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Elena Blasco

Notodo Notodo 29/09/2016 Irene Galicia
Imagen principal del artículo "Elena Blasco" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Elena Blasco"

Valorada por sectores minoritarios y por la crítica y no tanto por el público general, lo que no puede negarse es que la forma de trabajar de la pintora madrileña Elena Blasco ha sido pionera a la hora de transgredir con naturalidad la barrera entre pintura, fotografía y escultura a base de combinar materiales extraordinariamente diversos.

Su trabajo arranca en una década de convivencia entre experiencias conceptuales y políticas junto a la denominada Nueva Figuración Madrileña, que reivindicaba un retorno a la pintura y a su potencial expresivo y conceptual. Sin embargo, su obra se mantiene al margen de estas corrientes, como también lo haría, en los ochenta, respecto a las influencias neoexpresionistas que marcaron la pintura de aquellos años. Esta no-pertenencia a grupos o estilos determinados corrió a su favor en los años noventa, caracterizados por criterios más abiertos y heterogéneos.

Su proceso consiste en recoger materiales encontrados: arcilla, lana… y generar con ellos una marabunta de estímulos sin un objetivo preciso, sin premeditación ni alevosía y topándose con las cosas por el camino, de modo que sus objetos surgen del exterior del cuadro para invadir el espacio o a la inversa. Parece que la artista tuviese la intención de ocupar toda la galería y convertirla en una leonera, en una caótica habitación de adolescente, con una acumulación prácticamente innombrable de cosas: cuadros, fotografías, figuras pintadas sobre la pared…



Un horror vacui que denota cierta locura, pero en el fondo, también cierto método. Porque se diría que puede seguirse una secuencia narrativa en esta exposición, saltando de una pieza a otra, a través de una línea que revela que el aparente caos está deliberadamente organizado a partir de numerosas referencias cruzadas que acaban generando una impresión de unidad expositiva.

La muestra ofrece un recorrido que da coherencia a su trabajo. Enérgica, alegre y anárquica, su obra aparece poblada de guiños y humor bajo una apariencia risueña, teñida de cierta inocencia y banalidad; pero ese envoltorio lúdico y desenfadado, a menudo esconde una actitud crítica ante ciertos prejuicios y comportamientos. El humor juega por tanto, un papel determinante. Los títulos de las piezas de Blasco son casi siempre frases jocosas, desconcertantes e irónicas, donde también se ríe –como debe ser- de sí misma; y en ocasiones acompaña la obra de textos breves o pequeños relatos, con juegos de palabras destinados a cuestionar nuestras costumbres estéticas y morales.

Y es que la palabra y el objeto son elementos que permiten a un artista penetrar en espacios desconocidos y, a través de ellos, elaborar un sistema simbólico cargado de referentes textuales. Porque toda obra tiene un componente narrativo tras el cual se esconde, con discreción, la vida del artista.







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