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El saqueador de momias como nihilista

EL PAÍS EL PAÍS 23/05/2014 Enrique Lynch
El saqueador de momias como nihilista © TANIA CASTRO El saqueador de momias como nihilista

El hallazgo en el llamado Valle de los Reyes, de un recinto oculto, el KV 40, repleto de despojos de momias y fragmentos de antigüedades destrozadas por los saqueadores de tumbas me recordó una trepidante historia de la arqueología que leí apasionadamente en la pubertad: Dioses, tumbas y sabios,escrita por C. W. Ceram, seudónimo de un escritor alemán de filiación nazi llamado Kurt Wilhelm Marek.

En su libro, Marek narraba con hábil suspense el hallazgo en 1860 de otro escondite similar a la KV 40: la cueva DB320, situada en un punto cercano a Deir el Bahari, en la necrópolis de Tebas, frente a Luxor. En esa especie de morgue improvisada se encontraron las momias de varios Ramsés, Tutmosis, Setis y muchas otras figuras relevantes del pasado egipcio. La insólita acumulación de faraónicos despojos se debía, según se adujo, a que los sacerdotes del primer milenio antes de Cristo habían decidido llevarlas allí para protegerlas de los saqueadores. En su momento —yo era poco más que un niño— di por buena esa explicación que hoy en día suena a coartada. Lo más probable es que esos mismos celosos sacerdotes fueran los que habían saqueado las tumbas. Asimismo, seguramente la expedición suiza no “descubrió” nada, sino que actuó guiada por un bien remunerado chivatazo de alguna de las familias de saqueadores que, desde hace siglos, controlan el expolio y posterior tráfico de las antigüedades egipcias. Lo que no sería raro, puesto que lo mismo hicieron en su momento Howard Carter y lord Carnarvon cuando les tocó “descubrir” la tumba de Tutankamón: nada hubieran podido “descubrir” sin la ayuda o la complicidad de las familias de saqueadores egipcios, auténticos sherpas de los egiptólogos occidentales que las historias románticas de la arqueología jamás mencionan.

En esta ocasión, pues, el hallazgo de la KV 40 hace pensar en que lo verdaderamente interesante de este caso no es el descubrimiento, sino el saqueo sistemático de las tumbas egipcias y, sobre todo, el espíritu del saqueador, que no es un bárbaro que expolia los vestigios de una cultura ajena, como los conquistadores españoles en México y en Cuzco o los talibanes en Afganistán, sino uno que arrasa a consciencia con su propia tradición, abomina de sus dioses y le tienen sin cuidado Osiris, Ra o el ominoso Anubis, puesto que los antepasados de los actuales saqueadores son tan antiguos como los faraones y el saqueo, una profesión heredada por estirpes familiares ahora constituidas en gremios. Este episodio, pues, actualiza una cuestión de considerable trascendencia: ¿hasta qué punto las elaboradas creencias egipcias en la vida de ultratumba, el Libro de los muertos, la teoría de la transmigración de las almas y el poderoso clero que las administraba formaban parte de un culto auténtico? ¿De veras era aquello una religión o, si acaso, una acendrada creencia compartida por reyes, sacerdotes y pueblo? Porque está claro que el saqueador no cree en los talismanes, ni teme las maldiciones de los faraones, ni tiene el menor respeto por las momias sagradas de unos individuos que, en vida (dícese) eran considerados dioses, sino que es un nihilista radical y, por añadidura, con varios milenios de antigüedad: un tipo mucho más duro que el más duro de los rappers del Bronx.

