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En el limbo del olvido

El Mundo El Mundo 17/06/2014 JUAN BONILLA
© Proporcionado por elmundo.es

Eduardo Zamacois, nacido en Pinar del Río (Cuba) en 1873, vivió casi cien años y aunque tocó pronto la gloria literaria, pues no en vano fue de los autores más leídos de su época gracias a sus novelas galantes de enfurecido naturalismo (aunque muy lejos de la potencia de su maestro Zola), también tuvo tiempo de conocer de primera mano la poca huella que su prolífica obra había dejado en las generaciones siguientes. A mediados de los años 60, después de muchos años de silencio editorial en España, que había abandonado tras la derrota en la guerra civil para instalarse en Buenos Aires, perteneciendo ya un mundo caduco al que difícilmente podía pronosticársele resurrección, publicó sus memorias, 'Un hombre que se va', que fundían y completaban dos tomos publicados en 1916 y 1924 ('Años de miseria y de risas', subtitulado elocuentemente 'Escenas de una vida en la que sólo hubo erratas', y 'Confesiones de un niño bien', subtitulado 'Autobiografía').

Otros compañeros de viaje habían hecho lo mismo, públicamente -como Alberto Insúa, cuyas memorias se publicaron en los años 50- o en la soledad de su retiro a la espera de un reconocimiento póstumo -como Rafael Cansinos Assens-. Las memorias de Zamacois son una de las mejores de nuestra literatura y es quizá el libro por el que fundamentalmente se tiene en cuenta a Zamacois, su puño llamando a la puerta cerrada del canon para exigir un sitio, un hueco, que apenas se le hizo. La editorial Renacimiento lo reeditó hace unos años sin que a nuestro panorama literario se le conmoviera la cara con un solo gesto de asentimiento. Zamacois era solo uno de los raros y olvidados que estudió Sainz de Robles en su libro sobre la promoción de 'El cuento semanal'.

Pero en el año 64, cuando las memorias se publican en la editorial AHR, unos cuantos escritores jóvenes se interesan por Zamacois (entre ellos Francisco Umbral, que le escribió una carta en la que le dice "yo cumplo noventa y seis años todos los días" y lo reconoce como un maestro y le miente piadosamente al decirle que la gente nueva vuelve a leer a Zamacois). 'La Estafeta Literaria' le invita a España y aunque Zamacois primero dice que sí, luego de descolgar unas cuantas veces el teléfono y comprobar que en España lo que interesa no son sus viejos libros ni su obra literaria interminable sino el fabuloso hecho de que un hombre de noventa y un años vaya a cruzar el océano, cancela su viaje. El interés que despertaba su figura no era literario sino meramente biológico. Y no quería prestarse a una humillación tan ridícula. Sin embargo, finalmente viajó, aunque no se hizo ilusiones en cuanto a la recuperación de su obra: sabía bien que las nieves de antaño se habían derretido para siempre y su suerte, todo lo más, sería la de un personaje menor, un asterisco en la biografía de los demás, una figura en la que apenas se interesarán algunos eruditos o especialistas en las obras de otros, esos sí gigantes como Baroja o Unamuno o Azorín.

'Un hombre que se va' da buena cuenta de la peripecia vital infatigable de Zamacois. Tras pasar los primeros años de su existencia en su Cuba natal, pronto volvió a España, donde cursó Bachillerato en Sevilla y estudios superiores en Madrid. Pero siempre quiso ser novelista, y a los 18 años ya había publicado su primera novela. Abundó en el naturalismo y en la novela galante durante muchos años, siguiendo una misma plantilla de amores excesivos y pasiones desbordadas, cosechando continuos éxitos mientras se dedicaba a su otra gran pasión: las mujeres. Todas sus novelas sentimentales parecerán hoy trasnochadas y poco enérgicas y él mismo las descartaría como obra digna de ser rescatada sin someterla antes a profunda revisión (costumbre en la que gastó un tiempo que quizá las novelas que recuperaba no merecían). En el primer tomo de memorias que publicó, Zamacois narra sus andanzas por el París bohemio: son esos años de miseria y de risas de los que da estampas que han sido fundamentales para reconstruir la historia de los modernistas latinoamericanos en París, pues sus principales compañeros de andanzas eran Fombona Blanco y Felipe Sassone. Que fuera un bohemio no significa que, como tantos otros de sus camaradas, hiciera del dolce far niente un oficio: Zamacois no tenía medida, era un 'workalcoholic'. Entregó muchas horas al ejercicio del periodismo, en calidad de reportero de calle primero, de cronista de cualquier cosa, de retratista de variadas personalidades, y luego como editor de un semanario importante: 'La vida galante'.

