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Elecciones de sangre

El Mundo El Mundo 03/06/2014 NAOMÍ RAMÍREZ DÍEZ

El revuelo de las elecciones presidenciales egipcias, cuyos índices de participación han sido tan nefastos que obligaron a alargar el periodo de voto, han dejado en segundo plano otro proceso electoral. Siria ha celebrado sus primeras elecciones presidenciales desde la llegada al poder de Hafez Asad, las primeras porque hasta ahora, la manera de determinar quién sería el jefe de Estado durante el siguiente periodo se hacía por medio de un referéndum en el que, en general, Asad padre y Asad hijo respectivamente no quedaban por debajo del 90%, y con unos datos de participación envidiables.

En esta ocasión, en 2014, Asad se ha presentado con otros candidatos, candidatos como el diputado Maher Abdel Hafez Hayar, que presentaba su candidatura en las redes sociales con una foto en cuyo fondo, por encima de él, aparecía el retrato de Bashar Asad, provocando cierta confusión sobre para quién hacía campaña, y publicando el resultado anticipado de las elecciones, por si aún quedaban dudas de quién será el ganador. No en vano, la campaña de Bashar Asad -que inunda las calles de la capital, principal bastión de su dominio- ha tomado el lema "juntos" como carta de presentación, quizá pretendiendo mandar el siguiente mensaje: juntos nos presentamos para que me elijan a mí. Sin embargo, las interpretaciones son diversas.

Estas elecciones no tendrían nada de especial si no fuera porque se celebran después de más de tres años de lucha, y digo lucha y no guerra, porque no son tres años de guerra. Hace tres años, el hartazgo ante la presión económica y política en el país desataron un deseo de recuperar una dignidad y una libertad perdidas. Ante el ejemplo de lo sucedido en países como Túnez y Egipto, al margen de cómo cada uno de ellos haya seguido su senda, las mentes de muchos sirios soñaban con algo parecido, y comenzaron a proliferar los llamamientos a manifestarse. Sin embargo, serían episodios más espontáneos los que darían pie a lo que ellos mismos han llamado revolución, un término que en teoría política puede tener matices muy concretos y que varían según la escuela, pero salir y gritar en un país como Siria contra el régimen y sus políticas, contra la humillación ejercida por los servicios de seguridad contra la población y para pedir libertad (ni siquiera se pedía que Bashar Asad abandonara en poder en un principio) era en sí un hecho revolucionario: la caída del muro del miedo.

Bombardeos indiscriminados

No sería hasta prácticamente un año después de iniciarse la revolución, y a raíz en gran medida del bombardeo indiscriminado de Baba Amro, cuando se pudo hablar de una revolución armada. Y ése es el legado que Asad puede presentar a su candidatura: haber ejercido la fuerza contra manifestantes pacíficos, haber bombardeado sus barrios, haber impedido que repitieran escenas que producían el mismo efecto visual que la plaza de Tahrir, haber torturado a cientos de detenidos hasta la muerte, haber hecho desertar a muchos soldados que se pusieron por objetivo proteger a los grupos de manifestantes y, finalmente, destruir el primer barrio que desaparecería del mapa en Siria (Baba Amro), provocando con ello una militarización de la revolución contra su máquina de destrucción. Ya no se trataba solo de derrocar el régimen, sino también de intentar salvar Siria de las llamas en las que el régimen parece dispuesto a sumirla: "Asad o quemamos el país" es uno de los lemas que pueden leerse en los muros por los que han pasado sus secuaces.

Baba Amro sería, además, el primer barrio devastado de Homs: "Homs ya no existe". Ésas eran las palabras de algunos de los que abandonaban la zona vieja de la ciudad tras una tregua, cuyos matices exceden los límites de este escrito, con las escasas pertenencias que habían podido rescatar de debajo de los escombros tras dos años de asedio. Sin embargo, "juntos" lograremos repoblar Homs, pues ya existe un plan que se está estudiando en los tribunales sirios para expropiar las casas de quienes han abandonado el país (el régimen no utiliza nunca la palabra "refugiado", porque ello supondría reconocer el verdadero estado en que se encuentra el país y su responsabilidad en no garantizar una seguridad real a sus ciudadanos) y alquilarlas por precios simbólicos a "los desplazados" por la inseguridad en sus zonas. A nadie se le escapa que esta política pretende establecer un nuevo bastión de dominio en el centro del país, y que simbólicamente es un duro golpe para la lucha de los sirios porque Homs se había erigido como "la capital de la revolución".

