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El tsunami de Japón de 2011 empuja a decenas de especies marinas a través del Pacífico

Logotipo de El Mundo El Mundo 03/10/2017 ISMAEL ARANA

Cual legión de náufragos aferrados silenciosamente a su tabla de salvación, casi 300 especies de animales marinos han cruzado estos años las aguas del océano Pacífico desde las costas niponas hasta la orilla oeste de EEUU a bordo de los residuos no biodegradables arrastrados por el

tsunami

que devastó el noreste de Japón en 2011, una invasión masiva cuyas consecuencias futuras todavía se desconocen.

En lo que algunos científicos han dado en llamar la mayor migración marítima jamás registrada, millares de mejillones, cangrejos, estrellas de mar, percebes e incluso algunos peces -entre otras especies- han recorrido los alrededor de 7.700 kilómetros que separan ambas costas a bordo de una flotilla de escombros y objetos de plástico que el tsunami llevó al mar hace seis años y medio. "Esto se ha convertido en uno de los experimentos naturales más grandes e imprevistos de la biología marina, quizás de toda la historia", explicó al respecto John Chapman, investigador de la Universidad Estatal de Oregón y coautor de un estudio sobre este caso publicado la semana pasada en la revista Science.

© Proporcionado por elmundo.es

Se estima que el tsunami, resultado de un terremoto de magnitud 9 que tuvo lugar el 11 de marzo de 2011, provocó unos 18.000 muertos y desaparecidos y generó unos cinco millones de toneladas de residuos en las tres prefecturas más afectadas: Iwate, Miyagi y Fukushima. En apenas 18 meses, las primeras piezas de esos restos -desde pequeños trozos de plástico a boyas, cajas, barcos pesqueros o muelles- comenzaron a llegar cubiertos de criaturas marinas a las costas de Canadá y EEUU.

De acuerdo con el estudio, entre junio de 2012 y febrero de este año, 289 especies animales niponas arribaron unidas a unos 600 pedazos de escombros a playas de los estados de Washington, Oregón, California, Alaska y Hawai, así como a la provincia canadiense de Columbia Británica. Además, dado que muchas de estas criaturas -casi dos tercios de las cuales nunca habían sido vistas en Norteamérica- fueron encontradas en una sola pieza de escombro, los autores estiman que el número real de especies que cruzaron el océano podría ser mucho más alto.

Los investigadores subrayan en el estudio que no se sabía ni esperaba que especies como estas pudieran sobrevivir a un viaje tan largo por estas aguas abiertas, consideradas un ambiente muy duro para unas criaturas acostumbradas a las aguas someras de la costa. Sin embargo, creen que la velocidad más lenta de las balsas a las que iban adheridas (uno o dos nudos frente a los 20 o más de los buques comerciales) puede haber ayudado a que las especies se adapten gradualmente a sus nuevos ambientes y a que incluso se reproduzcan, con las larvas pegándose a los residuos.

"No pensé que la mayoría de estos organismos costeros pudieran sobrevivir en el mar durante largos periodos de tiempo", apuntó Greg Ruiz, del Centro Smithsoniano de Investigación Medioambiental y coautor del estudio. "Pero, en muchos aspectos, no han tenido muchas oportunidades en el pasado. Ahora, el plástico puede combinarse con tsunamis y tormentas para crear estas oportunidad a gran escala".

Esa es precisamente una de las claves del estudio, que nos recuerda la amenaza que supone para el medio ambiente marino los millones de toneladas de residuos plásticos originados por el hombre. "Hemos creado un nuevo proceso ecológico, el proceso mega-rafting", aseguró Steven Chown, de la Universidad de Monash, en un comentario publicado en la revista donde calificaba lo sucedido de "sin precedentes". "El desarrollo de materiales que pueden flotar durante años y el aumento de los mares debido al cambio climático hacen que la posibilidad de estos eventos sea cada vez mayor", apostilló.

Este tipo de materiales que no se descomponen comenzaron a ser comunes a mediados del siglo XX. Según un informe publicado en 2015 en la misma revista, más de 10 millones de residuos plásticos entran cada año en los océanos, una cifra que podría multiplicarse por 10 en el año 2050.

Hasta la fecha, se desconoce si las nuevas especies procedentes de Japón han colonizado la costa oeste de EEUU o suponen una amenaza para las especies autóctonas, aunque los expertos alertan de que pueden pasar años antes de que haya resultados concluyentes al respecto. "El impacto de un evento tan grande depende de cuántos de los organismos logran establecer una población en la nueva región a la que fueron transportados, si se expanden en esa nueva región y logran influir en los ecosistemas", explicó Chown.

Mientras tanto, siguen apareciendo nuevas revelaciones sobre los efectos provocados por el accidente nuclear de Fukishima. Según un estudio de la Universidad de Kanazawa y del Instituto Oceanográfico Woods Hole publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, existen playas localizadas a más de cien kilómetros de la central en la que todavía queda radiación liberada tras el siniestro.

De acuerdo con el texto, los científicos han descubierto en la arena de varias playas estudiadas partículas radioactivas como cesio 134 y cesio 137, las primeras de las cuales proceden exclusivamente de Fukishima. Tras las fugas radioactivas, parte del cesio liberado a la atmósfera acabó en el mar, que lo arrastró a kilómetros de la planta para luego devolverlo a la costa, donde ha permanecido atrapado hasta ahora.

"Nadie esperaba que los mayores niveles de cesio en el océano no se encontraran en el puerto de Fukushima 1, sino en aguas subterráneas muchos kilómetros más abajo en la arena de las playas", detalló Virginie Sanial, que forma parte del equipo investigador. Por suerte, los científicos piensan que "nadie se ha visto expuesto ni ha bebido esas aguas, por lo que la salud pública no es motivo de preocupación aquí".

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