Anclado a un mundo antiguo

Pero su gran éxito como empresario cultural lo cosecharía en 1909, justo cuando estallan las vanguardias y Zamacois se queda anclado a un mundo antiguo, el de un modernismo que no parece dispuesto a envejecer aunque no haga otra cosa. Es entonces cuando funda 'El Cuento Semanal', publicación extraordinaria cuyo éxito puso de moda un género -el relato largo o la novela breve- y un tipo de edición -pues le salieron imitadores por todas partes y el número de novelas breves publicadas en esas colecciones constantes (que además cubrían todo el espectro estético y político y generacional, pues había una "novela roja" y una "novela obrera" y una "novela sensual" y una "novela semanal" y una "novela de noche" y una "novela contemporánea" y una "novela novel") se calcula hoy en unos 20.000 títulos. Tal proliferación ayuda a hablar de una edad de oro para el relato si bien un importante porcentaje de lo publicado sería hoy difícilmente salvable (pero también le pasa eso mismo a los millones de sonetos de nuestro Siglo de Oro). Sin duda es uno de los grandes méritos de Zamacois. En 'El Cuento Semanal' -y en 'Los Contemporáneos', revista que también dirigió Zamacois- publicaban igual jóvenes que se abrían paso en el periodismo y la literatura de la época -como Julio Camba- que autores consagrados pero elitistas -como Valle Inclán- o autores muy populares como el hoy olvidado Felipe Trigo o bohemios encantados de ganarse unas pesetas como Pedro Luis de Gálvez.

Ya en la década de los 20 -pasado el furor de la novela galante-, Zamacois empieza a verle las orejas al lobo del olvido y se empeña en una saga de novelas que, a imitación de los Episodios Nacionales de Galdós, den cuenta de la realidad contemporánea de España. Son las novelas de ambiente social, en las que Zamacois trata de agarrarse al signo de los tiempos, pues es por esa época cuando aparecen las grandes novelas de corte social de la época firmadas por autores mucho más jóvenes como Díaz Fernández, César Arconada o Joaquín Arderius. En los papeles y las tertulias se discute acerca de si conviene a la época un arte deshumanizado y una novela poética (propugnada por Ortega y seguida por Benjamín Jarnés o Antonio Espina) o utilizar las armas de la vanguardia en pro de la novela social (el importante ensayo de Díaz Fernández 'El nuevo romanticismo'). Zamacois trata de hacer con el tema social lo que antes con el galante: explorarlo en todos sus aspectos a través del naturalismo, cosa que ya había hecho mucho antes Felipe Trigo en 'Jarrapellejos'. No llega a completar ese ciclo, se le cansa la mano antes o sus muchos quehaceres se lo impidieron o la guerra le quitó definitivamente las ganas. Quedan como restos de un naufragio algunas de aquellas novelas entre las que destacaremos la primera, 'Las raíces' (1927), y la última, ya en el año 38, 'El asedio de Madrid', fallida novela en la que da testimonio de su experiencia durante la guerra, años en los que también escribió muchas crónicas periodísticas entre las que destaca la escrita y publicada en folleto el mismo año 36 y titulada 'De la batalla'.

