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El salto al vacío de la pandilla de Darío Barrio

El Mundo El Mundo 10/06/2014 ROBERTO BÉCARES

25 de enero de 2008. Un teletipo perdido, de esos de viernes a última hora, reza así: «Dos paracaidistas saltan desde la Torre de Cristal de Madrid (250 metros)». Una hazaña. Una locura. Su huida es tan rápida que sólo unos pocos peatones son testigos. Tras varias jornadas detrás su pista, un día llaman a la redacción: «Hola, buenas, nos estás intentando localizar, somos los que hemos saltado; si nos garantizas el anonimato te contamos cómo fue».

Aquel era Manolo Chana, «Manolito», como le conocían sus amigos, uno de los precursores del salto BASE en España, un hostelero madrileño de éxito -tenía 70 trabajadores en varios restaurantes de Madrid y Coslada- que consiguió «todo de la nada», como decía él. Primero de pescadero. Luego de camarero. Luego regentando un local. Y otro. Y otro. Decir que era el más querido dentro de la familia del paracaidismo es casi un dogma. «No era el mejor, no ganó ningún título, pero nos conquistó absolutamente a todos», dice Carlos Suárez, saltador base y amigo suyo.

Chana llegó al periódico acompañado de uno de sus amigos del alma, Armando Del Rey, también hostelero importante, también amante del riesgo como él, deportista de élite, durante años vinculado a la marca Red Bull. Armando había grabado el salto desde el Paseo de la Castellana. Aquel día no saltó. Tenían curiosidad por poder contar su hazaña sin riesgo de que les multaran. Su espectacular vídeo, grabado también con una cámara en el casco, los coches como hormigas allá abajo, se publicó. Aquel día abrió el telediario de todas las televisiones.

«Ha sido increíble, lo han puesto en todos los lados», decía ese mismo día el propio Chana, uno de los cuatro ases de aquel póquer de amigos que forjó una inquebrantable amistad en el aire con Armando, el aventurero Alvaro Bultó y el chef Darío Barrio. «Había muchos amigos alrededor pero el grupo fuerte era ése», dice Miguel Ángel Paredes, director del club de salto Skydive Lillo. Seis años después, de los cuatro amigos, ya sólo vive Armando.

Entre todos sumaban casi 10.000 saltos desde el aire. Barrio y Armando se conocieron mediada la década de los 90 y desde que se lanzaron juntos, ya no se separaron. Primero haciendo paracaidismo. Luego salto BASE, una modalidad de paracaidismo consistente en saltar desde un objeto fijo. Luego llegaron Bultó y Chana, que ganó a todos con su humildad. «Manolo es que era un tío muy carismático», recuerda Paredes. Su bonhomía despertaba el cariño de todos. También su fascinación por este deporte. «Me aprieto la pierna cada mañana para saber si lo que estoy viviendo es cierto», le contaba Chana a Suárez, que lo publicó en

Juntos, hicieron batidas por todo el mundo: el Monte de Brento (Italia), los riscos noruegos de Jerag, los Alpes suizos... Excursiones de confidencias, risas, compañerismo. Armando y Darío, «extrovertidos, con mucha vitalidad», eran la salsa de las fiestas, su particular forma de rebajar la tensión. «A veces venía gente nueva que veía a Dario, y como salía en la tele, le decían 'tu cara me suena' y él siempre le hacía la misma broma: 'Sí, puede ser, es que soy actor porno'», recuerda Paredes. Y todo el grupo reía.

'Como ganar la Copa de Europa todas las semanas'

© Proporcionado por elmundo.es

Sus cenas, a veces en chozas sin agua, sin calefacción, tras volar por el aire, donde un pequeño error te cuesta la vida, eran como aquella escena final de Sleepers, todos juntos, recordando anécdotas, como cuando Chana aterrizó sobre un árbol. «Era como la cena de un equipo de fútbol con una conexión brutal, como si ganáramos la Copa de Europa todas las semanas», comenta Armando, tres días después de que su amigo Barrio haya volado más alto que nunca. «Era una persona arrolladora, que vivía la vida al límite, y que transmitía una energía... no he conocido a nadie tan especial y espectacular», recuerda Armando, que dice que en aquel grupo eran «eslabones fundamentales» también Santi Corella, «con 16.000 saltos», Toni López o Carlos Suárez, entre otros.

