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El Papa se avergüenza ante “la monstruosidad” del Holocausto

EL PAÍS EL PAÍS 26/05/2014 Pablo Ordaz

“Que nadie instrumentalice el nombre de Dios para la violencia”. La frase es de Francisco. Ha sido pronunciada esta mañana ante el gran muftí de Jerusalén, Mohamad Ahmad Husein, en la bella Explanada de las Mezquitas, tan cerca –a solo unos metros—y tan lejos –decenas de policías y militares y siglos de mutua incomprensión—del Muro de las Lamentaciones, el lugar más sagrado del judaísmo. Aquí, Jorge Mario Bergoglio ha cumplido un viejo sueño de cuando ni soñaba con ser Papa, el de rezar junto a su amigo el rabino argentino Abraham Skorda. Francisco ha permaneció por unos instantes frente al muro, ha depositado una plegaria y después se ha abrazado a Skorka y a su amigo musulmán Omar Abboud. “¡Lo logramos!”, se han felicitado.

La idea de Bergoglio de invitar a su primer viaje a Tierra Santa a dos amigos de religiones distintas forma parte de un mensaje muy claro: es posible. No solo dialogar, sino también llegar a acuerdos e incluso romper la vieja inercia de guerra. Su discurso ante el gran muftí y otros altos representantes del mundo musulmán así lo ha señalado: “Oímos resonar intensamente la llamada a ser agentes de paz y de justicia. Queridos amigos, desde este lugar santo lanzo un vehemente llamamiento a todas las personas y comunidades que se reconocen en Abraham: respetémonos y amémonos los unos a los otros como hermanos y hermanas. Aprendamos a comprender el dolor del otro. Que nadie instrumentalice el nombre de Dios para la violencia. Trabajemos juntos por la justicia y por la paz”.

Tras la visita a la Explanada de las Mezquitas, el Papa se ha encaminado al Muro de Occidente o Muro de las Lamentaciones, donde ha orado, y desde allí, en una jornada tan plena de actos y contenido como las dos anteriores, se ha dirigido –junto al presidente Simón Peres—hacia la tumba de Theodor Herzl, el fundador del sionismo, donde Bergoglio ha depositado unas flores. El Pontífice ha hecho una parada inesperada en un memorial a las víctimas de terrorismo israelíes antes de partir hacia el museo del Holocausto.

Allí, en Yad Vashem, el Papa ha besado la mano de seis supervivientes –cuatro hombres y dos mujeres—del horror nazi y, en vez de discurso, ha pergeñado una reflexión bíblica, una oración amarga para reconocer la vergüenza ante “la tragedia inconmensurable del Holocausto”. El papa Francisco simula en su oración un diálogo en el que Dios busca a Adán y le reprocha “la monstruosidad” cometida. Al final del reproche de Dios, es Adán el que responde a la llamada: “Acuérdate de nosotros en tu misericordia. Danos la gracia de avergonzarnos de lo que, como hombres, hemos sido capaces de hacer, de avergonzarnos de esta máxima idolatría, de haber despreciado y destruido nuestra carne. ¡Nunca más, Señor, nunca más!. Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer”.

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