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El París más dulce

La Vanguardia La Vanguardia 13/06/2014 Mey Hofmann

Hay cosas que no se deberían dejar de hacer siempre que uno pueda. Y disfrutar de la magia que desprende caminar por las calles de París es una de ellas. Me gusta descubrir nuevos rincones y redescubrir los que para mí son de obligada visita. La mejor manera de imbuirse de una ciudad y su lenguaje gastronómico es andarla, comprar aquí y allá y respirar su aroma a dulce y salado. Las distancias siempre se me hacen cortas cuando se trata de caminar por lugares con encanto.

París dispone de una gran variedad de pastelerías, y eso hace que la visite a menudo. Me gusta ver qué tendencias despuntan, qué es lo que vuelve y lo que ya no está en los escaparates. Me entusiasman por su elegancia, sus acertados colores y porque están llenos de detalles que invitan a entrar en cada pastelería como si fueran pequeños trozos de cuentos, unos clásicos y otros modernos.

En mi última visita, hace poco más de un mes, tuve la sensación de que se está imponiendo lo clásico, tanto en los sabores como en las presentaciones. Y he de decir que me gustó, porque lo clásico siempre me ha evocado elegancia y finura. Yo tiendo a huir de lo estridente o de los contrastes muy marcados. Soy amante de comprar pasteles, bocados dulces, bollería, un buen pan, chocolates… y probarlos. Disfruto imaginando cómo se han hecho, tratando de adivinar qué mantequilla han utilizado para ello, saboreando las frutas, las mermeladas y las confituras. Y cuando regreso a Barcelona, a mi rincón personal de trabajo, intento reflejar a mi manera la pastelería, con todas las buenas sensaciones que me ha transmitido cada viaje.

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