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El viaje al infierno de los hermanos que convivieron cuatro días con los cadáveres de sus padres

Logotipo de El Mundo El Mundo 26/09/2017 CHEMA RODRÍGUEZ

Un oso de peluche, viejo y descolorido, aguarda el regreso de Javier, de 14 años, y sus tres hermanos pequeños, Yeray, Jairo y Jaime, en la casa en la que junto a su madre y la pareja de ésta se refugiaron nada más llegar a La Zarza. Es la casa en la que Rocío se había criado y la última esperanza de la familia tras dejar atrás la ciudad en la que siempre habían vivido, Huelva, y una vida que pocas veces les había tratado bien.

Huyendo de su propio pasado, Rocío y su familia emprendieron a principios de septiembre el que sería su último viaje, el que terminaría con la joven, de sólo 32 años, y su pareja, de 40, muertos en un dormitorio por una ingesta masiva de pastillas y con los niños soportando una

terrible normalidad

que saltó por los aires el sábado

al descubrirse

que llevaban cuatro días conviviendo con dos cadáveres y cuidándose ellos mismos.

Rocío, José Antonio -con el que llevaba varios años de relación- y los cuatro niños aparecieron de repente hace 20 días en la calle La Roda, en la minúscula aldea onubense de La Zarza, que había abandonado tres décadas antes junto a sus padres.

La dueña de un hostal cercano, Isabel, se encontró un día a los pequeños en la calle, jugando, y cuando se acercó a la casa comprobó cómo vivían en unas condiciones difíciles de calificar. «Tenían unos colchones en el suelo y no tenían agua ni para beber, para lavar a los niños usaba toallitas», recuerda Isabel. La casa estaba apuntalada y no faltaban las ratas.

«Llegaron sin nada» y contando que habían tenido que marcharse de la capital porque su casero «necesitaba el piso». Lo cierto es que ya la situación de la familia era extrema y vivían de los subsidios y con la ayuda de los servicios sociales de la Junta, como ayer explicó el delegado en Huelva, Francisco José Romero.

«Estaban huyendo de algo, no sé de qué», cuentan Isabel y su cuñada, Bella Vázquez, que ofrecieron su hostal a Rocío, a su pareja y a los niños. Les alojaron durante cuatro días y los niños, recuerdan las propietarias del establecimiento, se mostraron felices de poder ducharse, al fin.

Recuerda Isabel que lavaron montañas de ropa y que los pequeños -algunos las llamaban «tita»- disfrutaban con cada comida caliente que compartieron en esos días. Sobre la madre, sobre Rocío, recuerdan que mostraba una delgadez exagerada, aunque niegan que desatendiera a los niños y que, al menos en apariencia, tuviese algún problema de drogadicción o alcoholismo.

Eso sí, los pequeños parecían echar de menos los abrazos y los cuidados, acostumbrados, relatan, a arreglárselas por sí solos y, sobre todo, a cuidar el mayor, Javier, del resto de los hermanos.

Para ellos, aquellos días en el hostal fueron, probablemente, los más felices en mucho tiempo. «Los niños eran muy buenos y cariñosos», añade Isabel. Pero «la desgracia les perseguía» y terminó por alcanzarles.

El principio del fin

La sobredosis de pastillas que terminó con su vida fue sólo el punto y final a un descenso a los infiernos que empezó mucho antes y al que no fueron ajenos los cuatro pequeños.

Cuentan en La Zarza que pudo ser su relación con José Antonio el principio del trágico fin de Rocío. Él era un hombre reservado, muy serio y poco hablador. Militar retirado al parecer por una incapacidad, apenas cruzó palabras con sus benefactoras los días que la familia pasó en el hostal. Es más, en esos días se marchó a Huelva y volvió cuando ya la joven había encontrado una casa de alquiler en condiciones dignas a la que se mudaron y de la que

ya no saldrían vivos

.

Las relaciones con su ex marido y padre de tres de los hijos no eran nada buenas. Desde hace un año y medio peleaban en los tribunales por la custodia de los pequeños y Rocío contaba que, por ese motivo y porque ella impedía al padre visitarles, había dejado de recibir la pensión de manutención.

Las fotos que la joven madre colgó en su perfil de Facebook muestran que no todo fueron desgracias y cómo alguna vez tuvieron una vida más o menos normal. Una Rocío sonriente, siempre con sus pequeños y que poco tenía que ver con la que sus vecinos de La Zarza encontraron hace apenas 20 días, cuando llegó, desesperada, y para culminar, aún sin saberlo, su particular descenso a los infiernos.

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