Sin duda el punto más alto de la obra de Zamacois hay que buscarlo en sus memorias, pero si se quiere completar su figura de escritor incansable con excelente mano para el retrato de personajes y buscar los textos que mejor han soportado las sacudidas del tiempo, hay que escarbar en el volumen en que recopiló sus cuentos en 1930, 'La risa, la carne y la muerte'. También en sus tomos de ensayos o miscelanea como el publicado en 1911 'La carreta de Théspis', donde recoge sus impresiones sobre el mundo de la farándula, o el tomo de 1935 titulado 'Tipos de café', que a través de siluetas de personajes más o menos conocidos componen una suerte de memoria de una época, la de las tertulias literarias de la época heroica. Es eso lo que ha hecho Gonzalo Santonja para devolverle la respiración a Zamacois en 'Cortesanas, escritores, bohemios, asesinos y fantasmas', publicado en la Colección Obra Fundamental de la Fundación Banco de Santander. El título es excelente porque con ese encadenamiento de arquetipos se ofrece un índice de los intereses que ocuparon a Zamacois durante su larga y prolífica tarea de escritor: las cortesanas de la época galante, los escritores y bohemios con los que compartió andanzas, y los asesinos y fantasmas cuyas peripecias plasmó gracias a habérselos encontrado en la cruda realidad o en los humos de la ficción.

Retratos de escritores y amigos

Se recogen aquí en primer lugar unos cuantos relatos de su libro de cuentos acompañados de otros capítulos que valen como relatos estremecedores (es el caso del capítulo que se selecciona de sus memorias sobre el verdugo de Burgos). Luego vienen unos cuantos retratos de escritores y amigos (o no tanto) que es acaso la sección donde mejor brilla Zamacois: ahí se apreciará su indomable capacidad para pintar personajes, sobre todo cuando tiene algo contra ellos y no le mueve la piedad, como es el caso del editor Ramón Sopena, o le sobra piedad para pedirle a los lectores una lágrima que despida al patético personaje del poeta bohemio y alcohólico Pedro Barrantes. Junto a ellos, aparecen figuras como Unamuno o Baroja. La tercera sección recoge un poco del teatro galante que tantos réditos le diera a su autor. El libro se cierra con un epistolario en el que destaca sin lugar a dudas la carta que Zamacois le escribe a Negrín para darle las gracias por ordenar su arresto, pues era consciente de que tal y como estaban las cosas sólo que lo arrestasen las fuerzas del orden le podría haber salvado la vida en una ciudad convulsa y violentada por los rencores de todo tipo.

El volumen evidencia además algo poco conocido de Zamacois: su pasión por el pintor Romero de Torres le llevó a hacer una película reportaje de la que no queda nada (o aún no ha aparecido). Las cartas del escritor pidiéndole algunas ilustraciones de cuadros al pintor dejan ver que no quería sólo grabar esas ilustraciones para , sino utilizarlas para componer un documento cinematográfico que por momentos parece querer disputarle la audacia a los primeros documentalistas del cine de vanguardia.

El ensayo introductorio de Gonzalo Santonja dibuja minuciosamente la figura de Zamacois no sólo con el propósito de medir su grandeza como personaje literario, sino también de explorar un mundo y una obra que no merecen las paladas de olvido que han caído sobre ellos. Ese ensayo se titula 'Un hombre que se fue, una obra que vuelve', y aunque sea un pronóstico excesivamente optimista dados los tiempos que corren, no queda sino confiar en que acierte y que después de la reedición de sus memorias y de este tomo con algo de lo más significativo de su obra, el nombre de Zamacois levante el vuelo. Ya me gustaría que el editor acertase en su pronóstico, aunque sólo sea para no imaginar más a aquel anciano de casi cien años, confinado en Buenos Aires, rodeado de fantasmas, tratándose de agarrar a la sociedad literaria con cartas enviadas a jóvenes amigos o viejos compañeros de andanzas, como Ramón Gómez de la Serna, seguro finalmente de que sus ciento y pico de títulos acaso merecerían en el inhóspito futuro algunas horas de entretenimiento de algún lector desconocido, de algún infatigable erudito, pero seguro también de que las nieves de antaño, las reediciones constantes y su nombre imprescindible en boca de todos, esas se derritieron para siempre.

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