Similar perplejidad suscitan algunos elaborados mitos griegos caros a nuestra tradición europea, tan bellos y ricos en significados y símbolos sobre la condición humana que han inspirado la filosofía y la literatura occidentales. Como suele ocurrir con todos los mitos, las historias griegas cuentan hechos inverosímiles y hablan de seres fabulosos como el Cancerbero, describen escenarios como la Laguna Estigia o dan por hecho que las tres Medusas compartían un solo diente y un único ojo. Es posible que muchos griegos antiguos creyeran en estas historias, pero ¿de qué índole era su creencia? Más aún, ¿creía en ellas Platón, que fue uno de sus más pródigos divulgadores; o un tipo tan inteligente, realista y razonable como Aristóteles, creador de la lógica que reguló nuestros razonamientos por más de 2.000 años? El historiador Paul Veyne, que dedicó un seminario y un libro a examinar hasta qué punto los griegos creían en sus dioses, llegó a la conclusión de que por supuesto que no creían; o sí, pero del mismo modo como nuestros niños creen al mismo tiempo que los Reyes Magos existen, pese a que saben que son sus padres los que compran los regalos.

La cuestión, pues, no es nada baladí, puesto que son innumerables los contextos en que procedemos por creencia (o credulidad) mientras que otros, más o menos inescrupulosos o nihilistas, hacen como los egipcios saqueadores de tumbas; y se llevan a casa el botín. Hace unos cuantos años en las páginas de este periódico, Agustín García Calvo llamó la atención acerca del tipo de transacción que tiene lugar cada vez que un ciudadano deposita sus dineros en el banco a cambio de un insignificante resguardo. Para García Calvo esa confianza en el sistema financiero era del orden de lo mítico, es decir, fundada en creencia, puesto que de hecho no hay ninguna razón, ni prueba tangible ni certeza que abone la esperanza de que, llegado el caso, el valor de una inversión o una cuenta de ahorro serán devuelto por el banco con solo que se le presente el resguardo. La experiencia ciudadana en la España de los últimos años muestra que García Calvo no se equivocaba.

La creencia —y no la razón— sostiene la mayor parte de nuestra vida social, política y económica y no solo hace estragos cuando es manipulada por los curanderos, los mercaderes de felicidad, los tarotistas televisivos o los timadores profesionales que circulan por Internet. Una creencia sostiene el mito de la representación parlamentaria que es la base de la democracia moderna y anima el voto de los ciudadanos con objeto de que un programa sea llevado a término desde el Gobierno pese a que, una y otra vez, asistimos al mismo repertorio de transgresiones: democracias populares nacidas de una revuelta que a la postre se convierten en dictaduras, partidos autodefinidos como liberales que para salir de una crisis recurren a la subida generalizada los impuestos y algún otro, como la socialdemocracia francesa, que desmonta “conquistas” de los trabajadores promovidas por los propios socialdemócratas. ¿Por qué razón el ciudadano los sigue votando? El escritor que concurre a un premio literario, ¿acaso no sabe que están casi todos amañados? El aspirante a una plaza en la universidad, ¿cree o no cree en la limpieza del procedimiento por el cual aspira a ser seleccionado?

Hace ya muchos años, mantuve una breve (única) conversación con Jorge Luis Borges en la presentación de un libro en Buenos Aires. Yo había llegado a aquel sitio acompañado de mi madre y ella se las arregló para dejarme a solas con aquel anciano genial que recorría los círculos sociales y literarios porteños como el divino Tiresias. Abandonado delante de aquella luminaria me sentí obligado a decirle algo trascendente y se me ocurrió preguntarle si era cierto lo que había oído por ahí, que los libros de la Biblioteca de Babel, colección que entonces él dirigía, servían para probar un argumento demoniaco: la demostración de que Dios no existe. Borges hizo un gesto de estupor y me contestó: “¿De veras? No, no es cierto”; y tras un segundo de reflexión añadió: “Pero ya que me lo pregunta... ¿existe Dios? Mejor dicho, ¿hay alguien que crea de veras en Dios? Bueno, sí, el Papa probablemente cree...”. Pero casi enseguida se corrigió: “No, el Papa tampoco cree en Dios”; y acto seguido cambió de tema y se entretuvo preguntándome por un ancestro que, al parecer, su familia y la mía compartían desde los lejanos tiempos de Juan Manuel de Rosas.

Enrique Lynch es filósofo.

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