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El pequeño poni

Notodo Notodo 19/09/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "El pequeño poni" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "El pequeño poni"

El concepto “vuelta al cole” sirve para todos. Y en este caso y en Notodo nunca mejor y más apropiado el término, dado que retornamos con la función El pequeño poni, escrita por Paco Bezerra y dirigida por Luis Luque (que ya nos han ofrecido joyas como Ahora empiezan las vacaciones o El señor Ye ama los dragones) que se puede ver en el Teatro Bellas Artes: una función dura y poética, una maravilla atravesada por temas muy terrenales y espacio infinitos repletos de estrellas entre los que navegar. Adentraos con nosotros en este universo lleno de pequeños caballos.
El espacio
Constelaciones infantiles que sumergen al espectador en un infinito onírico y delicado. Universo de pequeñas estrellas dibujadas. Con ellas comienza la función, ubicándonos en un territorio del que es difícil salir indemne. Luque opta por apenas un par de elementos (una mesa con unas sillas y un sillón) con un fondo que se va cubriendo de proyecciones y cuya salida cada vez se va pareciendo más a la de una nave espacial, apoyado todo por una composición musical delicada y un acertado diseño de iluminación que pone al espectador en el lugar que pretenden. Porque la función del tándem Bezerra-Luque es un verdadero viaje al espacio interior de un niño (que no aparece nunca pero es eje central del espectáculo) y por ende de unos padre que deben afrontar un tema delicado y espinoso, a quienes les informan desde el colegio de que su hijo está sufriendo acoso. Un espacio oscuro en el que las estrellas deben iluminar un camino tortuoso.


El poni rosa
Según sus creadores, esta obra está inspirada en los hechos reales que tuvieron lugar en Estados Unidos durante el año 2014 (pero que podrían ubicarse en cualquier escuela de cualquier país). A Grayson, un niño de nueve años de edad, tras sufrir varios ataques físicos y verbales, le fue prohibida la entrada al centro escolar en donde estudiaba por llevar colgada a sus espaldas una mochila de Mi pequeño pony. La dirección del colegio consideró “detonante de acoso” el hecho de que Grayson acudiera a clase acompañado de la mochila de sus dibujos animados favoritos, acusándole de haber provocado “disrupción en el aula”. A día de hoy, la escuela se defiende alegando que nunca tuvieron intención de agredir a Grayson, sino que fue una estrategia para detener el acoso.

De esta forma, la famosa serie de animación My Little Pony se ha convertido inesperadamente en uno de los mayores símbolos de la lucha contra el bullying. Aquí Bezerra y Luque nos presentan esta situación desde una óptica poético-realista, jugando delicadamente con la realidad y sumergiendo a sus padres y al espectador en su particular universo lleno de pequeños caballos. Comandado por ese niño-poni cuya diferencia no hace falta explicitar.
El poni negro
El pequeño poni es una función reivindicativa y crítica, un onírico ejemplo de lucha contra el acoso escolar. Y consigue su objetivo: mover a la reflexión durante todo su viaje, cuestionando la actuaciones de una escuela (la sociedad, ese poni negro) que pretende marcar y expulsar al diferente antes que a los agresores, y poniéndonos en la piel de unos padres que no tienen las armas adecuadas para poder lidiar con la situación y no convertirse ellos mismos en enemigos de su propio hijo. Y es que, como dice el padre, por mucho que podes un rosal, de él nunca saldrán jazmines, sólo rosas.


Las piedras de la armonía
Y es que en estos padres en donde se centra el conflicto espléndidamente escrito por Bezerra y plasmado en escena con delicadeza por Luque. Parece sencillo, pero es muy difícil conseguir una función como ésta, en la que navegamos constantemente en el enfrentamiento, entre la simpatía y el rechazo, la identificación con ambos personajes y el distanciamiento que fuerza a la reflexión continua (gran recurso distanciador el de la metáfora espacial en este sentido).

Algo que sería imposible funcionase sin dos actores que se unen a este viaje sin límites como son María Adánez, que interpreta a esa madre que pretende salvaguardar al hijo del mundo exterior haciéndole igual que todos. Personaje tremendo. Adánez demuestra una solidez extraordinaria encima del escenario y su monólogo es, sencillamente, escalofriante.

Y Roberto Enríquez ofrece aquí la que tal vez es uno de sus mejores interpretaciones. Un padre taxista que proyecta su necesidad de enfrentarse al mundo a través de su hijo. Una interpretación llena de matices y profundamente emocionante. Dos personajes enfrentados que deben llegar a un entendimiento y dos interpretaciones perfectamente compenetradas para lograr esa armonía final necesaria para continuar el viaje.
El pequeño poni es una obra necesaria y fascinante, un viaje espacial a lo más profundo de un conflicto familiar y social en la que fondo y forma se dan de la mano para ofrecernos una joya de brillantes y dolorosas aristas. Una función dura, muy dura, pero a la par inmensamente emocionante y poética (mano maestra la de sus creadores para conseguir el tono perfecto). Y es que a veces no hay mejor forma de enfrentarse a la realidad que dejarse llevar por la fantasía.

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