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El PSOE planea aplazar hasta fin de año el relevo de Pedro Sánchez

El Confidencial El Confidencial 03/07/2016

Pedro Sánchez y Susana Díaz, durante el mitin de cierre de campaña en Sevilla, el pasado 24 de junio.

Pedro Sánchez y Susana Díaz, durante el mitin de cierre de campaña en Sevilla, el pasado 24 de junio.
© EFE

Están los socialistas como el pastor de Goethe: “He decaído, pero no sé cómo”. El relato que sigue no es el resultado de una encuesta científica, sino de un muestreo aleatorio, aunque después del último y estrepitoso fracaso de las empresas demoscópicas habría que concederle, al menos, el mismo crédito.

Del sondeo realizado por quien escribe estas líneas entre votantes y militantes del PSOE se concluye que una amplia mayoría quiere un cambio de liderazgo, pero no cree que Susana Díaz sea la persona idónea para sustituir a Pedro Sánchez. Ninguno de los dos, por diferentes motivos, tiene buena imagen, algo que en el caso de la presidenta andaluza se deteriora notablemente de Despeñaperros hacia arriba –especialmente en la cornisa mediterránea–, igual que en el de Sánchez, a medida que se baja hacia el sur.

El calendario del otoño y que nadie quiera precipitarse apostando en falso por tercera vez son las causas para aplazar el congreso a diciembre que busca el PSOE.

Entre los militantes de base, que sí participan en mayor o menor medida de las dinámicas orgánicas, y haciendo abstracción de la fidelidad que los andaluces puedan mantener hacia su secretaria general –que choca con su temor a dejar desguarnecido el bastión territorial y está aminorada en, al menos, un 25% de críticos con su gestión aunque no mantengan una oposición activa–, Sánchez conserva un importante porcentaje de apoyo, aunque menor del que tenía antes de la repetición de las elecciones.

Entre los cuadros, el criterio está más dividido y resulta más difícil de aquilatar porque, en gran medida, está sometido a los intereses de sus respectivos jefes territoriales. Y entre las viejas guardias el desencanto con Sánchez y con Díaz anda a la par, como prueba que muchos vuelvan a mirar a Eduardo Madina después de haber hecho cuanto estuvo en su mano por cerrarle el paso cuando compitió por la secretaría general en julio de 2014.

Se busca líder: retrato robot

El retrato robot del líder que querrían los socialistas que no están alineados con ninguno de los dos bandos enfrentados desde aquella fecha responde a los siguientes parámetros:

1. Como ocurre después de toda batalla perdida, y el PSOE ya suma tres consecutivas, la primera cualidad que se espera del líder es que tenga la capacidad de reagrupar las fuerzas dispersas, algo mucho más fácil de conseguir por quien no haya estado en las luchas internas que no han cesado desde que José Luis Rodríguez Zapatero anunció que se retiraba, antes de concluir su mandato presidencial.

2. Alguien que genere ilusión para devolver la moral a la tropa, es decir, capaz de insuflar la creencia de que es posible parar la decadencia del partido, volver a ser alternativa de gobierno y reconquistar el poder a corto o medio plazo. En este perfil, Díaz saca una clara ventaja a Sánchez.

Los simpatizantes y votantes socialistas quieren un liderazgo nuevo y ajeno a las últimas rencillas

3. Alguien apto para cambiar el modelo de funcionamiento del partido, faceta en la que la ventaja es para Sánchez porque Díaz, que tiene cultura de aparato, aplica los métodos tradicionales mientras que Sánchez es hijo de las primarias.

4. Alguien competente para liderar la reconstrucción del proyecto socialista, que es algo que va mucho más allá de un programa electoral. Sánchez lo ha intentado sin mucho éxito, por la premura de tiempo en un contexto interno de permanente zozobra y ansiedad, y también por incapacidad propia y/o la de su equipo; y el que ha bosquejado Díaz no gusta en Cataluña, País Vasco, Comunidad Valenciana ni Galicia porque se percibe como excesivamente “centralista”, y tampoco en otras federaciones como Castilla y León, Asturias o Extremadura, que le achacan “una visión demasiado andaluza”.

En síntesis, “un nuevo Zapatero” en la terminología socialista, aunque invocar el nombre del expresidente es casi un tabú porque muchos ciudadanos le siguen considerando responsable de la crisis y no pocos socialistas, del hundimiento del partido. Para los que prefieran borrar su nombre: un “patriota” de partido que traiga aire fresco, con talante conciliador para coser los rotos, imaginación para volver a construir un proyecto ganador y con sentido de estado para no precipitarse con decisiones en las que se antepongan las ambiciones personales o los intereses estrictamente partidarios a los de los ciudadanos.

Afilando armas, sin precipitarse

Dado que no hay una clara alternativa de liderazgo a la vista, la prioridad de atender al calendario institucional, las elecciones de otoño en Galicia y Euskadi, y que empieza –muy lentamente– a interiorizarse la gravedad de la última derrota electoral, nadie quiere precipitarse, de modo que los socialistas planean aplazar hasta fin de año el congreso inicialmente previsto para septiembre u octubre. La convocatoria, según las fuentes consultadas, podría demorarse incluso hasta diciembre, porque los socialistas catalanes, que habitualmente celebran el suyo antes del federal, ya lo han fijado para la primera semana de noviembre.

