Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Empieza el Mundial: los escritores también juegan

EL PAÍS EL PAÍS 12/06/2014 Pedro Zuazua
Ilustración de Tomás Ondarra. © Proporcionado por ElPais Ilustración de Tomás Ondarra.

“Hay tres temas universales: el amor, la muerte y el fútbol. Si te interesa lo que le pasa a la gente, en algún momento terminarás topándote con el fútbol”, asegura Santiago Roncagliolo (Lima, 1975). “En el fútbol la tristeza o la alegría no son definitivas y siempre hay una nueva oportunidad, un nuevo partido, a diferencia de la vida. Ojalá la realidad fuera así”, reflexiona Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967). Dos escritores que coinciden estos días en el campo literario del fútbol con sendos libros: Pena máxima y La vida que pensamos. Cuentos de fútbol (en Alfaguara), respectivamente, y se incorporan a una tradición con autores como Eduardo Galeano o Nick Hornby.

El teatro de la vida con 22 jugadores detrás de un balón mientras están rodeados de la algarabía de los aficionados es un material tentador para los escritores. Y no hace falta ser futbolero para llevar este deporte a la literatura. O, incluso, por serlo, algún autor prefiere no escribir sobre una de las pasiones de su vida. No es el caso de Roncagliolo y Sacheri que en sus nuevas narraciones logra sacar las cosas buenas y menos buenas del ser humano a través del fútbol. Un deporte en que confluyen lo profundo y lo banal, aseguran.

Pena máxima es un thriller que transcurre en el Perú durante la celebración del Mundial de Argentina, en 1978, precisamente el último escenario suramericano, antes de Brasil 2014. Estamos en 1978. La selección peruana debuta en la cita mundialista ante Escocia. La república entera está delante del televisor. Un buen momento para cometer un crimen. El disparo coincide con un gol del Perú y entonces comienza para Félix Chacaltana el primer caso de su vida. Sin saberlo, claro. Porque Chacaltana, protagonista de Abril Rojo, Premio Alfaguara en 2006, es 8 años más joven que cuando supimos de él por primera vez y sus problemas tienen mucho peor solución que un crimen: quiere perder la virginidad, vive con una madre dominante difícil de gestionar, padece un intermitente mal de amores y no le gusta el fútbol.

“El fútbol es una especie de ritual de la tribu, celebramos lo que somos, o lo que creemos que somos, vituperamos al enemigo, o al que creemos que es el enemigo y nos sentimos parte de algo. Esa es la razón por la que hay tanto fanático del fútbol. A lo mejor tu vida es gris, pero por un día eres parte de algo mucho más grande y compartes un sueño con mucha más gente. No es extraño que un brasileño, un argentino o un español sea fan del fútbol… ¡lo raro es que un peruano lo sea!”, cuenta Roncagliolo al hablar de la pasión de su país por este deporte. Ese ruido, ese alboroto, choca con la soledad de Chacaltana.

Para leer el fútbol

Pedro Zuazua

Más allá de los clásicos- Fiebre en las gradas, de Nick Hornby, El fútbol a sol y sombra,de Eduardo Galeano, el cuento 19 de diciembre de 1979, de Roberto Fontanarrosa etc… - cada año de Mundial trae nuevos libros sobre el llamado deporte rey, que hace tiempo que dejó de ser un tema tabú para intelectuales y escritores. Parece aún lejos el fervor anglosajón por la literatura futbolística, pero la cosa, al menos, parece que va arrancando. Aquí van algunos de los títulos que han aparecido recientemente en las librerías:

La vida que pensamos. Cuentos de fútbol (Alfaguara), del argentino Eduardo Sacheri. La recopilación de los cuentos de Sacheri se ha reeditado de cara al Mundial. Son relatos cargados de recuerdos, que logran transportar al lector a la infancia (entendiendo que tuvo una infancia futbolera, claro), a los olores y a las sensaciones de las canchas de tierra, de los goles en el último minuto que nunca llegaron y de las noches de gloria en estadios repletos que sólo existieron en sueños. Si uno ha jugado al fútbol, se sentirá fácilmente identificado con la mayoría de los relatos, porque Sacheri logra hacer de cada historia individual algo universal.

Tantos mundiales, tantas historias(Roca Editorial). Alfredo Relaño, director del diario deportivo AS, hace un extenso recorrido por la intrahistoria de las citas mundialistas. Desde el origen de la copa del mundo a la de la tradición de celebrar las victorias en La Cibeles, pasando por el gol anulado por un jeque en España 82, el robo del trofeo o el pulpo Paul, van pasando por un manual que se aleja de la estadística y del historicismo y recuerda el lado más humano y social de la cita balompédica.

Cuando éramos los mejores (pero no ganábamos nunca) (Debate), de Santi Giménez y Luis Martín. Se presenta como “recuerdos compartidos del Mundial 86” pero en realidad es la historia de la selección, y de España, resumida en una cita deportiva. Es la selección española contada desde dentro, con un nivel de detalle que permite imaginar el día a día de La roja, cuando La roja era La furia. Contiene información, fuentes de primer nivel y unas elegantes dosis de ironía que arrancarán una sonrisa al lector. ¡Ah, y tiene fotos!

Futbol. Brasil y el deporte que le da la vida. (Ariel), de Alex Bellos. El libro es un retrato de Brasil a través del fútbol. Bellos, que fue corresponsal de The Guardian en Río de Janeiro, llevó a cabo una investigación de más de un año. El resultado es un libro muy entretenido, cargado de historias que a veces rozan el surrealismo y que explican hasta qué punto el fútbol está metido en el ADN de los brasileños.

