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El Premio Príncipe de Asturias viaja a Irlanda con John Banville

El Mundo El Mundo 04/06/2014 LUIS ALEMANY

Si cayese en nuestras manos una novela de John Banville sin ver su firma en la tapa, ¿reconoceríamos al escritor sólo por el texto? A lo mejor es una fanfarronería pensarlo, pero es probable: un paisaje marinero en invierno, un hombre, también un poco otoñal, atormentado por la infelicidad de su hija; el pasado que, cuanto más divertido haya sido, más duele como un aguijonazo; el humor, que no consiste en hacer chistes, sino en verlo todo con una distancia un poco cínica y un poco dulce a la vez; el nosequé 'nabokoviano'; la sensación de ensoñación con la que discurre el relato...

Los que tengan ese Banville bien fijada en la cabeza seguramente se lleven una pequeña alegría con el fallo del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que recae, en esta edición, en el escritor irlandés (Wexford, 1945). Esta noche, cuando lleguen a casa, podrán buscar en sus estanterías sus libros, que, de alguna manera son todos el mismo relato, y, al mismo tiempo, se complementan unos a otros. Y recordarán haberlos leído en una especie de trance.

La trilogía de Axel Vander ('Imposturas', 'Eclipse' y 'Antigua luz'), por ejemplo, que es su proyecto más ambicioso: tres novelas basadas en la enloquecida escapada final por Cinque Terre de un personaje que es un trasunto del siniestro Paul de Man. O 'El mar', que ganó el premio Booker, que fue la novela con la que casi todos tomamos nota del nombre de Banville, y que es el molde de todas sus historias. O 'El intocable', que es lo mismo de siempre pero en formato de superproducción. Aquí, en vez de Paul de Man, el protagonista es Anthony Blunt, otro 'abyecto intelectual'. O 'Los infinitos', que es el contrapunto achampanado y shakespeariano de todos sus hermanos...

Casi siempre aparece en esos libros una hija infeliz y casi siempre hay una playa. Lo de la hija es casi gracioso, porque cualquier lector atento pensará en qué difícil debe de ser la relación de Banville con su hija única. Y no, resulta que el escritor tiene dos hijos y dos hijas. Nada se sabe de cómo les va. Lo de la playa también tiene su encanto, porque remite a Irlanda. Es curiosa la relación del escritor con su país, porque es el negativo perfecto del tópico del escritor irlandés. ¿No se supone que todos los novelistas de la isla se van de su país pero que se dejan el corazón en él? Banville vive en Dublín (pasó alguna época en Londres y en Estados Unidos) y, sin embargo, siempre deja ver que Irlanda y su mística le dan bastante igual.

¿Y las novelas negras? Claro que sí: John Banville lanzó a mitad de la década pasada una serie de historias criminales ambientadas en el Dublín de los 50 y firmadas con el seudónimo de Benjamin Black. Historias sobre bebés robados y redes de corrupción en un país claustrofóbico, alcoholizado y sombrío. El invento le fue tan bien que, hace un par de años, recibió el encargo de retomar a Philipp Marlowe, el personaje de Raymond Chandler. El resultado, 'La rubia de ojos negros' (Alfaguara), tuvo inesperadas buenas críticas.

Lo más interesante del asunto es que, cuando al escritor le preguntan por la diferencia entre Banville y Black, siempre da la mejor clave para entender su obra: Black escribe en perfecto dominio de sus herramientas, en estado de absoluta lucidez; Banville escribe como en una ensoñación.

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