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El ser más ruin del ‘punk rock’

EL PAÍS EL PAÍS 15/06/2014 Diego A. Manrique
Los Ramones. © Proporcionado por ElPais Los Ramones.

Al saberse, ha causado cierto pasmo. La RIAA acaba de certificar que el primer álbum de los Ramones ha llegado a disco de oro: 500.000 copias vendidas. La Recording Industry Association of America evidencia lo que se sabía en el negocio. 38 años para despachar medio millón de ejemplares en el principal mercado mundial…no procede hablar de éxito arrollador ¿verdad?

¡Si existieran otras formas de medir el impacto cultural! Si pudiéramos afirmar que se comercializaron –digamos- 60 millones de camisetas de los Ramones. Imposible: la mayoría eran piratas. Y los imitadores: en esas cuatro décadas, han podido surgir unos 40.000 grupos que ansiaban sonar exactamente como The Ramones.

Pero un estilo musical no puede ser objeto de copyright: es imposible de monetizar. Aprovecho la noticia del disco dorado para sumergirme en la última aportación a la nutrida bibliografía ramoniana: Commando, de Johnny Ramone, recién traducida por Malpaso.

Necesitaba un empujón para entrar en esa autobiografía: Johnny (1948-2004) no era un tipo querible. Ultraderechista, xenófobo, autoritario, antipático de trato, tacañón hasta extremos inimaginables: alardea en Commando de colarse en el Metro neoyorquino con fichas falsas. Pero también poseía una rígida ética del trabajo que utilizó como engrudo para un grupo donde convivía con algún kamikaze y más de un majadero.

Al punk rock se le injertó una ideología entre izquierdista y anarquista. Originalmente, sin embargo, era una tabula rasa: los imperdibles, la provocación, la elementalidad sonora eran –se suponía- el camino recto para encontrar la vasija repleta de oro al final del arcoiris.

El impacto cultural de los Ramones no se puede computar por el número de discos que vendieron

Commando resulta asombrosamente sincero. El plan maestro de Johnny consistía en conquistar el mundo de la música en cinco años para luego dedicarse al cine de serie B. Su objetivo en la vida era dirigir un remake de Werewolves on wheels, película de 1971 donde unos monjes satánicos transforman a unos moteros en hombres lobo. De ese nivel estamos hablando.

Al haber currado en la construcción, Johnny conocía el valor del dinero. Decidió acumular un millón de dólares, a colocar en inversiones de bajo riesgo. Supervisaba escrupulosamente sus gastos: todavía le dolía que, cuando se casó con Linda Daniele -y se ganó la enemistad eterna de su cantante, el anterior novio-, el fotógrafo del Ayuntamiento le cobró cinco dólares por una instantánea y el alquiler de las flores (de plástico) costó la astronómica cifra de ¡quince dólares!.

Con todo, debemos agradecer su fanática dedicación a los Ramones. Todo estaba planificado, desde la coreografía hasta el uniforme (vaya disgusto cuando, en la portada de End of the century, les sacaron sin sus chupas). El apéndice del libro dedicado a analizar su discografía revela que Johnny conocía perfectamente sus puntos fuertes y débiles.

Y sin embargo, nunca sedujeron al gran público estadounidense. Johnny arremete contra la discográfica, las radios, los productores que pretendieron diluir su fórmula. No menciona otra posibilidad: que su imagen de zoquetes, tocando a piñón fijo, repeliera a consumidores habituados a propuestas más variadas. Que no vieran el chiste y que, efectivamente, les confundieran con freaks de circo.

Les salvó eso: su contundencia, su clasicismo rockero al servicio de una destilación de la cultura basura estadounidense. Algo que se apreciaba mejor desde el extranjero. De sus 2.263 conciertos (Johnny llevaba la cuenta), pocos fueron multitudinarios: generalmente, sólo encabezaron estadios en Argentina, Brasil y otros países que no computaban en su imaginario.

Según Commando, yendo hacia Sudamérica fue cuando finalmente volaron en primera clase. Allí Johnny terminó de llenar la hucha y decidió que era hora de retirarse. Y se entiende: “Salvo cuando estábamos en el escenario, los Ramones parecían incompatible con la felicidad.” Echaron el cierre en agosto de 1996. Algo les endulzó la despedida: de repente, empezaron a llegar grandes cantidades por derechos de sincronización, por ventas tardías. Apenas pudieron disfrutarlo: entre 2001 y 2004, murieron Joey, Dee Dee y Johnny Ramone. Mejor no buscar moralejas.

 

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