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El rey de la república rumana

El Mundo El Mundo 03/06/2014 EDUARDO ÁLVAREZ

No es tan conocido como su prima la reina Isabel de Inglaterra ni ocupa tantas páginas de la prensa del corazón como el soberano de Mónaco. Sin embargo, como ellos, él también es un monarca europeo; aunque el suyo es un caso único, puesto que Miguel I de Hohenzollern es el rey de Rumanía, una república que le restituyó su título y tratamiento en 1997.

Y, por si fuera poca peculiaridad, a sus 93 años Miguel I es el decano de la realeza mundial y el único jefe de Estado europeo que aún vive de la Segunda Guerra Mundial. Cualquiera en su caso estaría agotado. Pero a él abdicar ni se le pasa por la cabeza.

Bueno, en realidad ha consumido media vida lamentándose por su abdicación, en diciembre de 1947, forzado por las autoridades comunistas que tomaron el poder en Rumanía. Aquel episodio le despojó de la corona y le obligó a iniciar un exilio de 50 años, que le llevó a vivir primero en Londres y después en Suiza.

Aunque sus rocambolescas peripecias comenzaron mucho antes. Miguel I subió al trono por primera vez con apenas seis años, a la muerte de su abuelo, Fernando I. Le proclamaron rey, saltándose a su padre, el príncipe heredero Carlos, porque éste había huido con su amante Elena Lupescu a disfrutar del dolce far niente. Tres años después, Carlos, cansado de francachelas, regresó a Bucarest y no tuvo reparó en arrancarle a su hijo la corona de la cabeza. En 1940 -una década después-, y ya con 19 años, Miguel volvió a ser proclamado monarca.

Pero su reinado, hasta la abdicación y el exilio antes mencionados, estuvo marcado por la Guerra Mundial; por las alianzas de Rumanía con Hitler y Mussolini, primero, y con los Aliados, después y a destiempo-; por la dictadura de plomo de Ion Antonescu y por el golpe de timón del bisoño soberano cuando ya nada podía hacer por salvar los muebles.

Después de medio siglo de dominio comunista, durante el que toda la propaganda convirtió a Miguel I en un abyecto traidor, en 1997 Rumanía inició el camino hacia la democracia y abrió de nuevo las puertas a su ya anciano monarca -uno de los primos más queridos de la reina Sofía-, devolviéndole la nacionalidad y restituyéndole su título de rey, que ostenta en la actualidad.

Devolvieron al monarca sin trono las propiedades de la familia real y, lo que es más importante, se empezó a ganar el prestigio y el apoyo de su pueblo, hasta el punto de que hoy Miguel I goza con un índice de popularidad muy superior al de cualquiera de los políticos de la República.

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Según un sondeo de la semana pasada, el 45% de los rumanos está satisfecho con la labor de la Casa Real -sólo el 9,6% tiene una mala opinión-. Y cada vez más voces piden un referéndum para establecer una monarquía parlamentaria, aunque aún son mayoría los republicanos.

Miguel I, muy presente en la vida pública, tiene un papel ceremonial destacado. Y así seguirá mientras le queden fuerzas. Porque, como dijo en su histórico discurso ante el Parlamento, en 2011: "La Corona no es un símbolo del pasado, sino una representación única de nuestra independencia, nuestra soberanía y nuestra unidad".

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