La destrucción de Homs

Sin embargo, la destrucción de Homs sin parangón no es tampoco la única hazaña digna de mención en su campaña, sino que a ello le siguen los más de 150.000 muertos, las decenas de miles de detenidos, los desaparecidos, los cerca de 10 millones de desplazados y refugiados, el avivamiento de los rencores confesionales, la ruptura del tejido social que, a pesar de las diferencias rurales-urbanas, confesionales, económicas, étnicas y de privilegios, se había mantenido en un interesante y pacífico equilibrio durante el pasado siglo XX, la destrucción de muchas otras zonas del país, la muerte de miles de civiles a causa de los bombardeos indiscriminados, la irrupción con fuerza del yihadismo tras ganar la batalla mediática que asegura que una conspiración se cierne sobre el país y que ha calado en amplios sectores ideológicos a nivel mundial y la promesa a los ciudadanos de morir "juntos".

Ahora bien, la duda que asalta es cómo podrían ser legítimas unas elecciones en el interior del país sobre todo teniendo en cuenta que el norte en gran medida escapa al dominio estatal (salvo el espacio aéreo, desde el que se producen los bombardeos indiscriminados con barriles de dinamita), que existen amplias zonas asediadas, que muchos barrios son escenario de enfrentamientos directos y que muchos han tenido que abandonar sus casas. Pero, por encima de todo, resulta complicado creer que cualquiera que sea consciente del estado de destrucción del país vaya a votar, sin haber sido coaccionado, en unas elecciones confeccionadas por un régimen que ha perdido la legitimidad que tenía como garante de la estabilidad (aunque es cierto que aún tiene apoyos motivados por ese deseo de estabilidad, por negacionismo o por intereses): "O nosotros o el caos", ha sido siempre una máxima de la familia Asad.

Pero esas elecciones se están celebrando. Se celebran porque en estos tres años la comunidad internacional se ha resistido a retirarle esa legitimidad en sus foros: sus credenciales son tan impresionantes que resulta difícil deshabilitarlo en los círculos de poder. El miedo a la hegemonía yihadista en Siria (en cuyo ascenso el régimen ha sido el primer implicado), a la desestabilización de la zona, a la reactivación del frente del Golán, al vacío de poder (Asad ni siquiera ha esperado el tiempo marcado por la ley electoral para celebrar las elecciones, sino que incluso lo ha hecho sin acabar su mandato, que finalizaba en julio), y un sinfín más de argumentos, como la famosa falta de alternativa, son algunos de los aducidos por la comunidad internacional para no haber ejercido la presión diplomática y económica suficiente desde el inicio para deslegitimar a un régimen a quien no le tembló la mano al disparar contra los manifestantes. Pero la realidad es más sencilla: no se ha hecho nada porque no se ha querido a pesar de las muchas alternativas más allá de la manida intervención militar (aunque es más fácil escudarse en el veto de Rusia y China) y "juntos" vamos a seguir destrozando el país, desplazando a la población y asistiendo a la pantomima de un régimen "sin alternativa" en mitad de una guerra en la que los activistas que aún pueden seguir luchando se enfrentan con o sin armas a la máquina de destrucción del régimen y a un yihadismo de dudosa financiación y ambiguo origen. "Juntos" acabaremos con quienes tenían la alternativa a la dictadura. Estas elecciones han terminado de demostrar que Asad nunca fue el enemigo de la comunidad internacional, que los sirios lo han aprendido a fuego, y que "juntos" somos partícipes de la destrucción de un país y el genocidio de un pueblo. "Juntos" deberíamos avergonzarnos.

Naomí Ramírez Díez es investigadora de la Universidad Autónoma de Madrid

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