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En el país de lo políticamente correcto triunfa lo escandaloso

EL PAÍS EL PAÍS 27/04/2014 Luis Doncel
El escritor turcoalemán Akif Pirinçci. © thomas rabsch El escritor turcoalemán Akif Pirinçci.

A los nueve años abandonó Turquía rumbo a Alemania, y pocos meses después estaba dando saltos de alegría al comprobar que en el país al que acababa de llegar sus padres podían comprarle una bicicleta. Medio siglo más tarde, ese niño es un escritor rico y famoso. Pero la historia de integración con final feliz de Akif Pirinçci no sirve, según el propio interesado, como modelo para otros inmigrantes. Hace años vendió millones de libros con su serie Felidae. Ahora vuelve a acaparar la atención de los medios alemanes, pero no gracias a un nuevo episodio de aquella colección policiaca en la que un gatito se dedicaba a resolver crímenes. Estos días, Pirinçci indigna a muchos y agrada a unos cuantos con el libro que acaba de publicar y cuyo título lo dice todo: Alemania enloquecida. El culto absurdo a mujeres, homosexuales e inmigrantes.

El ataque no se dirige solo contra los tres colectivos mencionados. Ecologistas, intelectuales, musulmanes, defensores de los impuestos y del Estado social... Todos ellos reciben los dardos envenenados de este polemista que ha logrado colocar su panfleto —él asume con gusto esta palabra— en el número uno de los libros alemanes más vendidos en Amazon. “Cien mil personas lo han comprado en solo dos semanas. En este tiempo, he ganado 300.000 euros por un libro que tardé tres semanas y media en escribir. No está mal, ¿verdad?”, sonríe desde la cocina de su coqueta casa en Bonn, en un barrio residencial en el que no hay ni rastro de esos inmigrantes inadaptados que tanto critica.

El de Pirinçci no es un caso excepcional en el panorama literario alemán. Hace cuatro años, Thilo Sarrazin —un socialdemócrata que fue responsable de Hacienda de la ciudad de Berlín y alto cargo del muy respetado banco central— dejó boquiabierto a medio país con su libro Alemania se destruye, en el que sostenía teorías como que las nuevas generaciones corrían el riesgo de ser más tontas por la influencia de los extranjeros. Estas ideas, que recordaban peligrosamente a la eugenesia de infausto recuerdo en Alemania, no impidieron —más bien al contrario, propiciaron— que Sarrazin vendiera 1,5 millones de ejemplares, una cifra soñada para cualquier ensayista. Este año ha vuelto a publicar un libro en el que arremete contra el “terror de la virtud” que imponen las teorías políticamente correctas y que supuestamente habría acabado con la libertad de pensamiento en Alemania.

Pero ¿por qué estos libros logran récords de ventas en un país en el que hasta hace poco cualquier expresión xenófoba o antisemita se consideraba tabú? “Este tipo de autores tienen potencial en nuestra sociedad. Un 15% de los alemanes reclaman actitudes autoritarias o muestran odio a las minorías. Es interesante comprobar cómo estas ideas se detectan desde hace poco en las clases medias”, responde Serhat Karakayali, del berlinés Instituto de Investigación de la Migración. “Detrás de su vulgar conservadurismo se esconden las quejas ya conocidas de los ciudadanos furiosos, que no se entienden con las exigencias de la sociedad moderna: con los gais que se casan o con las mujeres que pretenden tener su propia opinión”, escribe el periodista Harald Staun.

El propio interesado tiene una explicación mucho más simple para su éxito: “Hay mucha gente harta que quiere oír la verdad”. Pirinçci es amable con el visitante. Sonríe, gasta bromas… Hasta que en algún momento, cuando comienza a hablar de alguno de sus numerosos enemigos —da igual que sean los propagandistas de la teoría de género, las feministas o las ONG defensoras de los inmigrantes—, se le dibuja en la cara un gesto muy parecido al del odio. “Sí, algo de odio hay en mi libro. También rabia e indignación”, concede.

Quizás es esa mezcla de sentimientos la que le lleva a cometer excesos dialécticos, como bautizar a Los Verdes como el “Partido del Sexo con Niños” —se refiere a una vieja polémica sobre las ideas exculpatorias de la pederastia que hace décadas tenían algunos ecologistas— o asegurar sin asomo de dudas que todos los partidos alemanes comparten la misma ideología. “Están de acuerdo en lo fundamental: en que el Estado debe ocuparse de todo. Incluso con los nazis del NPD. La única diferencia es que ellos gritan ‘extranjeros fuera’ y el resto, no”, asegura. El autor turco-alemán se ve a sí mismo como un quijote que lucha solo contra todo el establishment.

Se queja de haber sufrido censura en la televisión pública, pero lo cierto es que los medios de comunicación no han escatimado espacio para hablar de sus ideas. Tampoco epítetos. El sensacionalista Bild le concede páginas y páginas en las que Pirinçci muestra su faceta más humana y se deja querer con propuestas de matrimonio a la reportera que le envía el periódico más leído de Europa. Pero la prensa más seria ha atacado con dureza un libro en el que se abordan temas muy distintos con brochazos de trazo grueso. “Tonto útil”, le llamó el izquierdista Tageszeitung. “Como Sarrazin puesto de speed”, ironizó el conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung. “Puro desprecio al ser humano”, añadió el sesudo Die Zeit, que comparó su libro con el Mein Kampf de Adolf Hitler. “Entre otras diferencias, el mío es mucho más divertido”, responde Pirinçci con una sonrisa. Es evidente que está encantado con la polémica. No solo por vanidad, también por la promoción gratuita.

Mientras comparte café y cigarrillos, Pirinçci desgrana sus ideas. “No tengo nada contra los homosexuales. Pero critico sus privilegios. No pueden hacernos creer que su estilo de vida es mayoritario”, asegura. Cuando se le inquiere por esos supuestos privilegios, menciona una campaña publicitaria en Múnich en la que se presentaban a parejas de gais y lesbianas como si representaran a la mayoría de familias.

Sobre los extranjeros, critica que se hayan creído con un derecho inalienable a estar en Alemania. “Han olvidado que la inmigración tiene que ser un negocio para el país de acogida. Si no, se transforma en colonización”. ¿Le habría dicho lo mismo a sus padres cuando llegaron de Estambul a finales de los años sesenta? “Ellos vinieron para trabajar y se adaptaron. Hay que asumir que un tercio de los turcos en Alemania no se van a adaptar nunca y es mejor que se vayan. Simplemente, no pertenecen a este país. Que vayan a uno islámico, si tanto les gusta”, responde visiblemente irritado.

A Pirinçci no parece gustarle el comentario de que los fundamentalistas islámicos que tanto detesta seguramente compartirían alguna de sus ideas sobre los homosexuales o el papel de las mujeres en la sociedad. “Bueno, no puedo hacer nada contra eso. También muchos llevarán vaqueros como yo y eso no significa que estemos de acuerdo”, se limita a responder.

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