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El suicidio europeo

EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Joaquín Estefanía

El Gran Wyoming sacó las cámaras de televisión a la calle (El intermedio) para comprobar el grado de coherencia de algunos republicanos. La pregunta era: ¿prefiere usted una monarquía reinada por Felipe VI o una república que tuviese de presidente a Aznar? El 95% de los que aparecieron, tras titubear, eligieron la primera opción. Después de los últimos acontecimientos en Europa se podría hacer una trasposición metafórica de esa encuesta: ¿prefiere usted aumentar los grados de soberanía nacional, o cedería más soberanía a la Comisión Europea (CE), con sus procedimientos habituales y con personajes como Durão Barroso o el responsable económico Olli Rehn?

Alternativa más difícil que la de Wyoming si se tiene en cuenta, por ejemplo, esa especie de testamento político que deja la CE con las recomendaciones a España tras conocer su plan de estabilidad y el programa de reformas. Los personajes citados insistieron, como si no hubiera pasado nada en las elecciones al Parlamento Europeo: las recetas de estos años han funcionado, la economía crece y empieza a crearse empleo, no es momento de cambiar de política. Y tras reivindicar la ortodoxia reinante, un aval a lo practicado el último lustro, volvieron a aconsejar a Mariano Rajoy que no baje los impuestos porque el déficit público se le va de las manos, y otra vuelta de tuerca a la reforma laboral en el sentido, no faltaba más, de endurecerla.

Lo bueno es que ahora la atención está puesta en países más grandes que el nuestro, como Italia y Francia, a pesar de que en España no acaba de ceder el déficit, la deuda pública está a punto de llegar al 100% del PIB y que tanto el empleo como ese PIB crecen a dosis tan homeopáticas que no se vislumbra recuperar los puestos de trabajo de antes de la crisis.

Esta miopía discursiva de Barroso y Rehn no parece compartirla otro vicepresidente de la Comisión, el español Joaquín Almunia. Sus declaraciones a EL PAÍS, inmediatamente después de conocerse la nueva composición del Europarlamento y los intensos grados de abstención ciudadana, eran muy impactantes por autocríticas: “No hacer nada sería un suicidio”. Hay que elaborar una reflexión urgente sobre las decisiones imprescindibles para retomar la senda del crecimiento y el empleo, y sobre cómo someternos a un mayor control democrático.
Almunia opina que los niveles de abstención y la llegada al Parlamento de tantos euroescépticos, eurófobos y hasta fascistas puede suponer un castigo “a ese magma llamado Bruselas”. En su reciente libro Quién gobierna en Europa (editorial Catarata), José Ignacio Torreblanca opina que mientras los ciudadanos no tengan clara la respuesta a esta cuestión (¿manda la CE, el Consejo Europeo, el BCE, los Gobiernos nacionales, Alemania...?) no podrán exigir responsabilidades de lo que se decide en Europa. Y esta es la primera demostración de ese déficit democrático que ahora ha denunciado el comisario.

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