Sea que quien sea el elegido en el 39 Congreso, los socialistas tendrán que afinar mucho porque no pueden permitirse el lujo de encadenar tres liderazgos fallidos. Cuando Felipe González renunció en 1997, tuvieron que pasar Joaquín Almunia y Josep Borrell hasta que, en 2000, apareció Zapatero. Ahora, han pasado más de cinco años desde la renuncia de este y el PSOE ya ha quemado a Alfredo Pérez Rubalcaba y torrado a Pedro Sánchez, además de chamuscar de paso a Madina.

La gravedad de la situación hace que todos quieran que el comité federal del 9 de julio sea pacífico, pero hay un temor extendido a otro regate de Sánchez

Ni Sánchez ni Díaz han sabido gestionar de forma conciliadora este periodo desde sus respectivas posiciones de poder –el reparto de culpas anda a la par– y tampoco están sabiendo gestionar la resaca poselectoral. Que socialistas de unos territorios se alegren de la segunda derrota de Sánchez y socialistas de otros territorios lo hagan de la primera de Díaz es indicio más que relevante de la gravedad de la carcoma interna.

En la noche del 26-J, Sánchez recibió dos noticias buenas: no hubo ‘sorpasso’ de Unidos Podemos y a Susana Díaz se lo dio el PP en Andalucía; y dos malas: la hemorragia del voto socialista continúa y su adversario natural, el PP, abrió una brecha de 52 escaños y casi 2,5 millones de votos en el momento de mayor debilidad y deterioro de los populares, cuyo electorado parece haber considerado que la pérdida de la mayoría absoluta ya es suficiente castigo por la corrupción.

En la balanza de los equilibrios internos, los dos primeros factores han permitido a Sánchez ganar tiempo para recomponerse –en la noche de autos estaba abatido, según quienes pudieron verle de cerca– al frenar las voces que tenían previsto exigir su dimisión ‘ipso facto’, pero en el análisis de conjunto pesan mucho más los dos últimos, aunque Sánchez ha demostrado ser un alumno aventajado de Mariano Rajoy en tener como principal estrategia para todo ganar tiempo y abstraerse de la realidad.

Lo mínimo exigible es que hubiera puesto su cargo a disposición de la ejecutiva, algún gesto de autocrítica y de reconocimiento de su responsabilidad personal en los resultados. Sin embargo, para no escuchar los abucheos del público, ha preferido desaparecer de la escena y refugiarse entre las bambalinas. Pero la realidad es muy tozuda y si, como se verificó el 26-J, las encuestas no son los resultados electorales ni las redes sociales son la sociedad, los análisis que se realizan en función de las expectativas creadas tampoco son un fiel reflejo de la realidad.

Díaz, por su parte, ha consumido durante los dos últimos años gran parte del crédito que le otorgaba su ‘virginidad política’ fuera de los fogones porque durante este periodo ha dejado la estela de sus repetidos amagos sin concretar, hasta el extremo de que la presidenta andaluza es hoy vista por sus propios correligionarios como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Y, desde el 27-J, aunque sus palabras literales digan lo contrario, transmite la sensación de que la domina la ansiedad por cargarse a Sánchez, al que se la tiene guardada desde que quiso ejercer de líder -atributo que solo se obtiene ganando elecciones- en lugar de asumir su condición real de mero apoderado.

La paz de los muertos o trompetas de guerra

Así las cosas, todo el mundo quiere que el comité federal del día 9 transcurra en paz, aunque nadie las tiene todas consigo. Entre los dirigentes territoriales pesa mucho el recuerdo del frustrado intento de destronar a Sánchez en diciembre, que los desgastó a ellos y asentó al secretario general. Pero hay un temor extendido a que, como ya ha hecho en otras ocasiones, les haga un nuevo regate.

Díaz se ha puesto de canto ante la posibilidad de que convoque una nueva consulta a los militantes sobre el sentido de su voto en el debate de investidura porque oponerse a la democracia asamblearia da mala imagen, pero como ha dicho el extremeño Guillermo Fernández Vara, si todo se consulta a los militantes, “¿para qué tener una dirección?”; y, como se ha comprobado con las elecciones repetidas, los representados quieren que sus representantes resuelvan los dilemas, no que les endosen las consecuencias de su incapacidad.

Pero el gran temor no es que Sánchez, del que ya pocos se fían, quiera volver a parapetarse detrás de los militantes para tapar las limitaciones de su liderazgo, sino que pueda pretender que, ya convocadas, las bases voten también su reelección como secretario general para restringir así la aparición de otros candidatos alternativos. Si la osadía de Sánchez llegara a ese extremo, se rompería la paz de los muertos y volverían a sonar las trompetas de guerra.

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