Fuera de Juego (Caballo de Troya), de Miguel Ángel Ortiz, trata el tema del paso de la infancia a la adolescencia, en el que el fútbol ejerce como hilo conductor de la vida de unos chicos que practican el balompié con sus propias reglas, las de la calle. La posición antirreglamentaria sólo existía en la televisión, hasta que crecieron y apareció en sus vidas.

El regate (Anagrama), del brasileño Sérgio Rodrigues. Con un cierto toque de melancolía, la novela es una perspectiva de la historia más reciente de Brasil a través del fútbol. Murilo Filho, cronista deportivo, y su hijo Neto. Es también una búsqueda de la identidad propia del país, del encontronazo entre las generaciones que vivieron la época dorada de la canarinha y los desencantados contemporáneos. Una historia que tiene fútbol, venganza, política y algo de sexo.

No podía faltar, en este resumen, la nota sociológica. Goles y banderas. Fútbol e identidades nacionales en España (Marcial Pons, Ediciones de Historia) de Alejandro Quiroga Fernández de Soto, es un manual para entender cómo se ha usado el fútbol para la creación de identidades nacionales en España y como, a veces, el deporte ha servido para fomentar ideas patrióticas.

La soledad es siempre un tema en sus libros, recuerda el autor peruano. Quizá, dice, “sea por haber vivido tanto tiempo fuera de casa que no terminas sin los lazos normales que tiene la gente y de ahí que los personajes estén un poco desvinculados del mundo que les rodea”. Y lo que rodea a Chacaltana y a Joaquín, otro de los personajes de la novela, es el destino. “Chacaltana es particular, pierde la inocencia en cada novela. Es el único detective que no quiere investigar nada, él sólo quiere cerrar sus archivos. Nada más. El tema de Joaquín es la huida. Son los vínculos entre América y Europa, el fascismo. Los lazos entre Chile y Alemania y Argentina e Italia. Joaquín recorre la historia del fascismo, desde los años 30 en Europa al de la América Latina de los 70”.

Leyendo Pena Máxima, uno se encuentra una imagen atípica de las fuerzas armadas pre democráticas. Roncagliolo tiene su teoría: “Los militares de Perú eran de izquierdas, no había margen para un gobierno fascista como el de Chile o Argentina. De hecho muchos de los militares con los que hablé para la novela estaban horrorizados con lo que pasaba en esos dos países, pero no hicieron nada. Cuando tu vecino es un asesino y tú no haces nada, te deslizas hacia la complicidad. Y el momento culminante fue en el mundial del 78, en el que Argentina pide permiso al Perú para apresar a algunos de sus ciudadanos en el Perú y en el Perú les dijeron que, ya que venían, podían llevarse también a alguno de los suyos. En el Perú hay conciencia de la operación Cóndor. Podemos discutir si se llamó Cóndor o no, pero colaboración claro que hubo. Está documentado y está contado. Es importante no olvidarlo. No fuimos unos genocidas en los 70, como eran el gobierno de Chile o Argentina, pero las cosas pasaron y no debería quedar impunes”.

Irradia el autor, en sus declaraciones y en sus artículos, un optimismo que escasea en los tiempos que corren. “Los que no somos europeos valoramos mucho más a Europa que los europeos. América Latina en general ni sueña con la protección social que tiene un europeo, y eso en una situación de crisis. Hay muchas cosas mal que hay que cambiar, pero sigue siendo el sistema más igualitario, con mayores servicios sociales, mayor libertad para vivir, que hay en este planeta hoy. Está muy bien ser crítico, pero no debemos olvidar lo que sí tenemos.”, argumenta Roncagliolo.

Tal vez ese optimismo le venga del practicismo que siempre ha gastado. Valga como ejemplo lo que tardó en desprenderse de su afición por el Alianza de Lima. El avión del equipo se estrelló y Roncagliolo encontró una vía de escape para una pasión que le daba más penas que alegrías: “eran años muy difíciles, estaba saturado de sufrimiento, mis padres se estaban divorciando, el Alianza estaba haciendo una gran campaña… y se estrella. Me reenganché con el Atlético cuando vine a Madrid. Encontré un equipo que iba de sufridor y que hacía gala de ello”.

Lo que está claro, escuchando al escritor, es que el proceso mental de los hinchas de fútbol es universal: “primero, cuando arranca el campeonato, piensas que esta vez sí, luego crees que una derrota es solo un traspiés, luego pasas a hacer cábalas y te agarras a que matemáticamente todavía es posible, y luego llega el último paso, que es el de opinar que lo hay que hacer es trabajar bien con los equipos inferiores, con lo que estás dando por perdidos los próximos 20 años”, explica con una carcajada.

Y como despedida, ¿Ha pensado alguna vez en asesinar a alguien durante un partido? “Sí, ¡y también sin que hubiera partido por el medio! Para mi anterior novela, envié unos datos anatómicos de un crimen a un especialista y me contestó que estaba todo correcto, y que se alegraba mucho de que enfocara mis instintos criminales hacia la literatura”.

Pero ¿Por qué gusta tanto el fútbol a tanta gente distinta? Eduardo Sacheri cree que se debe a que la gente deposita en el fútbol, “de manera tangente, cosas muy importantes porque es lo que hacemos en el juego. La diferencia es que esos otros juegos quedan circunscritos a la niñez mientras el fútbol nos acompaña. Con él afloran aspectos profundos y banales”.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon