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El temple y la importancia de Ureña, a un paso de la Puerta Grande

Logotipo de El Mundo El Mundo 29/09/2017 ZABALA DE LA SERNA
© Proporcionado por elmundo.es

El mordisco a la taquilla se sintió en el ambiente no tanto como se temía. La desaparición de Antonio Ferrera como piedra angular de Otoño ha sido un boquete inesperado. Ferrera mantenía a flote la expectación de dos tardes. Aun así la plaza lucía un aspecto más que aparente como para hablar de hundimiento: unas 18.000 personas es una cifra mayor.

El hueco y la sustitución -por Paco Ureña- obligaron a correr turno de antigüedad. Sebastián Castella pasó a encabezar el cartel y, por tanto, a ser padrino de confirmación de Luis David Adame.

"Esparraguero" abría la tercera corrida de Núñez del Cuvillo esta temporada en Las Ventas. Que no se dice pronto. Y traía en su cara la seriedad de los cinco años y en sus finas y bajas líneas, el anuncio de su embestida. Pasó por las verónicas de Adame como si no fuesen con él. A su altura y a su bola. Pero mejoró a partir de sus encuentros con el caballo. Y ya en banderillas se definió por abajo en el capote de Miguel Martín. Fijeza, nobleza y estilo.

Con un trío de péndulos captó Luis David Adame la atención de la afición. Que desde entonces le trató como si de una figura se tratara y, probablemente, le descentró. Adame corría la mano con corrección, quizá algo abierto y con la pierna retrasada en los embroques, que era lo que el sector más duro le recriminaba. La búsqueda de una colocación que acallase las protestas cortocircuitó la faena. "Esparraguero" se dio por uno y otro pitón con generoso viaje. Hasta cuatro series en plenitud. Puede que cinco fueran cuando apagó la llama de su entrega. El toricantano hidrocálido resolvió la ya parada movilidad con una espaldina, y un cierre rodilla entierra que desembocó en un desarme. Tampoco le perdonaron el leve desprendimiento de la espada.

Sebastián Castella se estrelló con un burraco más altón que, cuando perdía la inercia de la distancia concedida en los principios de serie, se dormía en la suerte y se defendía sin haber terminado nunca de humillar. Castella alargó la porfía siempre con los cabezazos que enganchaban y deslucían como respuesta.

Paco Ureña se inventó una faena de puro temple con un cuvillo feo, recortado y acarnerado. En su interior una cierta bondad ayuna de fuelle. Ureña supo tratarlo con suavidad, esperarlo, dosificarlo en tandas necesariamente cortas. La magia de la despaciosidad, los tiempos otorgados y la virtud del sitio pisado. Desde el prólogo que no fue prólogo directamente con la izquierda. Hay una pureza en Ureña que supera su estética. La manera de despedir la embestida detrás de la cadera. Como perlas brotaron pases de pecho y cambios de mano de sentida lentitud. El epílogo de ayudados por alto, un pase del desprecio y un obligado a la hombrera contraria elevaron aún más el espíritu y la comunión con la plaza. La rectitud de la estocada algo delantera amarró una oreja de justicia.

A las notables condiciones del serio cuarto, a su humillación superlativa, les faltó poder para desarrollarlas. Sebastián Castella explosionó la faena con un lío de los suyos. Y luego quiso jugar a favor del cuvillo, que ni con los metros, espacios y tempos, fue a más.

Ureña estuvo hecho un tío con un quinto despegado del piso y desabrido de derrotes y tornillazos. Genio desatado. Importante de verdad el lorquino para hacerle las cosas por debajo de la pala del pitón, evitar los violentos ganchos y perseguir la limpieza. Y valiente a carta cabal. Como si fuera bueno, se colocaba el tipo. Tanto que por momentos el cuvillo parecía entregado a la causa ¡Quia! Los pitones volaban al rostro en cuanto se descuidaba. La Puerta Grande engrasaba sus goznes. Paco Ureña cometió el error de prolongar por demás la faena, y en esa prórroga innecesaria sobrevino un volteretón espeluznante. Milagrosamente incruento. A la hora de matar, un descomunal testarazo reventó el volapié. La estocada cayó baja. Y fue necesario el descabello. La ovación final reconoció la autenticidad brutal del torero que Madrid ha adoptado como suyo.

El último toro cerraba el cupo de cinqueños de la desigual corrida de Cuvillo. Otras hechuras. Y otro comportamiento. El lote de la tarde para Luis David Adame, que arrancó de rodillas la obra. A izquierdas el recorrido notable y los naturales de mayor nota del mexicano, cargada ahora la suerte. Faltó fondo en el cuvillo para finalizar todo lo bueno que apuntaba. Y Adame se arrebató y se arrimó a tumba abierta. Entre espaldinas y bernadinas finalmente. El acero arruinó lo conseguido.

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