«Éramos un grupo inseparable. Casualidades de la vida, nos juntamos, unimos sinergias. Éramos un grupo con una fuerza y una unión difícil de explicar. Disfrutábamos muchísimo en los viajes; saltar era el premio, pero era todo tan especial...», asegura Armando.

Aquellas cenas interminables empezaron a tener bajas el 14 de marzo de 2010. Aquel día Chana, que tenía 45 años, falleció al abrirse mal el paracaídas tras un salto desde una avioneta, precisamente en el aeropuerto de Lillo (Toledo). Para el grupo aquello fue un shock. «Chana era mi amigo, mi hermano», explicaba Barrio, muy emocionado, cuando se le preguntaba sobre él.

Aun así, todos ellos volvieron a saltar. ¿Y no le cogieron miedo? «Para nada, no, a esto te enganchas y sabes lo que te estás jugando», dice Paredes, monitor de paracaidismo. Seguramente ni usted, lector, ni el que redacta este artículo, podramos entenderlo nunca. «Es inexplicable. Es la forma humana de volar más natural; tus alas no son de plumas, sino de nylon, y vuelas con el cuerpo, como un pájaro».

Sobre todo con la llegada del wingsuit, un traje que incorpora membranas a modo de alas y que te permite planear como un ave. La velocidad alcanza los 160 km/h. La adrenalina se multiplica. «No puedes ir hacia arriba, pero planeas», afirman varios expertos. Para homenajear a Chana, Bultó, Barrio y Armando viajaron en marzo de 2011 hasta el Salto del Ángel, en Venezuela, la cascada de agua más alta del mundo (980 metros). Seis horas de ascenso, desbrozando maleza, usando arneses. En su mochila, una foto de Chana.

En el vídeo que colgaron se escucha a Barrio decir antes de dar el salto, prohibido por las autoridades locales: «Esto va por Manolito (Chana)». Y una vez más, el vacío, y sólo el ruido ensordecedor de la fricción del cuerpo contra al aire. Vinieron muchos saltos más: , Valle de Arán...

Pero el infortunio se volvió a cernir sobre el grupo. El 22 de agosto de 2013, en los Alpes Suizos, Álvaro Bultó (51 años) tras volar con el wingsuit desde un talud. Se acercó demasiado a la pared, hizo un giro demasiado brusco y picó, como un avión que entra en barrena.

«Ha sido un accidente de muy mala suerte. En salto BASE apenas hay margen de error», decía más tarde Armando D., que saltó justo después de Bultó y que tardó varios meses en volver a calzarse el traje de vuelo. «Álvaro era un tío supersencillo, humilde, era una alegría, contando chistes, bromas...», afirma Armando, que dice que aprendió de Chana «los valores de una persona humana con una sinceridad absoluta».

Sus entornos les advertían una y otra vez del riesgo, pero aquella droga corría salvaje por sus venas. Barrio y Armando siguieron saltando. Se atrevieron a viajar a -»tuvieron que aprender escalada para subir por el hielo», recuerda un amigo- y Barrio saltó desde el Himalaya paquistaní (Laila Peak), en marzo. Aunque practicaba ala-delta o piragüismo, el salto BASE era la gran pasión del chef. «Es lo más. Cada salto es especial».

El pasado viernes, él, Armando y otros compañeros quisieron rendir homenaje a Bultó. Como siempre, estudiaban todas las variables. Incluso ensayaron el salto, que iban a realizar saltando desde un paramotor a unos 900 metros sobre el castillo de Segura de la Sierra (Jaén). Según expertos consultados, Barrio tuvo «un error de cálculo». Quiso sortear el castillo, tuvo un error de trayectoria y ya cuando abrió el paracaídas, muy cerca de la ladera,

La familia con alas sufrió otro duro mazazo, que ha dejado a Armando, que fue campeón mundial de BMX (dirt) en el 96, muy tocado. «Ahora voy a hacer un parón», confiesa Armando, que siempre guarda unos márgenes de seguridad amplios en sus saltos. «Voy a hacer un parón radical para reflexionar cómo hemos llegado hasta aquí, por qué ha pasado todo esto».

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