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El Papa relanza su mensaje social en un feudo histórico comunista

Logotipo de La Vanguardia La Vanguardia 02/10/2017
Uno de los actos de ayer de Francisco en Bolonia © Image LaVanguardia.com Uno de los actos de ayer de Francisco en Bolonia

Francisco nunca desaprovecha la ocasión para reiterar su mensaje de solidaridad y justicia social, de la necesidad de una economía que no deje atrás a grandes sectores de la población. El Papa insistió ayer en esos argumentos en una ciudad especialmente receptiva, Bolonia, la roja, que durante decenios fue un feudo de los comunistas.

Ser miembro del Partido Comunista Italiano (PCI) –el más potente entre los grupos comunistas de Occidente durante la guerra fría– y católico devoto nunca fue una enorme contradicción. Jorge Mario Bergoglio tocó así la fibra progresista y católica de una región como Emilia Romana que aún hoy suele votar a la izquierda. Le acompañaba el arzobispo de Bolonia, Matteo Maria Zuppi, un hombre muy próximo a la Comunidad de San Egidio y, por tanto, también con gran sensibilidad social, así como un reconocido mediador en conflictos internacionales.

En un encuentro con representantes de la industria, de sindicatos y cooperativas, Francisco hizo hincapié en que el Estado de bienestar es “indispensable” y hay que mantenerlo a toda costa. El Papa rindió homenaje a la tradición de cooperativas en la región, “que nace de valor fundamental de la solidaridad”. El Pontífice destacó que esa solidaridad “tiene todavía mucho que ofrecer” y actúa como “ascensor social”.

Según el Papa, la crisis económica de los últimos años “es también una crisis ética, espiritual y humana”, y “en su raíz hay una traición del bien común, por parte de particulares y de grupos de poder”. “Es necesario pues quitar la centralidad a la ley del beneficio y asignarla a la persona y al bien común”, agregó Francisco.

Otro acto relevante de la visita del Papa fue el encuentro con inmigrantes. “Muchos no os conocen y tienen miedo”, les dijo. Para Bergoglio, ese desconocimiento lleva a muchos a juzgar, con dureza y con frialdad. El apoyo a los inmigrantes ha marcado este pontificado. El primer viaje de Francisco fuera de Roma, tras ser elegido, fue precisamente a la isla de Lampedusa, puerta de entrada, durante años, de un alud de migrantes y refugiados a través del Mediterráneo central. El Papa también se comprometió en este asunto durante su viaje a México y la misa que ofreció en la fortificada frontera con Estados Unidos. Ayer Bergoglio instó a que cada vez haya más países que adopten programas de acogida y abran corredores humanitarios para los refugiados en las situaciones más difíciles.

Antes de la misa final en un estadio, el Papa se dirigió al mundo académico y a los estudiantes. Francisco exhortó a que se respete “el derecho a la cultura” –sin condicionarse “a modelos de vida banales y efímeros”–, a que las universidades asuman “el derecho a la esperanza” –para no ser víctimas del populismo y de sus mentiras revestidas de verdad– y “el derecho a la paz”. “¡No tengáis miedo de la unidad!”, afirmó, en una reflexión europeísta, y animó a que “las lógicas particulares y nacionales no frustren los valientes sueños de los fundadores de la Europa unida”.

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