceso clásica (que no les faltará razón pensando que con otra puesta en escena podría haber ganado enteros), pero es una pena que les eche eso para atrás porque es enorme interpretación de Alterio. Y se lo merece todo.


Alterio en la memoria
En lo que tal vez es uno de los trabajos más maravillosos que se han podido ver sobre las tablas en este año, Héctor Alterio, con pequeños detalles, miradas y gestos oscila entre la ternura y la crueldad, la certeza y el abandono, la lucidez y la pérdida con una maestría que pocos tienen. Ya ver a un señor de 86 años en escena impone. Pero presenciar una interpretación como ésta es un auténtico regalo. Vaya valentía al enfrentarse a esto (y la verdad es que estaba pensando mientras veía la función que valentía deben de tener sus hijos también para ver interpretar a su padre este papel).

Ese final, con un Alterio de ojos inocentes y asustados (además, si tienes a alguien cercano que ha sufrido algo parecido, son dolorosamente reconocibles y es alucinante cómo lo plasma este hombre) es de los de guardarse en una cajita del recuerdo para atesorar por los tiempos de los tiempos.

Hasta que la memoria nos lo permita, claro.

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