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El Rey y el deporte español

El Mundo El Mundo 02/06/2014 CARLOS TORO

La vela ha sido el deporte favorito del Rey y de una familia (de la que excluimos por razones obvias la figura incorporada por matrimonio del formidable balonmanista Iñaki Urdangarín) ligada a ella por muchos motivos. Por tradición, por vocación, por aptitudes y por lógico sentido aristocrático de un tipo de educación y vida que comporta una estrecha relación con el mar en sus vertientes lúdica y militar.

La Reina Sofía fue reserva en los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960, y como tal desfiló en la ceremonia de inauguración con su uniforme de chaqueta azul, falda tableada gris y blusa blanca (el menos eso parece en las fotos en blanco y negro). Su hermano Constantino llegó más lejos: alcanzó el oro en la clase Dragón, junto a sus compañeros Odiseo Eskitzoglou y Gorgios Zaimis.

Doce años más tarde, en 1972, en los Juegos de Múnich, aunque en aguas de Kiel, el propio Rey Juan Carlos, casado desde 1962 con Sofía y entonces todavía Príncipe, compitió, junto a sus amigos Félix Gancedo y Gonzalo Fernández de Córdoba, en la misma clase Dragón, aunque con menos fortuna que su cuñado. Terminó en decimoquinta posición.

La estirpe continuó con la Infanta Cristina en los Juegos de Seúl, en 1988. Suplente, como su madre, se mantuvo a la sombra "plebeya" de Adelina González y Patricia Guerra en la clase 470.

Los mejores resultados de la familia los obtuvo el Príncipe Felipe en los Juegos de Barcelona, en 1992. El futuro Rey, apuesto abanderado de la delegación española, obtuvo el sexto puesto en la clase Soling, en compañía de Fernando León Boissier y Alfredo Vázquez Jiménez.

Los Juegos de Barcelona elevaron a la Familia Real, a la que, no lo olvidemos, pertenece la Infanta Elena, una amazona de buen nivel competitivo, a la categoría de talismán. La coincidencia de su aparición en algunos escenarios con el resurgir o el triunfo de los deportistas españoles creó una especie de jubiloso sentido supersticioso que contribuyó considerablemente a elevar la popularidad de la Corona. Tal vez no haya disfrutado nunca de tanta.

El Rey alcanzó entonces, como todo el deporte español, la cumbre de su apoyo público a una actividad, la deportiva, en la que cree profundamente por afición personal y, digamos, convicción monárquica. Por propia experiencia humana y por la certeza real -de realeza y de realidad- que el deporte supone un motivo de conocimiento y prestigio internacionales de primera magnitud.

Don Juan Carlos, a quien su inclinación por otros deportes, como el esquí y la caza, le ha costado más de un disgusto en forma de lesiones de cierta importancia, cree en el deporte como elemento dinamizador de la vida de los pueblos, como acicate ciudadano y como fuente de satisfacciones nacionales que crea cohesión social y produce orgullo patriótico. Sin duda pasará a la Historia, al menos a la nuestra, como el Monarca que más apoyó al deporte. Nunca se retrajo de recibir a los deportistas y de mostrarles mucho más que un afecto puramente institucional. Se le ha visto en su salsa entre jóvenes triunfadores, a los que ha brindado sus mejores gestos y sus más espontáneas manifestaciones de admiración y cariño.

Su relación con Juan Antonio Samaranch fue también más allá de la establecida entre un Rey y un compatriota ilustre. Algo le deben también a él la adjudicación de los Juegos a Barcelona. El título de Marqués de Samaranch otorgado al dirigente catalán supone el máximo reconocimiento, el de un timbre oficial de nobleza, de un Rey a uno de sus conciudadanos. Lo mismo podíamos decir de su atribución de otro marquesado a Vicente del Bosque.

El reinado de Juan Carlos I ha sido el reinado del deporte. Desde 1975, año de su coronación, hasta nuestros días, y especialmente desde 1992, el deporte español ha alcanzado cotas impensables de éxitos y valoración. No todo es, naturalmente, mérito de Don Juan Carlos. Las razones radican fundamentalmente en los cambios sociológicos experimentados por una sociedad que, ya en democracia, supo alcanzar sus más altas cotas de libertad, progreso y bienestar. Pero la existencia, la presencia de un Rey sensible a los beneficios múltiples del deporte no ha sido una causa menor.

Lo recordamos apoyando en primera línea las candidaturas olímpicas españolas que, no por fallidas, revistieron menos interés y dedicación por su lado. El interés justo y la dedicación obligada por parte de quien está sujeto a ciertos deberes, además de a ciertos placeres. La defensa hereditaria de Don Felipe de la candidatura de Madrid 2020, aunque asimismo frustrada, supuso un notable ascenso de la popularidad de un Príncipe culto, desenvuelto, bilingüe y mucho más cercano, por edad y capacidades intactas, a la gente. Al pueblo, en el sentido de todos los habitantes de una nación, no sólo de sus capas menos favorecidas.

La intervención de Don Felipe contuvo una hereditaria, precursora carga simbólica que otorgó al deporte una importancia innegable en la nueva etapa que se inicia en España.

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